11 de abril de 2019 15:55 hs

Por Gideon Long

La historia de Jesús Lozano dice mucho sobre todo lo que harán los venezolanos para abandonar su país devastado por la crisis.

Aún con la pierna izquierda amputada por encima de la rodilla (el resultado de un tumor), Lozano, de 44 años, cruzó la frontera con Colombia con muletas hace dos años. No tenía alojamiento ni trabajo en Colombia, pero sabía que tenía que escaparse de Venezuela.

Durante meses vivió en las calles de Maicao, una ciudad cercana a la árida frontera norte entre los dos países, vendiendo dulces y mendigando.

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En marzo, se mudó a un nuevo centro para migrantes, establecido por Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados, en las polvorientas afueras de la ciudad.

"Valió la pena", dijo Lozano, reflexionando sobre su peligrosa odisea. "No volveré a menos que las cosas cambien".

A medida que continúa el enfrentamiento entre Nicolás Maduro, el presidente venezolano, y su opositor Juan Guaidó, cada vez más migrantes están siguiendo el camino de Lozano.

“En junio pasado, nuestro censo mostró que había 26,000 migrantes aquí. Ahora estimamos que son 60.000, y esto no va a detenerse", dijo Aldemiro Santo Choles, secretario del gobierno municipal de Maicao. También dijo que ha habido un incremento en las últimas semanas debido a los apagones masivos que afectaron a Venezuela, privando a las personas de servicios básicos.

Alrededor de 3 millones, o sea 10% de la población, ha abandonado el país en los últimos tres años, escapando de la peor crisis económica en la historia de América Latina. Se ha convertido en el mayor éxodo en el planeta, superando incluso la migración de los sirios y de los musulmanes rohingya en Myanmar.

El ritmo también se está acelerando. La Organización de los Estados Americanos dice que la cifra podría aumentar a 5,75 millones para fines de este año y 8,2 millones para fines de 2020.

Colombia, que tiene sus propios graves problemas sociales y de seguridad, ha sido el país más afectado por el éxodo, ya que ha acogido a 1,2 millones de migrantes, cuya mayoría ha llegado en los últimos cinco años.

"No somos un país rico capaz de manejar un flujo tan grande de migrantes", dijo la semana pasada Iván Duque, presidente de Colombia, al tiempo que reafirmó su compromiso de ayudar a "nuestros hermanos venezolanos que están sufriendo a causa de la dictadura".

En Maicao, una ciudad de 165.000 habitantes, muchos de los inmigrantes venezolanos duermen en las calles, mendigan y venden comida de las aceras. Muchos se han quedado en la ciudad fronteriza, que depende del comercio transfronterizo.

El centro de Acnur sólo puede albergar a 300 personas. El plan es expandirlo a cuatro veces su tamaño, pero incluso así sólo podrá asistir a una fracción de las llegadas.

"Es un centro de recepción, no un campamento de refugiados", insistió Santo Choles, explicando que los migrantes pueden quedarse por un mes para fortalecerse y obtener ayuda legal y médica antes de seguir adelante.

Pero José Carlos Molina, alcalde de Maicao, reconoció que el centro "probablemente se convertirá en una situación permanente" –y conectó el campamento al sistema eléctrico y reemplazó los baños portátiles con instalaciones permanentes– al menos hasta que algo cambie en Venezuela que aliente a los migrantes a regresar a sus hogares.

Inevitablemente, la afluencia de tantas personas pobres, desesperadas y desempleadas ha provocado una reacción violenta, no sólo en Colombia sino en otras partes de América Latina.

En enero, en Ecuador, algunos lugareños atacaron a varios migrantes después de que un venezolano apuñaló a su novia ecuatoriana embarazada en un incidente filmado por espectadores y publicado en las redes sociales. El gobierno prometió que implementaría medidas represivas en contra de los venezolanos en respuesta al incidente.

En Perú, que ha aceptado a cerca de 700.000 venezolanos –el segundo país en albergarlos después de Colombia– los fiscales están investigando al alcalde de una ciudad andina que prometió "liberar" a su ciudad de los migrantes venezolanos y obligar a las empresas a contratar a más habitantes locales.

La frontera está oficialmente cerrada alrededor de la ciudad colombiana de Cúcuta. En febrero, el gobierno de Maduro bloqueó los puentes entre los países para detener una oferta estadounidense de proporcionar ayuda humanitaria al país.

Durante semanas después del cierre, los venezolanos cruzaron el río Táchira, que divide a las naciones para comprar alimentos y suministros en Colombia, pero las fuertes lluvias recientes lo han hecho imposible. Entonces, la semana pasada, miles de venezolanos rompieron las barricadas en Cúcuta.

Alrededor de Maicao, no hay tales problemas. La frontera es una extensión plana de matorral, fácil de cruzar y difícil de controlar. Muchos venezolanos llegan sin pasaporte y sin permiso para quedarse.

En el centro de Acnur, nadie tiene algo bueno que decir sobre Maduro, incluso aquellos que apoyaron a su predecesor y mentor Hugo Chávez. La mayoría dice que Guaidó –quien se ha convertido en el líder de la oposición este año con el respaldo de EEUU y de otros 50 países– debería tener una oportunidad para gobernar.

"Dicen que Guaidó nos volverá esclavos de EEUU", dijo Lilianis Méndez, una migrante de 20 años. "Incluso si eso es verdad, preferiría ser una esclava con comida que no tener nada para comer".

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