25 de julio de 2020 5:04 hs

Quien crea que Uruguay está mal por la crisis sanitaria, debería saber que el mes que viene puede estar peor. Y sin embargo, si se mira por encima del muro, se comprueba que este rincón del mundo es un reducto casi intacto y privilegiado.

En pocos meses el coronavirus mató en el mundo al menos a 650 mil personas, y empeoró la vida de casi todos. Como suele ocurrir, a algunos les ha ido mejor que a otros; incluso mucho mejor, como a Uruguay.

Pero la pandemia en el país ya no es solo un asunto en la frontera con Brasil, o en puntos fácilmente aislables. Ahora se expandió por el sistema de salud de Montevideo, una vía rápida donde la trazabilidad es más engorrosa.

Se sabe, por la experiencia mundial, que el virus se disemina como un rayo por las apiñadas redes de salud, por las barriadas más pobres, y por los sistemas más densos, como el transporte público o las grandes reuniones.

El ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, dijo el miércoles: “Nos va a llevar 45 días levantar este brote”. De hecho, parece que ahora se resuelve si el país sostiene el dique contra el coronavirus o si pasa a correrlo de atrás, al modo de Brasil, Argentina y tantos otros.

El actual escenario de rebrotes aleatorios puede volverse habitual. Se procura evitar que el coronavirus “pase a la fase de transmisión comunitaria masiva”, dijo el jueves el bioquímico Rafael Radi, del grupo científico que asesora al presidente Luis Lacalle Pou. El matemático Fernando Paganini puso como ejemplo el caso de Costa Rica, donde los contagios, fuera de control, se multiplicaron por 5,4 el último mes.

“Por favor, no entren en esa estupidez de creer que ya ganamos”, había advertido a El Observador en mayo el médico Henry Cohen, otro de los asesores del gobierno.

Pero Uruguay todavía está en el lado bueno de esta historia.

Si ciertos países europeos “ejemplares” en el control del coronavirus, como Finlandia o Dinamarca, tienen entre seis y doce veces más muertos per capita que Uruguay, y la cuenta sigue aumentando, ¿por qué las cosas deberían ser diferentes en esta parte del mundo?

Hasta ahora Uruguay ha sufrido 10 muertes por coronavirus por millón de habitantes, contra 62 de Argentina, 340 de México, 400 de Brasil, 470 de Chile y 540 en Perú. Uruguay también realiza una elevada cantidad relativa de tests en comparación con los dos vecinos, aunque son pocos si se confronta con Estados Unidos o Europa, e incluso con Chile o Perú.

El número de fallecidos continuará aumentando, particularmente en América Latina. Pero, a la vez, suelen caer las muertes por otras formas de gripe y neumonía, gracias a los nuevos hábitos de higiene reforzada.

En una región llena de carencias, con algunos Estados que parecen a la deriva, el pequeño Uruguay tiene ciertas fortalezas notables: baja densidad de población, incluso en el área metropolitana de Montevideo; creciente capacidad de testeos; alto número de camas disponibles para cuidados intensivos; facilidades para revisar hacia atrás (trackear) el hilo de vida de los contagiados; medidas políticas tempranas. Pero las normas preventivas, como el uso de tapabocas, el mantenimiento de distancia o el aislamiento social, se relajaron apenas el miedo comenzó a ceder.

Las reaperturas de la economía, de la enseñanza y de muchas actividades sociales —extraordinariamente tempranas en Uruguay— también incrementan la movilidad de las personas y del virus.

Una parte significativa de la humanidad, los uruguayos incluidos, se gana la vida cada día, y no puede simplemente encerrarse en casa a esperar que pase el temporal.

El comercio, los servicios y la enseñanza mediante plataformas digitales y virtuales, tienen límites severos; y, lejos de igualar, pueden aumentar las diferencias.

Casi todo el mundo cayó en recesión, aunque en grado diverso, las empresas quiebran en cadena y aumentan el desempleo y las penurias. Centenares de millones de niños y adolescentes de todo el mundo perdieron un año de aprendizaje formal, en todo o en parte.

El escenario económico (y político) del futuro es impredecible. Las viejas cartas de navegación ya no son del todo confiables.

Hay indicios por todos lados de que el mundo será más cerrado en el plano económico y social. Las grandes ciudades pueden parecer un infierno. Renacen ciertas fronteras políticas y comerciales: por la competencia entre China y Estados Unidos, por cuestiones sanitarias, pero más aún por miedo.

El coronavirus puede dar un golpe sin precedentes a la industria turística uruguaya, o al menos tan grave como el pozo registrado entre 1946 y 1955, cuando Juan Domingo Perón puso trabas administrativas y cambiarias a la salida de argentinos; o cuando las graves crisis de 1981 y 2001.

No todas son malas noticias, sin embargo. Los precios de las principales exportaciones uruguayas se recuperan, el petróleo aún es barato y el dinero prestado cuesta poco.

Centenares de laboratorios del mundo, respaldados por sus gobiernos, corren una carrera para obtener una vacuna anticoronavirus. Incluso se hacen pruebas clínicas a gran escala en Brasil y Argentina. Normalmente una vacuna requiere al menos cinco años, pero ahora se pretende obtenerla en un año o poco más. Hay mucho dinero en juego, pero también prestigio comercial y político.

El proceso de validación toma tiempo, como también la producción, distribución y aplicación masivas. Uruguay no podrá aplicar en masa una vacuna contra el coronavirus antes de fines de 2021 o en 2022.

Esta vida tuerta, manca y coja —parafraseando a Unamuno— seguirá por un buen tiempo más. 

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