30 de septiembre de 2011 19:23 hs

La canción de autor española está llena de exponentes dedicados a hacer obra y dólares de contar vida, relación y exorcismos de demonios personales. De la escuela que Joaquín Sabina marcó con discos varios que lo ponían en ese lugar y en un costado musical pretendidamente rockero han salido varios exponentes.

Nacho Vegas es uno de los cantautores que –sin tener algo que ver con Joaquín Sabina más que, por decir algo, el gusto por tocar la guitarra acústica cada tanto– ha caído un poco en ese personaje. Desde el primero de sus cinco trabajos y otros anteriores con su banda Manta Ray, Vegas y la prensa que lo ha seguido han pergeñado una imagen de compositor maldito, condenado a una popularidad menor (que ya no es tal), reservada para los círculos de la música alternativa o del indie, a pesar de ser convocado para grabar discos a dúo con próceres del rock de aquel país como Enrique Bunbury o aparecer en tracks recientes de Luis Eduardo Aute.

Siempre ha sido bien conocida la relación de Vegas con la vida errante, las drogas, la bebida y otros clichés rockeros típicos del artista en soledad. Sin embargo, Vegas se las ha arreglado para ser quien con menos tapujos y pose y más sinceridad ha encarado estas cuestiones personales. Y entrevistas aparte, el mérito que justifica escuchar su voz y sus casi susurros que recuerdan por momentos a Leonard Cohen y sus canciones que abrevan en lo mejor de grandes songwriters estadounidenses –un todo en el que aparecen Carson Mc Cullers y Bret Easton Ellis lo mismo que Bob Dylan o Bill Callahan– es la autenticidad que emana de sus canciones.

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La zona sucia es el nombre de este quinto disco de su cosecha. En algunas entrevistas ha señalado que la concepción del título es automovilística: la zona sucia es aquella llena de goma y grasa que recorren los coches pero que siempre complica la salida de los autos que comienzan una carrera por allí y que los pone en riesgo de ser rebasados por otros que vienen detrás, por la zona limpia del circuito. Es una buena metáfora para apreciar la carrera de Vegas si se la mide en términos de popularidad, aunque no en cuanto a creatividad y afinación compositiva.

Dos párrafos atrás se mencionaba la autenticidad. Es decir, ¿qué es lo que hace que escuchar a un tipo que habla sobre sí mismo enganche al que lo escucha? Es difícil precisarlo con exactitud, pero Vegas tiene muchas cosas que lo consiguen: una angustia existencial pesada (que llegó a su punto máximo de sublimación en su disco Desaparezca aquí, de 2005), una concepción trágica de ver a las relaciones amorosas (a pesar de algunas relaciones, Vegas sigue soltero) y una serie de sentencias precisas e igualmente malditas (“lo que no se puede desunir es lo que nos habrá de separar” canta en La gran broma final) que Vegas lanza casi en cada verso, en los que no hay lugar para demasiadas palabras como “lindo” o “feo”.

En cualquiera de los formatos genéricos –más rockero, más flamenco, más country o más “cantautoril”– Vegas vuelve a definir con exquisitez valses que pronostican borracheras como quien espera el apocalipsis personal (Taberneros) y vínculos en los cuales inevitablemente, el control está siempre a punto de perderse. Conocerlo es enterarse de que la buena canción de autor española no se terminó en la década de 1980, de 1970 o de 1960, cosa que parece respirarse en una Montevideo en la que lo más moderno de aquel país que suele sonar por varios bares sigue siendo Ismael Serrano o Jarabe de Palo.

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