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La historia detrás de la última Libertadores de Peñarol: pelea, llantos y copa

Se cumplen 32 años de la última final ganada de la Libertadores por Peñarol y así lo recordó el exdelantero y técnico

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31 de octubre de 2017 a las 05:00

Ya pasaron 32 años y él no lo puede creer: "¡Treinta años! ¡¿Te das cuenta!? Parece increíble. Y todo lo que sucedió en ese tiempo", dice Diego Aguirre antes de empezar la entrevista. Treinta años de aquel gol increíble que le dio a Peñarol el título en la Copa Libertadores de 1987.
 

En 1986 llegó a Peñarol como única incorporación.

Lo recuerdo muy bien. Llegué después de salir goleador de la B con Liverpool. Peñarol me llevó como una apuesta a futuro, pero rápidamente me adapté, me sentí muy bien y comenzamos ese año de buena forma.

Llegó en un momento en el que Peñarol estaba muy mal económicamente. Estuvieron cerca de 30 días sin entrenar.

Sí, es cierto. Eso, si lo miro hoy, tal vez haya sido algo bueno, una oportunidad. Que Peñarol no se hubiera reforzado me daba más chances de tener oportunidades de jugar y se apostó a un equipo de juveniles por los graves problemas económicos que había en el club. Incluso, es verdad, estuvimos entrenando solos. Nos juntábamos en el Prado, o cerca del Estadio para entrenar entre nosotros. Hubo dificultades. También hicimos una gira por el interior de Argentina. Jugamos dos partidos para poder cobrar un dinero para que los jugadores pudieran recibir algo.

Estaba Roque Máspoli como técnico. En aquel momento usted dijo que le aportó mucho en la parte humana.

Roque Máspoli era un fenómeno, tenía una sabiduría impresionante. Con los años valorás cantidad de cosas. Vas dándote cuenta de cosas que te pasaron y gente por la que sentís agradecimiento y bueno, no tengo dudas que Roque Máspoli para mí fue fundamental porque me apoyó, me dio confianza, creyó en mí, y tuve una continuidad en el equipo jugara bien o mal, hiciera goles o no. Y eso me fue consolidando como jugador y me permitió crecer como profesional. Lo suyo fue importantísimo.

Además usted llegaba a ponerse la número 9 de Fernando Morena.

Sí, también estaba ese tema. La camiseta de Peñarol de por sí ya es pesada cuando no sos del club. Y la 9 era la camiseta más pesada del club porque Morena había dejado una historia con todos sus goles históricos y siendo el jugador más importante de los últimos años. Significó una presión. Pero el plantel me ayudó, me hizo sentir cómodo y de a poco me fui consolidando como futbolista.

Llegaron a aquella final del Campeonato Uruguayo de 1986 que se jugó el 6 de enero de 1987 por aquel pacto que hicieron Peñarol y Nacional antes de empezar el torneo, ya que ustedes no se presentaron a la primera fecha y perdieron los puntos con Huracán Buceo. El pacto decía que si llegaban uno o dos puntos debajo de los tricolores, habría una final.

Me acuerdo de cuatro o cinco partidos antes de esa final, cuando jugamos un sábado ante Central en su cancha y perdimos, y al otro día jugaba Nacional. Ahí al ganador le daban dos puntos, y quedaban para disputar unos 10 puntos y nosotros habíamos quedado como a siete. Ya era prácticamente imposible el pensar en salir campeones. Al otro día por la mañana, previo al partido de Nacional, nos juntamos en la mitad de la cancha y dijimos: "Bueno, muchachos. El campeonato ya está perdido. Lamentablemente no se nos pudo dar, pero hay que empezar a trabajar para ganar la Liguilla y terminar lo mejor posible ganando los partidos que nos queden". Me acuerdo de esa historia porque después en la tarde, Nacional perdió. Y ya no quedamos tan lejos. Y llegó la fecha siguiente y pasó lo mismo y nosotros ganamos todos los partidos y ellos perdiendo esos puntos para jugar la final. Fue bastante increíble porque era un campeonato prácticamente perdido y que terminamos jugando esa final.

Lo centro en esa final ante Nacional. En la última jugada del alargue...

(Interrumpe). Me acuerdo perfectamente...

En el minuto 120, se fue Juan Ramón Carrasco hacia el arco de Peñarol solo con pelota dominada.

