Álvaro Delgado tiene enormes chances de ser el candidato que se enfrente al Frente Amplio en las próximas elecciones nacionales. De no ocurrir ningún cataclismo, un cambio abrupto en el humor del electorado, o que imprevistamente se desmarque algún candidato con una campaña disruptiva, todo indicaría que el exsecretario de gobierno será quien le ponga el pecho a la continuidad del rumbo en el que navega el país desde el 1° de marzo de 2020, cuando asumió la primera magistratura Luis Lacalle Pou.
Este jueves el Secretario de la Presidencia renunció a su cargo para iniciar su derrotero como precandidato del Partido Nacional. En el terreno de juego de los blancos lo esperan por ahora dos adversarios: la economista Laura Raffo y el experimentado senador Jorge Gandini. A ambos contendientes les lleva varios puntos de ventaja, según las encuestas.
La carrera de la interna blanca se completa con la candidatura nominal de Carlos Iafigliola, y en las gateras ―siempre por largar― el multimillonario senador Juan Sartori, a quien la gente conoce un poquito más que hace cinco años cuando con una campaña chocante irrumpió en el horizonte de la política nacional.
Delgado no viene de una familia politizada ni de tradición política. Su militancia blanca comienza en los ámbitos universitarios en la Corriente Gremial Universitaria, cuando estudiaba veterinaria, a partir de donde labró una meticulosa carrera caminando por diferentes sectores del Partido Nacional (PN) hasta encontrarse con Lacalle Pou.
Junto a él y otros jóvenes políticos fundaron Aire Fresco, hoy sector mayoritario entre los nacionalistas. Lo hicieron cuando eran un puñado de dirigentes de Canelones y Montevideo con sueños altos y ambiciones grandes. Pronto se convirtió en alguien clave para la estrategia de su líder indiscutido, Lacalle Pou.
Tan es así, que luego del batacazo en las elecciones del 2014, ganando con el sector Todos Hacia Adelante una interna en el que no eran favoritos, Delgado se transformó en un senador determinante. Lideró en el Parlamento la Comisión Investigadora de ANCAP que fue concluyente en la renuncia del entonces vicepresidente de la República Raúl Sendic.
Desde los comienzos Delgado fue fundamental para Lacalle Pou y su proyecto. A tal punto que cuando resultó electo lo designó como Secretario de la Presidencia, cargo en el que su figura se consolidó como de uno de los actores políticos de mayor peso en el país y el gobierno.
Desde el Poder Ejecutivo Delgado mantuvo un perfil alto y casi en todos los temas. Trabajador incansable no solo estuvo lealmente detrás del presidente, sino que además recorrió los departamentos.
Su presencia en los primeros meses de la pandemia, cuando reinaba una gran incertidumbre, le dieron la plataforma que le faltaba para convertirse en una figura conocida por todos los uruguayos. Parte del éxito del manejo de la crisis sanitaria se debe también al papel que jugó en la comunicación y al cerrar acuerdos con los laboratorios que proveyeron de vacunas contra el COVID-19 al Uruguay cuando había fallado la apuesta a la OPS.
El desafío de Delgado es grande. Hereda en los hechos ―no en las palabras ya que el presidente nunca dijo quién es su preferido― el capital del oficialismo. En el acto de aceptación de su candidatura en la sede de Cambadu en el Prado en las pantallas se leía algo que todos comprenden y aceptan: el corazón del gobierno. Y lo es. Varios ministros lo apoyan directamente como lo explicitaron en vivo: Martín Lema (Mides), José Luis Falero (MTOP), Omar Paganini (RRII) y Pablo Da Silveira (MEC), Nicolás Martinelli (Interior) y Azucena Arbeleche (Economía). También varios intendentes blancos y legisladores.
Es un hombre de diálogo. Su presencia entre los invitados durante el acto obrero en la Plaza Mártires de Chicago todos los 1° de mayo es una de las características que siempre destaca. Es mesurado, no se le conocen grandes polémicas que lo hayan sacado de su temple y semblante conocido.
Enfrentó una denuncia sobre un presunto incumplimiento tras el otorgamiento de un campo de 399 hectáreas del Instituto Nacional de Colonización en Paysandú que fue rechazada por unanimidad por el Tribunal de lo Contencioso Administrativo. No obstante, sin tener por qué hacerlo, lo devolvió y cerró el tema.
Desde el día en que asumió la Secretaría de la Presidencia los nacionalistas sabían que estaba en carrera para intentar suceder a Lacalle Pou. En el interín sonaron varios nombres que amenazaron con largar, pero nada sucedió. Solo Raffo del tronco herrerista tradicional y Gandini de la rama más wilsonista del partido se animaron a dar un paso al frente para disputarle la candidatura de los blancos.
En el partido hubo quienes se molestaban con la doble montura con que cabalgó los últimos años: al ser al mismo tiempo que precandidato sin serlo y Secretario de la Presidencia. Lo que nadie pone en duda es su capacidad política y su conocimiento de los asuntos de gobierno.
Hasta ahora no ha mostrado cartas nuevas en la mesa. Lo más llamativo fue cuando declaró en entrevista a El País: “Estoy convencido de que podré ganar con más apoyo que en 2019”. Toda una declaración de confianza en sí mismo y su candidatura. También aseguró que de ganar no piensa subir los impuestos. En varios ámbitos se espera con expectativa los primeros pasos que dé en el llano, lejos del piso 11 de la Torre Ejecutiva y libre de la función que ejerció.
Las encuestas parecen darle la razón. Los nacionalistas lo tienen en la cima de sus preferencias y todo indicaría que por los apoyos y sectores que sustentan su candidatura el triunfo en las internas estaría asegurado. Es el favorito.
Solo tendrá que rubricar en las urnas lo que parecería ser la crónica de una victoria anunciada, pese a que dentro del propio partido se escuchen voces aisladas que plantean algún reparo como candidato. Es, por ejemplo, el caso de Ignacio de Posadas. El veterano dirigente, sin pelos en la lengua, dijo en este mismo diario: “Yo creo que probablemente sea mucho mejor presidente, si sale, que candidato. A ver, no es bobo Delgado, es un tipo que es capaz. No es un intelectual, le falta fuego, pero también está teniendo un desgaste muy grande. Me parece a mí, el día que el tipo se suba arriba del cajón de manzanas ya habrá aburrido a medio mundo. Me parece que es muy difícil que pueda prender alguna chispa a esa altura del campeonato”.
La duda válida que disipará cuando hablen las urnas tras las elecciones internas de junio es si los nacionalistas están para chispazos o si optan por seguir respirando más aire fresco.
Ahora sí, los dados están en el aire.