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Sala Zitarrosa. Archivo 2002

Espectáculos y Cultura > CRISIS 2002

La paradoja cultural y el augurio de la tormenta: el impacto de la crisis en la cultura, y viceversa

La crisis económica impactó directamente en el bolsillo de los artistas, pero la cultura se convirtió en un refugio para pasar la tormenta

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30 de julio de 2022 a las 05:01

Mala racha: el nombre de la película podía haber funcionado como un augurio, una premonición o un aviso. Pero nadie lo advirtió. El miércoles 24 de julio de 2002 la sala estaba llena de periodistas y críticos de cine que se preparaban para ver la proyección de la comedia dramática de cuatro montevideanos que perdían su dinero en las máquinas tragamonedas. Pero en ese mismo momento la película de los uruguayos la pasó a protagonizar Alejandro Atchugarry, que asumió el Ministerio de Economía tras la renuncia de Alberto Bensión. “Ningún diario, programa de radio o de TV tuvo ya algún espacio para anunciar la película Mala racha, recuerda la actriz Laila Reyes a Luces.

Héctor Guido, director de El Galpón, recuerda con detalle el día en que llegó un fax al teatro y veía cómo la tinta se acumulaba formando el sello del Ministerio de Economía y Finanzas. Era una resolución donde se les concedía una transferencia económica que, aunque “austera”, les permitió seguir funcionando: “era un poco el oxígeno para poder seguir respirando”.

Días antes, en medio de la explosión de la crisis, habían tenido una reunión con el nuevo ministro de economía. “Me comuniqué en aquel entonces con el senador Danilo Astori porque el teatro se caía. Él nos facilitó una reunión con Alejandro Atchugarry y realmente conocimos una persona con enorme sensibilidad, que estaba frente a una tragedia nacional y se lo veía con un equilibrio para razonar la situación”, dice 20 años más tarde.

La crisis de 2002 en Uruguay tuvo efectos duraderos y devastadores tanto en el ámbito económico como en el panorama político y social del Uruguay de comienzos de milenio. El sector cultural no fue la excepción. En ese contexto, la situación de los artistas se vio comprometida. El teatrero señala las dificultades individuales por las que muchos uruguayos no podían hacer frente a los compromisos económicos, créditos, cuotas bancarias e hipotecas, mientras la pérdida laboral estaba al orden del día. Muchos no vivían del arte, sino de otro trabajo en riesgo. Esa dificultad individual, y colectiva al mismo tiempo, se sumaba a las complicaciones a nivel institucional: había que mantener la luz prendida y el telón arriba. “Fue una crisis que vivió todo el movimiento teatral independiente”, recuerda Guido.

En paralelo, mientras su trabajo en publicidad escaseaba, estaba en pleno rodaje en El viaje hacia el mar bajo la dirección de Guillermo Casanova, que se estrenaría en 2003. La crisis cayó en medio de una industria de cine nacional que se estaba consolidando, con títulos como 25 Watts, de Stoll y Rebella, o En la puta vida, de Beatriz Flores Silva, que se convirtieron en emblemas cinematográficos. Una industria que sintió especialmente el temblor en aquellos proyectos que no contaban con una coproducción extranjera.

Después de la fallida función de prensa, el viernes 26 fue el estreno de la película de la mala suerte. "Le hizo honor a su título, pues se estrenó pero muy poca gente se arrimó al cine Central donde se emitía, para pagar la entrada en efectivo", recuerda Reyes a 20 años del estreno que al menos le valió el reconocimiento de la crítica.

Apenas cuatro días después el gobierno suspendió las actividades de los bancos Montevideo y La Caja Obrera y decretó el feriado bancario. Canal 4 anunciaba para el día siguiente el estreno de Mañana será otro día, el título paradójico de una telenovela de producción nacional que quedaba flotando en el aire. “Esta apuesta a hacer una telenovela uruguaya con todo lo que ello implica, con lo difícil que es hacer una producción uruguaya en estos momentos en que nos invade la crisis por todos lados, tiene un doble premio, porque a pesar de todo es lo que tenemos los uruguayos: no bajamos la cortina y seguimos la lucha, apostando a cosas buenas”, sostuvo una de sus protagonistas, Cecilia Patrón, en una entrevista de aquella época en radio Centenario.

