4 de febrero 2013 - 15:49hs

En el cine podría argumentarse que si una comedia hace reír y un drama hace llorar, entonces la película cumple con el objetivo que se ha propuesto. No obstante, no deja de ser molesta la sensación de subestimación que se experimenta cuando cada lágrima parece arrancada cual saliva de perro de Pávlov (La vida es bella puede ser un ejemplo de esto), o cuando cada carcajada repiquetea como el eco de un humor lineal y primitivo. Es una sensación extraña, pero la reacción está allí: la película logra su propósito y el espectador sale del cine con visible emoción, pero aun así sintiéndose traicionado.

Si el propósito del musical de Tom Hooper en Los miserables es emocionar, puede decirse entonces que el filme lo logra con creces. Prueba de ello son las ocho nominaciones al Oscar que ha recibido, aunque será difícil argumentar que las consiguió en base a una magistral dirección o a una revisión espasmódica del clásico de Víctor Hugo. Más factible es que la clave de su éxito esté anclada en la solidez y exposición actoral presentes en la película, que incluye las mutaciones corporales que tanto le gustan a Hollywood (Anne Hathaway y Hugh Jackman adelgazaron varios kilos para sus papeles).

Pero la sensación de traición emerge cuando se cae en la cuenta de que la inmensa mayoría de los 152 minutos de Los miserables están ocupados por primeros planos de rostros dolientes cantando entre lágrimas y voces quebradas. La impresión entonces es que la pantalla se convierte en una ratonera donde solo quedan dos alternativas: la emoción o la desidia.

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El segundo largometraje de renombre de Hooper, tras su excesivamente premiado El discurso del rey (Oscar a mejor película y mejor director en 2010), se basa en el musical de Broadway que, a su vez, adaptó el libro de Víctor Hugo. La historia se centra en Jean Valjean (Jackman) un expresidiario de la Francia de principios del siglo XIX, quien se hace cargo de la hija de Fantine (Hathaway), una pobre costurera devenida en prostituta, y es perseguido por el policía Javert (Russell Crowe).

Como en su anterior filme, Hooper se centra en la eficacia de su elenco (si hay algo que se le puede conceder al británico es ser un gran director de actores), pero esta vez abusa como nunca de sus primeros planos y su cámara movediza. Su decisión estética es plenamente consciente, como la determinación de dejar fuera las escenas de baile propias del género o la de grabar en vivo durante el rodaje el canto de los intérpretes. Lo último funciona, pero lo demás lo convierte en un musical asfixiante.

El drama pretende tener sus resquicios de aire con la aparición de los Thénardiers, la pareja interpretada por Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen. No obstante, la frescura parece atada con alambre y las monerías de los dos actores ingleses ya están demasiado vistas como para irrumpir verdaderamente en la obra (sin ir más lejos, ambos realizaron papeles parecidos en Sweeney Todd, el musical de Tim Burton).

Cuando la película gana puntos es durante los breves momentos en que aparece Hathaway, cuya breve interpretación es tan intensa que deja huella durante todo el filme, así como en cada plano en que Jackman se mete en la piel de Jean Valjean. Su forma de condensar la bondad, hombría y coraje de su personaje lo equiparan por momentos a otros héroes ladrones de suspiros como el Atticus Finch de Gregory Peck o el Nathaniel de Daniel Day-Lewis en El último de los mohicanos. El resto del reparto también cumple. Crowe no será un gran cantante, pero le imprime una ambivalencia interesante a Javert, y Samantha Banks conmueve en el rol de Éponine.

Por fuera de los actores es poco lo que queda por decir de Los miserables. Como poco es lo que queda de la cinta una vez que el espectador sale de ese filme-ratonera y por fin respira un poco de aire fresco.

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