Pensé que era gol. Porque fue un partido totalmente cerrado en el que no hubo una situación de gol para ningún lado. Fue un 0-0 tremendo y ya todo el mundo pensando en los penales. Y en la última jugada del partido, se dio una jugada clarísima de gol porque fue un mano a mano de Juan Ramón contra Eduardo Pereira, la pelota se le fue un poco larga, no la pudo controlar, y terminó el encuentro. Hubiera sigo otra historia. Siempre los partidos trascendentes o las finales, te quedan situaciones en que las cosas podrían haber sido muy diferentes: por un detalle, por una pelota que entró, por un error arbitral, por situaciones de juego que estás tan cerca de perder como de ganar. Ahí nos tocó ganar ese campeonato que perfectamente podríamos haber perdido.

Cuando Máspoli hacía la lista de los que iban a patear los penales, usted pidió para patear el primero.

Sí, con un poco de inconsciencia. Fui y le dije: "Roque, ¿me da el primero?". Y me dijo que sí. Se lo pedí con convicción y él ni lo dudó, me dio mucha confianza a mí también. No sé ni por qué lo hice. Porque después me tocó hacerlo, pero perfectamente podría haberlo errado. Pero de eso se trata: de tomar riesgos. Fue el penal más importante de mi carrera, porque yo había pateado otros, pero no de esa importancia. Me acuerdo de ese momento que solo los jugadores lo sabemos, los que estuvimos en alguna situación en la que te toca definir por un penal. Hay un momento que es tremendo que es cuando vas caminando de la mitad de la cancha hasta el área y demorás 15 o 20 segundos en los que vas pensando, repasando cantidad de cosas y diálogos internos. Porque te da miedo, tenés mucha presión. Decís: "No lo puedo errar". Ese momento me quedó grabado a fuego.

¿Cómo se vivió ese triunfo clásico que les dio el título uruguayo que además fue el primero suyo?

Más allá de algún festejo, no te das mucha cuenta. Me parecía algo normal. Había llegado a Peñarol y pensaba: "¡Qué fácil que es esto!". De alguna manera, no lo valorás como una cosa tremenda. Al menos me pasó a mí. Sí con el tiempo te queda el título y el haberle ganado una final a Nacional.

Enseguida de eso, se fue Máspoli, llegó José Pedro Damiani a la presidencia y fue a buscar al Maestro Tabárez como técnico.

Sí. Roque Máspoli se fue a Barcelona de Ecuador luego de ese proceso muy exitoso y le permitió llegar al Maestro.

¿Qué cambiaba con el Maestro?

Un cambio de técnico, mueve. Porque te da incertidumbre, no sabés el técnico que viene, estás acostumbrado a determinadas cosas que habían funcionado bien. Pero creo que fue un cambio muy positivo. Como también creo que si hubiera seguido Roque, estaba bien y seguramente nos iba a ir bien también. Pero el Maestro le metió su impronta, su forma de ver el fútbol que variaba con respecto al de Roque. De a poco nos fuimos conociendo. Tuvimos muchas dificultades también, pero el equipo se fue encontrando y tuvimos momentos importantes que nos fueron marcando y se fue dando el tema de la Copa Libertadores que era algo impensado.

El Maestro no tenía la espalda que tiene hoy. Incluso había muchos que pensaban que no era un entrenador para un equipo grande.

Llegaba de Wanderers a su primer equipo importante que era Peñarol y tuvo muchas dificultades. Era muy criticado, había momentos en que el equipo no encontraba su juego. Lo que pasa en los equipos grandes cuando no se dan las cosas. Pero fuimos mejorando. Tuvimos un momento importantísimo que fue el 23 de abril de 1987 cuando ganamos un clásico con ocho jugadores. Eso nos dio un respaldo, pero sobre todo, al Maestro le dio mucha fuerza como para poder continuar.

Es que se decía que si perdía ese clásico, era muy probable que a Tabárez lo cesaran.

Sí, me lo dijeron después. El clásico fue un miércoles ponele y la directiva se reunió el lunes, y habían dicho "cambiamos al entrenador, pero vamos a dejarlo hasta el clásico para no cambiarlo antes", pero ya se ponían a buscar a otro. No sé si tenían arreglado a otro o no. Nosotros como jugadores ni nos enterábamos de eso. Pero fue tan fuerte lo de ese clásico ganado con ocho hombres que ni que hablar que no hubo cambio de técnico y de alguna manera, nació lo de la Copa de unos meses después.