El feriado bancario se extendió durante una semana, en la que la Sala Zitarrosa recibió artistas como Buitres Después de la Una, Drexler y Larbanois & Carrero. “Fueron conciertos imponentes, como un hito, una conquista cultural. Era una programación perfecta para ese momento. Tenía todo: 360 grados de lo mejor de la música y nuestros artistas locales”, recuerda a Luces Gerardo Grieco, quien en ese momento estaba al frente del funcionamiento de la novel sala, inaugurada en 1999. Una sala que trabajaba de lunes a lunes y llegaba a hacer hasta 12 funciones por semana. “Recuerdo esos días con mucha intensidad porque por un lado eran días de crisis en los que se venía el mundo abajo, pero fue un momento glorioso para la sala. Teníamos programadas todos los días funciones de grandes artistas con entradas agotadas".

“Económicamente nos afectó: todos ganábamos menos. Las crisis te meten la mano en el bolsillo. El dinero valía menos y las entradas remuneraban menos a los artistas. Pero no afectó la actividad cultural; al revés: había una necesidad de la población de encontrar esos espacios para conectar con un artista y con la música. Paradójicamente, la población encuentra en la cultura un espacio de identidad y seguridad”, sostiene y reivindica la importancia del arte en los momentos que el piso tiembla debajo de los pies.

La paradoja del impacto de la cultura es ese: en momentos de crisis y dolor es un refugio. A pesar de la consternación derivada de la crisis y sus efectos sociales, la cultura se plantó como un bastión de resistencia emocional. 

“Se veía venir”, dice también Gustavo Zidán, quien recién había asumido la producción general de la Comedia Nacional, junto con la dirección de Héctor Manuel Vidal. “Suena un poco contradictorio, pero para nosotros desde el punto de vista teatral fue un año brillante”, sostiene 20 años más tarde. Fue una época de fuerte trabajo, producción teatral y convocatoria de público, en el que llegaron a duplicar la cantidad de espectadores. Bajo la consigna “ante la crisis más teatro”, la Comedia Nacional presentó 13 títulos, entre ellos El último yanqui de Arthur Miller, Pericles de Shakespeare y La misión de Heiner Müller. “Hicimos un ciclo de repertorio en el cual llegamos a tener ocho obras en cartel. Hacíamos teatro de miércoles a domingo y en esos momentos la Comedia no tenía el Teatro Solís. Nos habíamos repartido por diferentes teatros de la ciudad y llegamos a los barrios, también tuvimos giras al interior. La otra posibilidad era retraerse, y casi te diría que morir”.

Zidán recuerda un titular en particular, uno que decía que la Comedia Nacional había gastado $ 1 millón en contrataciones externas. Mariano Arana, quien era intendente de Montevideo en aquel entonces, le preguntó: “Che, ¿cómo gastaron $ 1millón?". “No, Mariano. Está mal. Gastamos $ 2 millones’”, le respondieron. "Era la oportunidad, dentro de nuestro alcance, para tratar de tirar un puente a gente del sector que también estaba afectada, al igual que el resto de los uruguayos”.

El viernes 2 de agosto, antes de la votación de la ley de rescate financiero, los informativos empezaron a hablar de “hordas" de gente que venía desde el Cerro y La Paz hacia el Centro de Montevideo saqueando todo lo que encontraba a su paso. Gabriel Calderón tenía 20 años y estaba a punto de estrenar su primera obra de teatro, pero la televisión estaba prendida. "De esta casa no sale nadie", le ordenaron. Las hordas nunca llegaron.

“Tengo patente toda la crisis bancaria, porque mi padre después del banco no volvía a casa sino que se iba todas las noches a AEBU y lo recuerdo con mucha tensión. Pero yo hacía teatro, entonces la pobreza no me asustaba”. Era estudiante de teatro en el Circular y paradójicamente durante la crisis decidió dedicarse por completo al teatro. “Mi padre quería que me dedicara a una carrera universitaria. En una de las discusiones yo había llegado recién de la calle, y me había traído un taxi que manejaba un doctor, y había estado en un bar donde me había atendido un abogado, porque el desempleo era brutal y la gente agarraba cualquier trabajo. Me acuerdo que le dije a mi padre 'estudiar una carrera para terminar haciendo algo que no es para lo que sirve la carrera no, para eso hago teatro, voy a ser pobre pero por lo menos voy a ser feliz'. En ese sentido la crisis me ayudó a decidir rápidamente que no tenía que dedicar esfuerzos a una carrera que igual no me iba a asegurar el bienestar económico”.

