4 de abril de 2013 21:46 hs

David Cronenberg vuelve a la carga en salas uruguayas. Casi 30 años después de que se estrenara en Montevideo, en mayo de 1983, su película Scanners, los amos de la mente, el director nacido en la ciudad canadiense de Toronto presenta hoy Cosmópolis, un filme basado en la novela homónima del escritor estadounidense Don DeLillo.

Fiel a un estilo añejado en mil y una pruebas, Cronenberg propone ahora una historia con trasfondo semiapocalíptico pero con el desafío visual de porqué Cosomópolis se desarrolla, básicamente, dentro del espacio amplio pero cerrado del interior de una limusina.

La anécdota parece simple a priori, pero luego el mundo del personaje protagonista dará una vuelta de campana, virtual y literalmente. Nada que sorprenda, porque no es la primera vez que Cronenberg hace esto en la pantalla.

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El protagonista es un veinteañero millonario (Robert Pattinson) que en una Nueva York de un futuro tan cercano como reconocible, atestada por el tráfico y por una visita presidencial, tensionada por la seguridad de esta y por la conmoción social de una crisis financiera, desea casi que por capricho, atravesar esa urbe para cortarse el pelo con su peluquero preferido.

Pero esa premisa comienza a complicarse apenas la larga limusina blanca (que parece salida de la canción de los Foo Fighters) toca las calles. Estos “percances” en la visión del joven millonario dificultan la llegada a la cita más importante de su día.

Entonces comienza una auténtica odisea, un espacio convulsionado, pero que siempre queda del otro lado del parabrisas, con diálogos del joven con prostitutas finas que manejan datos del mundo financiero, asesores en teoría y colegas. Son varios los guiños a la crisis económica actual en el hemisferio norte y a la moda del inconformismo global.

Que 30 años no es nada...
En estas tres décadas Cronenberg ha cambiado su posición en el tablero internacional del cine, desde un territorio muy independiente y lateral hasta transformarse en un autor de culto, y por ende con tantos detractores como fanáticos.

El director pasó de hacer películas sobre deformaciones físicas a historias donde lo que predomina es la corrosión moral.

Si en la primitiva Rabia una mujer sufría una deformación extraña en la axila; si en Shivers abundan los trasplantes y la repugnancia; si en La mosca, el científico protagonista se juega la vida por un experimento fallido que afecta su cuerpo, bien se podría argumentar que Cronenberg se autoasignaba, con pleno derecho, el rol de “director asqueroso”.

Pero el tiempo pasó. Su propia carrera fue la que mutó, dejando atrás los efectos especiales y las prótesis. Desde M. Butterfly (1996) para acá comienza un nuevo camino que llega a su cumbre con Una historia de violencia, donde casi no hay rastros del anterior. En esta “segunda etapa”, las películas de Cronenberg se centran más en las “deformidades” interiores o metafóricas que en situaciones físicas.

El último precedente en salas uruguayas del canadiense fue Un método peligroso, un filme que lidia con las teorías del psicoanálisis y con el poder de la mente.

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