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La obsesión de Bolsonaro por reescribir el pasado reciente

Polémica por la decisión oficial de conmemorar el golpe de Estado

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31 de marzo de 2019 a las 05:00

Carmen A. fue arrestada en Sao Paulo en 1974; entonces tenía 28 años de edad. Los militares brasileños la llevaron a una cárcel donde se practicaban torturas. Allí le aplicaron electricidad poniendo un cable sobre su seno derecho. Ellos querían que Carmen confesara el paradero de su esposo, así que la amenazaron con maltratar también a su hijo de un año. Sus torturadores se llamaban doctor Romero y capitán Ubirajara. Cuando Carmen me contó esta historia hace pocos años, ambos estaban libres. Ninguno de los dos fue penado por sus crímenes. De hecho, todos los torturadores y asesinos uniformados que entre 1964 y 1985 alegaron estar protegiendo a Brasil de una amenaza comunista quedaron impunes.
Desconocimiento de la historia

Para el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, hombres como Romero y Ubirajara no son criminales, sino héroes. El hecho de que su libro favorito haya sido escrito por un torturador –que solía introducir ratas en las vaginas de las mujeres para atormentarlas– habla volúmenes sobre el carácter patológico de Bolsonaro.

Ni este ni otros crímenes figuraron jamás en la conciencia colectiva de los brasileños. Eso se debe, sobre todo, a la ley de amnistía que los militares impusieron en 1979 para protegerse a sí mismos. De ahí que los brasileños sepan tan poco sobre el lado oscuro del régimen militar. Los conservadores insisten hasta hoy en que lo que prevaleció en Brasil en aquella época era la ley y el orden.

La falta de conocimiento de la propia historia abona el terreno para que el presidente Bolsonaro decrete conmemoraciones el 31 de marzo en los cuarteles. Eso sería inimaginable en otros países de América Latina que sufrieron dictaduras militares. Pero en el Brasil de Bolsonaro, eso es posible.

 “Intervención democrática” 

El 31 de marzo de 1964, los militares brasileños perpetraron un golpe contra el presidente constitucional João Goulart, tras acusarlo de comunista por proponer una reforma agraria, entre otras cosas. Millones de brasileños conservadores apoyaron el golpe. También lo respaldaron la élite económica del país, los grandes medios de 
comunicación, la Iglesia católica y Estados Unidos. Barcos de guerra estadounidenses fueron estacionados frente a las costas brasileñas para asegurar que el golpe se consumara. Así comenzaron los “años de plomo”.

En cambio, para Bolsonaro, aquello fue el comienzo de una época gloriosa. “En 1964 no hubo ningún golpe militar”, declaró recientemente a través de su vocero. Lo que tuvo lugar fue, a sus ojos, una “intervención democrática”. Esa declaración es un intento de Bolsonaro de reescribir la historia. Ese gesto trae a la memoria la novela “1984” de George Orwell, donde el “Ministerio de la Verdad” se ocupa continuamente de ajustar el pasado a la línea del partido dominante.

El presidente de Brasil está obsesionado con dos cosas: por un lado, la homosexualidad presunta o real de otras personas; un asunto que él trae a colación innecesariamente una y otra vez. Por otra parte, el pasado; un tópico que, como a todos los reaccionarios, lo ocupa más que el futuro. Queda en manos de los psicólogos determinar por qué a Bolsonaro le interesa más la sexualidad ajena y una dictadura que terminó hace 35 años, que el mejoramiento del sistema educativo, la lucha contra la pobreza y la reforma de la jubilación.

El hecho es que este presidente está paralizando de nuevo a Brasil. Él no impulsa al país hacia delante, sino que lo secuestra, haciéndolo rehén de sus obsesiones. Él no tiene interés alguno en unir a la gente. Él divide. Él no quiere paz, sino conflicto. El conflicto es su combustible. Eso es lo que Bolsonaro tiene en común con Donald Trump. También él es un narcisista de corazón estrecho.

¿Sólo un revisionismo histórico?

Cerca de dos mil personas fueron torturadas durante la última dictadura militar brasileña, como Carmen A. Todavía no se ha determinado la cifra exacta de sus víctimas mortales. Por mucho tiempo se habló de 357 muertos, sobre todo opositores de izquierda y guerrilleros, pero, desde 2012, unos seiscientos más fueron agregados a ese saldo: granjeros, sindicalistas, curas de pueblos y ambientalistas. Un cálculo más reciente incluye a miles de indígenas asesinados por oponerse a proyectos de infraestructura, como las represas en el Amazonas.

El último régimen militar de Brasil suele ser descrito como una “dictadura light” porque, al compararlo con los de Chile y de Argentina, el número de sus víctimas es menor. Pero, ¿es correcta esa apreciación? El filósofo alemán Theodor W. Adorno dijo alguna vez que “la vida equivocada no puede ser vivida correctamente”. En ese sentido, para una víctima tampoco puede haber una dictadura blanda.

El torturador coronel Paulo Malhães fue espeluznantemente abierto cuando declaró ante la Comisión de la Verdad creada en Brasil en 2011: “Nosotros matamos a tantos como era necesario”.

La cuestión decisiva es: ¿hay más que revisionismo histórico detrás del intento de lavar la imagen de estos hombres? ¿Es eso parte de un plan para legitimar una política que no tolera la oposición y para imponer proyectos sin contemplar las opiniones ajenas? ¿Será el 31 de marzo una señal para propiciar la implementación de otras medidas en el futuro, como la destrucción de la selva amazónica, el desplazamiento de los indígenas con miras a favorecer intereses económicos o la intensificación de la brutalidad policial en las favelas? ¿Será opresión la repuesta que se le dará a los graves problemas sociales de Brasil?

En todo esto hay una contradicción dialéctica con la que el propio Bolsonaro no puede haber contado. Los militares brasileños se han mostrado poco entusiasmados con la idea de celebrar un golpe castrense. El hecho de que esta instrucción venga del otrora capitán Bolsonaro, quien nunca alcanzó un rango de oficial superior, puede causar aún más malestar en los cuarteles. La mayoría de los generales, eso se hace cada vez más evidente, no están interesados en profundizar aún más las brechas que ya dividen a la sociedad brasileña. Eso los diferencia de un presidente movido por sus obsesiones, que prefiere armar alboroto.

Deutsche Welle 

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