¿Qué recuerda de aquel 8 contra 11?

Es muy difícil que se vuelva a dar algo así. Primero, porque es muy difícil que le echen a tres jugadores y al otro ninguno. Y más difícil aún es darlo vuelta con ocho, porque es prácticamente imposible. Son partidos únicos en el que se da eso. Por supuesto que me acuerdo hasta el día de hoy la jugada que hicimos con Jorge Cabrera para anotar el 2-1 final. Los dos entramos como suplentes. Quedamos con ocho y el Maestro hizo los dos cambios, y entre los dos hicimos la jugada de ese gol increíble. Terminamos defendiendo y ganando un clásico que quedó para el mejor de los recuerdos.

¿No piensa que ese clásico, además de apoyar a Tabárez, también le cambió la postura al equipo en ese año? ¿Como que hubo un antes y un después?

Hubo un antes y un después, pero en el momento no te das cuenta. Para mí, si bien eso fue importante porque dio tranquilidad para seguir trabajando, hubo un momento que fue donde el equipo se consolidó como grupo y estuvimos muy juntos y fue cuando nos fuimos de gira a México. Cuando existían las giras largas. Fueron más de 30 días que estuvimos por todo México y a veces íbamos en ómnibus. Convivimos mucho y se conformó un grupo espectacular de amistad, de mucha confianza y son cosas que no las podés comprobar, pero tengo la certeza de que esa unión que se generó en ese viaje, fue importantísima para poder después estar más unidos con el equipo y jugar como jugamos y lograr cosas increíbles como logramos.

Diego Aguirre

 

Ese plantel tenía cosas increíbles, como el hecho de una edad promedio de 21 años, algo que hoy suena insólito. Además, eran siempre 13 jugadores como grupo. No había más.

Eso hoy no existe. Si vos lo analizás, no lo entendés. Aparte siempre éramos los mismos cambios. Jugaba (Gustavo) Matosas o (Eduardo) Da Silva, después el Bomba Villar que era el suplente que entraba casi siempre, y jugaba el Tito (Goncálvez) y después jugó (Marcelo) Rotti cuando lo echaron. Con un plantel muy chico en cantidad de futbolistas, con jugadores jóvenes que la mayoría jugaban la primera Copa. Fue increíble poder ganarla, cuando absolutamente nadie se lo imaginaba.

La primera ronda contra Progreso, Alianza Lima y San Agustín la pasaron sin problemas.

Antes la forma de disputa era diferente. Jugábamos los dos uruguayos ante los dos peruanos y pasamos sin dificultades.

En diciembre de ese año, poco después de que ustedes ganaran la Copa, se dio el accidente aéreo de Alianza en el que murió todo el plantel. ¿En algún momento pensó que poco antes los había enfrentado, como pasó hace poco con Chapecoense?

No tomás real dimensión. Lo que pasó ahora con Chapecoense me pegó muchísimo más porque también me tocó enfrentarme con ellos una semana antes. Fue muy fuerte por toda la difusión que hay hoy y porque ya tenés otra madurez y más dimensión de las cosas. Nosotros estábamos en Japón para jugar la final con Porto y nos enteramos de la noticia de que estaban todos muertos. A mí me impactó y recordaba uno por uno a los jugadores, sus caras, porque los habíamos enfrentado. Fue muy fuerte. Son de esas desgracias tremendas.

Después venían las semifinales nada menos que ante Independiente y River de Argentina. El 3-0 acá contra los rojos fue impresionante.

Cuando se dieron las semifinales, nos tocó River que entraba directo en semifinales por ser el campeón del año anterior e Independiente. En ese momento, creo que ni el más optimista de los hinchas de Peñarol, ni ninguno de nosotros, pensamos que podríamos llegar a la final. River venía de ser campeón del mundo, Argentina venía de ser campeón del mundo en 1986 y los dos equipos de ellos con grandes figuras eran favoritos. Se hablaba en la prensa argentina acerca de quién iba a pasar, si River o Independiente. No nos consideraban para nada. Pero cuando pasó ese partido que fue el primero, que ni nosotros lo podíamos creer lo bien que jugamos porque salió todo perfecto, les pasamos por arriba, les hicimos tres goles y ellos no pudieron pasar la mitad de la cancha, los presionamos con todo. Ahí nos empezamos a ilusionar como que esa copa se podía ganar.

