31 de mayo 2015 - 5:00hs
Las carencias, los aciertos, las debilidades y las fortalezas del rol que ha cumplido la oposición en el Uruguay de los últimos diez años está íntimamente ligada a la llegada al gobierno de la izquierda y, fundamentalmente, al trajinar de un Partido Nacional que, consolidado como la principal fuerza en el llano, marchó al ritmo del casi permanente cambio de mano en sus liderazgos.

Desde aquel 1 de marzo de 2005 en el que Tabaré Vázquez se puso la banda presidencial y el Partido Colorado empezó a desabarrancarse, la estrategia opositora blanca estuvo primero encabezada por Jorge Larrañaga (Alianza Nacional), luego por Luis Alberto Lacalle (Herrerismo) y ahora por Luis Lacalle Pou (Todos) quienes, además, han pasado por períodos cambiantes en su actitud ante el gobierno de turno.

Desde el retorno a la democracia y hasta el 2005, el juego entre el oficialismo y la oposición estuvo caracterizado por acuerdos más o menos firmes entre los colorados y blancos para compartir la gestión del Estado, en tanto que el Frente Amplio mantenía cierta coherencia en sus recurrentes críticas al ejercicio del poder de los partidos tradicionales.
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La izquierda frenteamplista, tradicionalmente poco afecta a los modos de conducción caudillesca, se opuso drásticamente a casi todo lo que proviniera de esos gobiernos a los que consideraba neoliberales y conservadores al extremo.

Los métodos de oposición no eran marcados por el candidato presidencial de turno sino por los órganos de conducción internos –Congreso, Plenario, Mesa Política y Secretariado Ejecutivo-.
La irrupción progresiva de líderes como Vázquez y José Mujica le imprimieron una impronta más personal a la marcha de la izquierda, pero esa es otra cuestión.

Como fue dicho, tras el desmoronamiento en las elecciones de 2004 los colorados no solo no pudieron volver al poder sino que nunca pudieron hacer pie como para convertirse en el principal partido opositor.

Ese rol quedó fundamentalmente en manos del Partido Nacional en donde, se sabe, no hay Honorable Directorio que pueda marcarle el rumbo al líder de turno.
Así, el primer tramo del gobierno de Vázquez encontró al wilsonista Jorge Larrañaga como líder surgido de las internas de 2004 y avalado por una de las mejores votaciones blancas en las nacionales de ese año.

Larrañaga empezó de punta negándose a integrar los puestos en entes y empresas públicas ofrecidos por el primer presidente frenteamplista. Luego, comenzó a dialogar afectuosamente con el entonces senador José Mujica pero en las internas de 2009 Luis Alberto Lacalle Herrera reasumió la mayoría partidaria y, en la campaña electoral de ese año, fue especialmente duro con el exguerrillero tupamaro devenido en candidato presidencial.

Ya con Mujica en la presidencia, los blancos en la oposición fluctuaron entre una actitud reciamente opositora por parte del Herrerismo, a una de mayor colaboración por parte de la minoría representada por Larrañaga.

El resto es historia más reciente. El Partido Colorado se atomizó hasta límites insospechados y no parece estar en condiciones de generar hechos políticos de relevancia en la vereda de enfrente del gobierno. Una vereda que quedó casi entera para que juegue el Partido Nacional.

Allí, la irrupción del liderazgo de Luis Lacalle Pou como heredero de la corriente creada por su bisabuelo y abonada por su padre, tuvo en un principio el sello del eslogan "por la positiva" pero, a poco de andar, parece haber asumido una actitud más crítica con el segundo gobierno de Vázquez. Larrañaga, aunque vencido en la interna, se quedó con buena parte de la bancada nacionalista y no está dispuesto a dejar solo en manos de Lacalle Pou las decisiones que el partido asumirá en los próximos cinco años.

De uno y otro lado coinciden en que difícilmente las diferencias que se sucedan en las estrategias de conducción puedan ser limadas en ámbitos más institucionales pero poco ejecutivos como el directorio o las bancadas parlamentarias.
Como sea, en el lustro que se viene, las carencias, los aciertos, las debilidades y las fortalezas del rol que cumplirá la oposición seguirán siendo, como a lo largo de casi toda la historia del país, cosa de blancos.

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