17 de agosto 2023 - 5:01hs

Todo empezó con un libro. Uno exitoso. En 2016, el escritor argentino Pedro Mairal publicó su novela La uruguaya, y le fue bien. Tanto en su país natal como de este lado del Río de la Plata, donde los siempre tan provincianos uruguayos se emocionaron por verse retratados con esa mezcla de ternura paternalista y de enamoramiento facilitado por la distancia (cercana, pero distancia al fin) que los argentinos, y sobre todo los porteños, tienen por el territorio oriental, que les parece una versión más tranquila, bonachona y estable de ellos mismos.

A La uruguaya le fue bien incluso más allá de la cuenca del Plata: ganó premios, se tradujo a distintos idiomas. En resumen, lo que se dice un best-seller. Por eso, el anuncio de que sería adaptada al cine fue suficiente para generar un buen revuelo e interés por el proyecto.

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Y no solo por eso su versión fílmica llamó la atención. También por su mecanismo de producción. El blog devenido en editorial devenida en comunidad y productora cultural Orsai, de los escritores argentinos Hernán Casciari y Christian Basilis, adquirió los derechos de la novela y decidió financiar la película a través de un sistema que se puede definir como una coproducción masiva, o una colecta con otro nombre: la empresa abrió una convocatoria a todos los interesados en invertir en el proyecto, que compraron bonos a cambio de figurar como productores, y de tener poder de decisión en distintas instancias de la producción, desde la elección de los actores hasta cuestiones de guion, montaje y musicalización.

La propuesta fue, también, un éxito, y convocó a 1961 productores. Ese mecanismo ahora es utilizado por Orsai para un puñado de proyectos audiovisuales –desde una película dirigida por Diego Peretti hasta una serie animada sobre la vida del arquero de la selección argentina, Emiliano “Dibu” Martínez– mientras que La Uruguaya fue vendida a la plataforma Star+, aunque antes, y desde este jueves 17 de agosto, estará primero en salas de cine.

Al otro lado del río

Gentileza Orsai Audiovisuales El rodaje de La uruguaya en Montevideo

Lucas Pereyra es escritor, argentino y en plena crisis de la mediana edad. Inseguro con su matrimonio, su relativamente reciente paternidad, su estancamiento profesional y la inestabilidad económica, decide aprovechar un viaje a Montevideo para retirar y contrabandear 15.000 dólares (cualquier parecido con la realidad cambiaria argentina es pura coincidencia), y para reencontrarse con la uruguaya del título, Magalí Guerra, una veinteañera a la que conoció tiempo atrás en un evento literario en la costa de Rocha y con la que tuvo un principio de amorío.

El patético Pereyra se baja del Buquebus y luego de cumplir su trámite, se cita con Guerra y los dos se lanzan a vagabundear por una Montevideo que jamás te imaginaste que era tan cool y fotogénica como te lo muestra esta película.

Como en una suerte de Antes del amanecer criollo, solo que acá la pareja ya se conoce de antemano, Guerra y Pereyra pasan por bares de abolengo hipster, por la rambla, por librerías de viejo y por otros escenarios, mientras debaten sobre su vínculo, las expectativas depositadas en el otro y la relación entre sus respectivos países de origen, repasando los tópicos habituales que surgen en las charlas entre los habitantes de ambos sitios.

De todas formas, la versión cinematográfica de La uruguaya intenta hacer las cosas distintas con respecto a la novela. En una entrevista con El Observador en 2021, Hernán Casciari decía que el libro de Mairal “pinta a un grupo de machirulos de nuestra generación muy bien y eso nos encantó, porque la idea que tuvimos desde el principio no era reproducir la novela sino responderle cinematográficamente, y por eso elegimos un equipo no femenino, sino directamente feminista, para llevar a cabo esa respuesta”.

La película tiene a una directora al frente, Ana García Blaya, a Josefina Licitra como una de sus guionistas, y en su libreto el hilo conductor no está en los pensamientos y las justificaciones de Pereyra para haberse jugado todo a ese affaire yorugua, que ya desde la primera escena sabemos que ha sido frustrado, sino en su esposa, Cata, que ejerce voz en off mediante como narradora.

Ese cambio de perspectiva tiene su acierto, pero al final lo que sucede es que la película no termina de caer del todo hacia ninguno de los dos lados. Tanto la masculinidad zarandeada para todas partes del escritor, como la acidez con la que comenta todo el asunto su esposa, se cancelan mutuamente y ninguna de esas dos visiones se termina asentando. Además, la película le quita algo de misterio y duda a cuestiones que en el libro no se estampan negro sobre blanco.

Pero la historia retratada por García Blaya funciona con fluidez, y hay encanto en las idas y vuelta entre Guerra (Fiorella Bottaioli) y Pereyra (Sebastián Arezano). Lo mínimo indispensable para que todo funcione, la química entre ellos, está ahí. Hay gracia en ese vínculo entre dos protagonistas que son casi omnipresentes durante todo el metraje, aunque después se pueda analizar más de cerca la relación entre ambos y cuestionar algunos de sus planteos, como esa mujer idealizada –y en algunos rasgos muy poco uruguaya– y en él ese presunto perdedor querible, más perdedor que querible.

Historia de dos ciudades

Además de ser una historia romántica, la de La uruguaya es también la historia del perenne enamoramiento argentino por Uruguay, y la del vínculo entre los dos países, ese cariño fraterno salpicado de rivalidad, peleas y chicanas.

A Pereyra, como buen argentino, le fascina la rambla, que la marihuana sea legal, los lisos de Pilsen, la ausencia del caos callejero porteño. Le gusta la música de Eduardo Mateo, trata de decir “bo”, pero indefectiblemente, como buen argentino, lo usa mal.

Con sus clichés y estereotipos a cuestas, el protagonista camina tanto por la idea del Uruguay idílico que también está en la novela, pero en uno de sus mejores planteos, también cuestiona esa idea, y recuerda que el cariño no es siempre recíproco. Como le dice un escritor argentino radicado en Montevideo a Pereyra en un momento de la historia, “en Uruguay te descuidas y te cogen de parado”.

Esa visión entre naif y honesta de Montevideo hace que la película tenga uno de sus puntos más interesantes en cómo retrata a la ciudad. A veces parece un encargo del Ministerio de Turismo, otras veces tiene un aura rarísima, misteriosa, en particular con una visita a una galería céntrica que remite incluso a la Hong Kong noventosa de Wong Kar-Wai.

Y salpicando esa ciudad hay un montón de guiños y chistes internos de Orsai. Aparecen caras conocidas de ambos lados del Río de la Plata, en papeles menores o directamente como cameos hitchcockianos, así como una sustanciosa profusión de menciones a la cultura uruguaya, desde el canal de YouTube Tiranos Temblad hasta la obra de Cristina Peri Rossi. Algunas funcionan, otras son menciones por la mención misma.

Si hay algo que reclamarle a La uruguaya es que parece haberse quedado corta. Está bien: se basa en una novela que no es precisamente muy extensa, pero el viaje junto a Guerra y Pereyra queda algo trunco. De todas formas, es un viaje simpático, en el que se nota el toque de película hecha de forma autogestionada y con ese tono de proyecto de amigos que se están divirtiendo, que le da también una amigable frescura.  

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