Más allá del partido ante River, fueron a jugar en la Doble Visera, la cancha de Independiente, prácticamente obligados a ganar para no depender de otros resultados y ganaron un partido impresionante.

Fue el primer partido que Independiente perdió en la historia ante equipos extranjeros. Nos enfrentamos a Independiente siete veces campeón de la Copa Libertadores. Un pesado de verdad. Ahí hicimos el mejor partido de la Copa. Si bien el 3-0 fue impresionante, ese fue más. Porque era decisivo, porque era de visitante, porque había un estadio repleto, porque la lógica era que no podíamos ganar, pero hicimos un tremendo partido y quedó para la mejor de las historias. Cada tanto, me gusta repasar imágenes y ver esos momentos y sentirme parte de algo tan lindo.

Si será cíclico el mundo y la vida que a usted le hicieron una nota después de ese partido y dijo que fue el gol más importante de su vida. Poco tiempo después, habría uno más trascendente aún.

En ese momento era verdad. No me imaginaba que podía haber otro más importante. Todo es muy cambiante y lo que ves como algo impresionante, te puede sorprender algo después. Por eso el fútbol es tan maravilloso.

Después llegó la primera final en Cali ante América con un cuadrazo. ¿Qué recuerda?

Está la anécdota de que nos tiraron humo en el vestuario dentro de un ambiente muy pesado. Todo fue real. Terminamos perdiendo contra un equipazo como América. En el vestuario no veías nada por el humo. Tuvimos que salir. Nos va a quedar la duda hasta el día de hoy si es verdad que nos sentimos medio dormidos cuando entramos al partido, con una sensación como sin rebeldía. Capaz que nos ganaban igual. Pero la sensación que nos quedó fue que perdimos y no estábamos enojados. Nos preguntábamos, ¿qué sería eso que pusieron en el vestuario? ¿Un tranquilizante? ¿Una cosa que te dormía un poco? Perdimos y éramos unos caballeros, aceptamos todo y nos volvimos. Es insólito. Me quedó esa sensación. Pero después no podés ni hablar de eso, perdiste y te tenés que callar la boca. Tenés que jugar y por suerte había revancha.

Y esa revancha, para variar, un equipo uruguayo, si no sufre, no vale. ¿Qué pasó en esa final?

A mí fue el partido que más me emocionó. Después hice el gol en la final de Chile y fue increíble, pero el partido que más me emocionó, en el que realmente me quebré, que me puse a llorar, fue el del Centenario, porque estaba repleto, porque había una ilusión bárbara. Terminamos perdiendo 1-0 el primer tiempo, estaba durísimo y ellos tenían un equipazo y no llegábamos al arco. Y lo dimos vuelta sobre el final. Primero mi gol, después el gol del Bomba casi en la hora. Fue una emoción tremenda. Me acuerdo que terminó el partido, pitó el juez, ni festejé, me fui corriendo al vestuario, me encerré en el baño y no podía parar de llorar, porque era un contenido emocional muy fuerte.

¿Solo?

Sí, solo. No me vio nadie. Era una emoción mía. Reaccioné de esa forma.

Cuando hizo el 1-1, después de celebrarlo pasó por al lado de Falcioni y le dijo alguna cosita. Despúes en el 2-1 de Villar, se lo gritó en la cara.

Sí. Cuando empaté le dije: "Dentro de un rato, vuelvo". No lo insulté ni nada. Y volví con el gol del Bomba. Son cosas del partido. Obvio que lo putee todo. Él provocaba y generaba esas cosas y nosotros muy chiquilines, entrábamos como locos. Queríamos pelearnos a los dos minutos.

Conociendo esa juventud y para tratar de hacerlos entrar, el paraguayo Battaglia se paseó con la camiseta de Nacional en el hotel que compartían en Chile.

Pero pensalo. Es una cosa totalmente desubicada estar con una camiseta de Nacional en el mismo hotel. Pero logró algo a favor nuestro, logró lo contrario, porque eso nos dio más fuerza. También es verdad que se iba a armar un lío bárbaro si no éramos campeones, porque hubo demasiado roce, demasiados golpes sin pelota, que no se bancaban.

