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La trama narco detrás de Robert Algorta, el delincuente capturado tras persecución de la policía

La historia de una alianza con el Betito Suárez, uno de los más importantes traficantes de droga, y la guerra que dejó 65 víctimas

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12 de noviembre de 2018 a las 16:15

Una guerra que dejó 65 víctimas: 29 muertos y 36 intentos de homicidios. Una guerra de tres años que este domingo 11 de noviembre tuvo un capítulo fundamental para el Ministerio del Interior con la captura de Robert Algorta, un delincuente de 39 años que lideraba la banda de narcotraficantes que lleva por nombre ese apellido y que operaba en el barrio 40 Semanas.

El delito por el que fue detenido en la noche de este domingo luego de una persecución con disparos que terminó en el arroyo Miguelete, fue una rapiña que cometió para apoderarse de un auto en Pocitos. En ese coche huía cuando chocó contra un patrullero que lo perseguía a pocas cuadras de avenida Millán y camino Castro, y se rindió adentro del arroyo, a donde se metió para intentar cruzarlo en la huida junto a otro delincuente que iba con él.

Por este delito, Algorta fue condenado a cuatro años y ocho meses de prisión, al tiempo que su primo -que también participó del robo a mano armada- fue condenado a cinco años ya que además de la rapiña muy especialmente agravada, también fue detenido con un arma robada. 

Sin embargo, el líder narco  podrá pasar más años tras las rejas. Es que este narcotraficante era un objetivo de la policía desde 2015 por ser uno de los protagonistas de la guerra entre narcos que sacude Montevideo desde hace varios años. Según dijeron a El Observador fuentes de la investigación, este hombre estaba requerido por cuatro asesinatos: entre ellos, la ejecución de Wellington "Tato" Rodríguez Segade, en octubre de 2015.

Segade, que entonces también era un referente de la barra brava de Peñarol, era el enemigo de los Algorta en el 40 Semanas: los clanes familiares se disputaban el mercado de la droga de ese barrio.

Pero el área de influencia de los Algorta no se limitaba a esa zona. Los Algorta forjaron una alianza con otro grupos de narcotraficantes de la Cuenca de Casavalle, Los Camala, que a su vez estaban enfrentados con Los Chingas.

El pacto entre ambas bandas era que el grupo de los hermanos brindara apoyo en ”sicarios y armas” a los Camala para que estos tomaran el control del barrio, en particular en los alrededores del complejo de viviendas de Los Palomares, contaron las fuentes. Los Algorta, por su parte, dominadores del 40 Semanas a partir del asesinato al Tato Segade, asegurarían el control de la zona norte de Montevideo.

Lucha por la distribución: dos mayoristas 

Estas dos bandas, al mismo tiempo, estaban aliadas con Luis Alberto Suárez, el Betito, uno de los narcos más importantes del país, líder de la banda los Ricarditos, otro grupo que opera en Cerro Norte y que es considerada por la policía como una de las más fuertes que todavía resiste. La banda lleva el nombre de Ricardo Suárez, hermano de Betito y quien quedó a cargo del negocio mientras este estuvo preso.

Si bien Betito estuvo tras las rejas entre 2006 y 2017, eso no le impidió seguir conduciendo el feudo que montó en Cerro Norte. Su poder se sostuvo con más de 50 sicarios, según dijo en su momento el juez Néstor Valetti, y su capacidad de acción le permitía operaciones como la que frustró la policía en 2009. Ese año fue capturada una mujer que seguía sus órdenes y que traía desde Argentina 93 mil dosis de pasta base, cuyo valor en el mercado de aquel entonces ascendía a los US$ 180 mil.

La alianza que buscó el Betito con Los Algorta y Los Camala tenía el propósito de asegurarse la distribución de la droga que traía del extranjero y ganarle así el mercado a su competidor directo: un mayorista que está asentado en el barrio de Villa Española y que los investigadores no quisieron identificar.

Lo que es seguro es que ambos están en libertad por lo que la disputa continúa. Suárez salió de la cárcel el 7 de agosto, dos meses antes que lo que estipulaba su condena porque se sometió a un programa de yoga que otorgaba a cambio el beneficio de acortar la pena.

Homicidios

En el mundo del narcotráfico, llevar adelante estas alianzas implica eliminar a los que quedan por fuera. Es así que luego de matar a Segade, Los Algorta extorsionaron a Claudia Silvera, quien era pareja de Tato: durante un año debía entregarles a los asesinos dinero, que en determinado momento de 2016 dejó de pagar. En represalia, los Algorta la secuestraron, la asesinaron y su cuerpo apareció incendiado en el barrio Tres Ombúes.

Los autores del crimen –procesados y condenados– eran tres hermanos del Betito. Y fueron capturados gracias a la declaración Brian Méndez, que fue testigo del hecho. Méndez era sobrino de Segade que escapó a Italia pero cometió el error de volver al país un año después. Méndez fue asesinado en Colón junto un amigo y su novia, esta última ajena a toda vinculación con las disputas del narcotráfico. Por este homicidio fueron imputados Carlos Alexis "el Camala" Correa Javiel y otros dos integrantes de esta banda.

Según las fuentes del Ministerio del Interior esa situación llevó a Robert Algorta a interpretar que el bloque que había forjado se había debilitado en el frente de Casavalle.

Un mes después, en octubre de 2017 entró al Borro para “intentar sacar un arsenal”, pero fue emboscado por Los Chingas para quedarse con esas armas. Los Chingas evitaron que Algorta cumpliera su objetivo aunque lo pagaron caro. En el enfrentamiento murió un adolescente de 15 años, apodado el Púo, que hoy es una leyenda en Los Palomares: antes de que una bala lo matara, se enfrentó a Algorta en plena calle. De todos modos, la policía impidió que el arsenal fuera adquirido por la banda de Casavalle.

Por entonces, Los Chingas estaban en su momento de esplendor: dominaban el barrio y, durante ese año, habían expulsado a al menos 110 vecinos de sus casas a punta de pistola para usar las viviendas como sabe se operaciones o almacén de armas y drogas.

Un año despúes, la banda de Segade tiene a todos sus integrantes presos, los Camala están en una situación similar, y los Chingas tienen a 32 de sus integrantes cumpliendo penas en la cárcel. Es por es que en la cartera de seguridad entienden que "esta guerra se está apagando”.

 

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