El título del artículo no alude a la cancha de los esquiladores, sino a la vigencia de la cría ovina en el país. Es cierto que no se puede vivir de los recuerdos, aunque recordar es bueno para repasar lo hecho y no volver a cometer errores.
El retroceso que tuvo el stock ovino desde la década de 1990 en adelante, cuando Uruguay pasó de 26 millones de cabezas a menos de 8 millones en la actualidad, no obedeció solo a una caída de precios de la lana por el sobrestock australiano y su manejo.
La oveja está en competencia con otros rubros, que en algunos casos dejan una renta mejor. Y hubo otros factores importantes, como la escasez de mano de obra especializada, quizás producto de la migración del campo a la ciudad.
El abigeato es un flagelo para la producción ovina, donde las autoridades encargadas de la seguridad pública no han dado en el clavo de la herradura.
Es un fenómeno extraño el robo de lanares porque todo el mundo reconoce que no se trata del ladrón que roba para comer, cerca de las ciudades, sino de verdaderas organizaciones delictivas que llenan camiones si es necesario, y nadie ve nada.
El robo de animales no tiene cura y, en algunos casos, desestimula al productor a seguir en el rubro. Y el paisaje ha cambiado para mal porque, así como observamos con entusiasmo el nuevo escenario del campo uruguayo, en medio de la expansión que tuvo la agricultura en la última década, hoy ver un rebaño de ovejas pastoreando cerca de las rutas es un hecho raro.
Pero la oveja valió y vale. Porque supo adaptarse a los nuevos tiempos, tiene tecnologías validadas y mercados abiertos en todo el mundo, tanto para la lana como para la carne.
Precisamente, un aporte nuevo que realizó la producción ovina como negocio fue la carne. Desde los albores de la Patria hasta hace 15 o 20 años atrás, la producción ovina era sinónimo de lana.
Había carne, pero de animales refugados para el consumo propio y de cordero para ocasiones especiales. El productor ovino uruguayo supo comenzar a pensar en la carne como uno de los pilares del negocio y Uruguay se ha convertido hoy en el tercer exportador del mundo. Ahora desearíamos tener un stock de 26 millones de cabezas.
Todos los días puede haber un desafío nuevo, pero ahora comienza uno que llega en buen momento. Se trata de la convocatoria que realizó el viernes pasado el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) para integrarse a los Planes de Gestión en Producción Ovina, a través de la Dirección de Desarrollo Rural.
Si bien se pone el énfasis en los productores familiares, hay margen para que el 30% de los participantes tengan un porte mayor, hasta 1.250 hectáreas. Joaquín Martinicorena, presidente del Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL), institución que apoya, recordó que en Uruguay hay 10.000 productores que tienen menos de 200 ovejas.
Además de afincar a la gente en el campo, el rubro ovino durante la esquila da empleo directo a unas 6.000 familias, que llegan a 10.000 con los puestos indirectos.
La idea es que se puedan armar 50 grupos de 10 productores cada uno, lo que involucraría a 500 productores en esta iniciativa para la que se destinarán unos US$ 4 millones, aunque el ministro Tabaré Aguerre adelantó que esa cifra puede ser mayor.
La información para sumarse está en la página web del MGAP, en el sitio (pestaña) de la Dirección General de Desarrollo Rural, en Plan Ovino 2012.
Pero lo importante, como dijo Martinicorena, es que la producción ovina del país tiene “un techo alto” para el crecimiento, al tiempo que aseguró que el éxito se logrará con trabajo, integración y la tecnología que ya está disponible para los productores.