"Se veía venir –dice por su parte Jorge Nasser–. Había una bajada muy pronunciada del trabajo en el tiempo anterior, faltaban lugares para tocar y se notaba por todos lados la crisis. A partir del 98 se empezó a sentir una caída en todos los sectores. Se entró a ver que que ese proyecto y esa ilusión de los 90 se estaba viniendo abajo. Y en el 2002 estalló la cosa". El músico recién había emprendido su carrera solista después de que Níquel había dejado de tocar en 2001, y tenía algunas presentaciones en España y Estados Unidos. 

Cuando llegó al aeropuerto se encontró con la diáspora. "Era asombroso ver la cantidad de gente, hasta con colchones. No me lo contó nadie. Yo estaba para embarcarme para ir a tocar y la gente estaba embarcando para irse, en algunos casos para siempre"

Estuvo tres meses fuera del país, pero volvió para encontrarse con otro panorama. "Cuando regresé de alguna forma ya estaba instalada una situación de índole catastrófico y creo que también había una idea de que peor que eso no podía ser. A partir de ahí también empezaron mecanismos de supervivencia de todo el mundo para para salir adelante, a nivel social y político. Me acuerdo que el cantante de Cursi, Fabián, me dijo 'vamos a tener más trabajo ahora', porque había muchas cosas para decir", recuerda. 

Una crisis podía hacer que la gente se volcara a escuchar más música uruguaya. Así lo vivió Nasser, en una época donde la industria musical se consolidó, el rock nacional vivió una época dorada y la música popular se robusteció. "En tiempo de crisis los artistas jugamos un papel importante en la recuperación, cantando las cosas que la gente quiere escuchar. A partir de ahí surge una nueva cultura de apoyar lo nuestro, que hasta ese momento todavía no estaba soldada en el inconsciente colectivo del uruguayo. Estaba todavía lo extranjero como muy importante, sigue estándolo, pero creo que lo nacional ganó ahí un estatus muy importante", considera.

Llegó febrero de 2003 y los letristas tenían material para escribir y un escenario privilegiado para decirlo. El carnaval era un tipo de consumo cultural al que accedían personas de hogares de los tres niveles de ingresos. Según el Observatorio Universitario de Políticas Culturales, el 42% de la población asistió a espectáculos de Carnaval durante 2002, el 45% de personas de hogares de ingresos bajos, el 44% de las de ingresos medios y el 36% de las de ingresos altos. El carnaval era una caja de resonancia.

Contrafarsa en el Teatro de Verano. Archivo 2003.

La fiesta popular reaccionó. "Siempre que ha habido necesidades, el carnaval sirvió de cuerda de apoyo, un lugar de tribuna, pero también de refugio. Y en aquel momento la gente se acercaba a nosotros y sentía que estaba siendo representada. La murga tiene que ser el espejo de lo que pasa fuera del escenario y en ese momento lo fue. Nos ayudamos mucho entre todos a enfrentar la crisis con sonrisas, más allá de con denuncias o con broncas", dice ahora Raúl Castro. 

La crisis, y especialmente el exilio, fue el motivo de la despedida de Falta y Resto de 2003, que fue escrita por su hijo Felipe en homenaje a uno de sus amigos más queridos. Una retirada que Castro volvió a escuchar 20 años después, hace apenas unos días, cuando un uruguayo que emigró a Estados Unidos en época de crisis se la recitó de memoria. También cuando encontró a un hombre en Miami que sabía de memoria 40 años de letras de la murga, porque cuando llegó no tenía un hogar pero sí un auto con reproductor, y se dormía escuchando la murga una y otra vez. La cultura, dice Castro, “es la huella digital de identidad”. El puente que conecta a los que tuvieron que irse del país con todo lo que dejaron atrás.

"Ahí otra vez la cultura popular se puso los pantalones largos, porque fue el refugio de mucha gente, dijo muchas cosas que se necesitaban escuchar, fue caja de resonancia de lo popular, que era donde más se estaba sufriendo. Me parece que esa es una de las visualizaciones más importantes que provocó esa situación: la importancia que tiene la cultura popular en momentos difíciles –dice el letrista–. No quiere decir con esto que uno lo desea, pero por lo menos sabe que tiene este bien de poder expresar el dolor y tratar de transformarlo, no sé si en alegría, pero al menos en esperanza".

Mala racha sobrevivió apenas una semana en cartel. Mientras, la crisis se descolgaba con la intensidad de una tormenta que se ve armar en el horizonte. La nube los cubrió a todos y quedó poco lugar para guarecerse. Ese espacio fue la cultura: para algunos fue un cable que los conectó a las raíces de Uruguay, para otros fue un refugio de identidad y denuncia, para otros una válvula de escape. La paradoja cultural.

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