La llegada al gobierno de Luis Lacalle Pou más de treinta años después de que lo hiciera su padre, Luis Alberto Lacalle Herrera, encuentra al Partido Nacional con desafíos diferentes y con un clima interno muy distinto del que se vivió en la década de los 90.
En esta columna ya hemos hablado de la intención privatizadora de Lacalle padre, y de la oscilación de su hijo hacia una postura más estatista, es decir, más acorde al sentir de la mayoría de los uruguayos formateados por una cultura batllista.
Hemos narrado también las luchas internas que por entonces sacudieron al Partido Nacional, tras un gobierno marcado por hechos de corrupción que desataron ajustes de cuentas de una virulencia tal que sumieron a esa colectividad en su peor performance electoral de la historia en los comicios de 1999.
Desde 2004, con el advenimiento del liderazgo del fallecido Jorge Larrañaga en la veta wilsonista del partido, las luchas intestinas se sosegaron y han permitido a la añeja colectividad transitar con cierta calma el camino que en las elecciones pasadas lo devolvieron al gobierno.
Hoy, el partido se enfrenta a una circunstancia particular que es valorada de distintas maneras por parte de sus dirigentes. La de 2024 es la primera elección interna a la que los blancos deben concurrir siendo gobierno tras cinco instancias en las que resolvieron esa circunstancia desde la oposición. Eso cambia la mirada acerca de cuan necesaria resulta una puja interna dinámica que muestre un espinel de ofertas. La mayoría del partido cree que sigue siendo necesaria la existencia de corrientes que se expresen a través de distintas candidaturas.
En eso están Laura Raffo y Jorge Gandini quienes disputarán el favoritismo de Álvaro Delgado, mano derecha del presidente Lacalle Pou. Delgado aparece como el más oficialista de los postulantes enancado en su lista Aire Fresco y en dirigentes que le eran afines al wilsonista Larrañaga. Por ahora, las encuestas le son favorables.
Raffo es la contrincante dentro de la corriente lacallista –la apoyan el tradicional Herrerismo y la Alianza Nacional que lideró Larrañaga- y su desafío es no distanciarse demasiado de la gestión del gobierno pero marcando algunos puntos diferenciales, como por ejemplo, el concepto de “una segunda etapa de transformaciones”.
Jorge Gandini (Por la Patria) se presenta como el wilsonista de pura cepa y dice que tanto Delgado como Raffo son ramas de un mismo árbol. "El partido perfila dos candidaturas pertenecientes al Herrerismo. Yo me resisto a que todo el partido sea herrerista”, dijo el dirigente. Gandini sostiene algo que advierten buena parte de los nacionalistas: el partido necesita de distintas facciones para mostrarse surtido en sus ofertas ante el electorado.
Esa es la opinión mayoritaria pero no la única. Hay operadores blancos que sostienen la tesis de que, siendo gobierno, el partido debe abocarse a mostrar una buena gestión antes que a repartir esfuerzos en una contienda interna.
Para qué complicarse, dicen, si a diferencia de las anteriores elecciones, en esta lo que vale es lo que se hace en el gobierno y no la cantidad y variedad de precandidatos.
Además, advierten que el partido está obligado a cometer la menor cantidad de errores posibles durante la campaña y, por más paz interna que exista, en el fragor de la batalla no se puede descartar que haya heridas provocadas por fuego amigo.
En cambio, los amigos de las internas competitivas afirman que al Partido Nacional incluso lo puede perjudicar que Raffo o Gandini aparezcan muy por debajo de Delgado en las encuestas. Sin una verdadera competencia, dicen, no habrá incentivos para participar en la contienda ni señales de diversidad hacia afuera.
Hay operadores blancos que sostienen la tesis de que, siendo gobierno, el partido debe abocarse a mostrar una buena gestión antes que a repartir esfuerzos en una contienda interna.
En entrevista con El Observador, el director de la consultora Equipos, Ignacio Zuasnábar, dijo que la competencia es deseable aunque siempre implica un riesgo. “Hay algunos trabajos académicos que muestran que los escenarios ideales para las internas son los que son competitivos y en calma. Es decir, el problema es cuando son competitivos y sangrientos”, señaló.
Ese parece ser el dilema en el nacionalismo. Pero, quieran o no, el 30 de junio del 2024 los candidatos blancos medirán sus fuerzas. Y deberán tener cuidado para no darle razón a aquellos que, en voz baja, advierten que la pelea por la candidatura del partido puede generar algún que otro disgusto innecesario, de esos que desgastan a los compañeros y le dan de comer al adversario.