Hablando justo de eso. En la final de Santiago, Cabañas le pegó sin pelota ¿verdad?

Sí, me pegó en un córner en el primer palo antes de que viniera el centro y me dejó el ojo negro.

Y Aponte, sin pelota, también había hecho algo similar casi al principio.

Sí, es cierto. En la primera jugada del partido, sin pelota, me dio una piña. En ese momento, me quedé quieto, fui y le dije: "Antes de que termine el partido, te voy a matar". Y seguí jugando callado la boca. Después está la anécdota de que se iba a armar lío en el final, porque estábamos todos para pelear. Hubiera sido un bochorno y por suerte ganamos y no se armó.

Diego Aguirre

 

¿Se puede decir que de alguna manera, el gol llegó casi de casualidad?

Claro. Eso influyó. Eso es lo increíble. En ese momento, miré el reloj y faltaba un minuto y quería devolver las piñas que me habían pegado. Y pensé: "Es ahora". Pasó el Tito (Goncálvez) por al lado mío (que le encanta pelear) y le dije: "Voy a matar a este que tengo al lado, quedate por acá". Y me contestó: "Sí, sí, dale tranquilo". Y yo me fui acomodando como para estar cerca del defensor. Y fue ahí cuando cabeceó el Zurdo (Viera), la paró el Bomba (Villar), me quedó la pelota adelante e hice ese golazo. Obvio que nos olvidamos de todo.

No se puede creer.

No lo podés creer. Nada de táctica, absolutamente improvisado como si fuera un partido de barrio. (Se ríe a carcajadas).

Después del partido, le hicieron una nota en la cancha y usted dijo: "América fue un gran rival, pero le falta pasta para las finales".

Y... bueno. Era la tercera consecutiva que perdían, yo estaba recaliente también porque había mucho roce y decís cosas que baboseás un poco, que no está bien. Después, siempre cuento, con el tiempo aprendí a valorar lo que vivimos, pero también a ponerme del otro lado, a intentar respetar al máximo al que le tocó perder, porque es muy feo que te pase eso en contra. Entonces, no hay que babosear, no hay que disfrutar con el otro, sino disfrutar con lo tuyo. Si vas por la línea del respeto, creo que va todo mejor. Lo digo siempre con respeto hacia América: no me gustaría estar en el lugar de ellos. Está todo bien.

Y ahí seguramente cambió aquella frase del gol que había hecho en Avellaneda y este fue el gol más importante de su vida.

Sí. Ahí en Chile tendría que haber dicho: "Fue el gol más importante de mi vida y nunca más voy a hacer uno igual". Porque es absolutamente imposible hacer algo similar. Tendría que ser en una final de un Campeonato del Mundo con Uruguay, como el gol de Ghiggia. No puede haber un gol más importante en esas circunstancias, en las que está todo perdido y pasás a llevarte toda la gloria. Ese fue un gol tremendo que no me imaginé nunca en el momento en que lo hice, que era para tanto.

Hoy, años después, ¿cómo lo vive?

Con mucho orgullo, como parte de mi vida. Ese gol es parte de mi ego, de mi satisfacción, de mi deber cumplido. (Se lleva las manos al corazón durante algunos segundos). Me da mucha paz. Siento que con ese gol le di muchísimo a Peñarol. Todo el agradecimiento que tengo hacia el club, qué mejor forma de devolvérselo que con ese gol que hice.

Sigue siendo un grupo muy unido.

Tenemos la suerte de hasta el día de hoy, tener un grupo de Whatsapp en el que estamos solamente los jugadores de ese plantel que se llama "Somos la quinta", por la quinta Libertadores. Y seguimos con anécdotas y los mismos chistes de hace 30 años y riéndonos, compartiendo momentos lindos. Quedó una linda amistad, una relación divina. Tenemos algo muy fuerte que nos une. Siempre digo, en el fútbol, lo que termina de consolidar a un grupo o darle reconocimiento, es un título importante. Si no, se desvanece y se pierde, porque nadie tiene memoria para los que no ganan. Y nosotros tuvimos la suerte de ganar esa Copa y se valorizó mucho, se habló mucho del grupo, se estrecharon los lazos de relacionamiento y amistad entre todos y hoy los veo y tengo las ganas de darles un abrazo, de compartir con ellos. Hay un vínculo que nos une para siempre y es esa Copa. Fue algo que nos marcó.

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