1 de octubre 2023 - 5:00hs

Hace mucho tiempo que no escribo una carta. No un mail, no un mensaje de Whatsapp: una carta. El acto de desplegar una hoja de papel y escribir sobre ella a mano, con tinta, con la intención de que viaje físicamente a través del espacio y sea leída y tocada por alguien más. Hace mucho tiempo que no lo hago y probablemente no lo voy a volver a hacer en el futuro cercano. O lejano.

Pienso en la última carta que escribí. Es fácil porque tampoco fueron muchas: fue una carta de amor. O algo así. Una carta de enamoramiento, mejor dicho. Supongo que eso no era amor. ¿O era otro tipo de amor? Eran hormonas adolescentes. En fin. En ese momento tenía 16 o 17 y empezaba mi primera relación larga. Ella me dio una carta en donde decía todo lo que supuestamente sentía y me sentí en la obligación de responder con otra en la que decía todo lo que supuestamente yo sentía. En realidad no sé qué decía la que ella me dio, y tampoco la mía. Sé, sí, que era una hoja de cuadernola Papiros mal arrancada que llené con garabatos de lapicera, metí en un sobre de papel Manila y entregué con desconfianza.

Es un misterio para mí qué habrá sido de esa carta. Capaz la tiró enseguida. No creo. Seguramente la tiró después. Yo lo hice. En realidad, al cabo de unos años esa relación se terminó, como era previsible, y otro tiempo después, más adelante, en una visita de invierno a mi casa en Paysandú, encontré las cartas de esa chica —hubo más— y las quemé en la estufa. Mi madre me miró de lejos y no dijo nada. A mi me dio vergüenza e hice como que tampoco tenía nada para decir.

La diatriba personal aparece para sustentar la idea de que escribir una carta es un acto mucho más significativo y simbólico que otras formas de comunicación. Deja marcas. El mensaje inmediato, en algún sentido, rompió con esa intencionalidad a la hora de sentarse a escribir para alguien, rompió con esa materialidad inherente, con la perpetuidad de las cosas escritas en tinta y papel. Que yo haya quemado esas estúpidas cartas adolescentes tiene sentido: borrar algo así, por más hormonal que fuera lo que ahí había escrito, necesita más que un click en el ícono de la papelera. Necesita fuego.

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Las cartas tienen fuerza. Siempre la tuvieron. Por eso acceder a la correspondencia de alguien externo es tan intenso. Las cartas tienen rastros humanos, a veces huellas de lágrimas, el sudor de la mano que corre la tinta, tienen algo que también tienen los diarios, pero son todavía más íntimas, incluso: es una intimidad que se construye de a dos. Esta edición de Epígrafe, que llega en el mes de la feria del libro, del Nobel, en las vísperas de la visita a Uruguay de uno de los autores europeos más importantes del momento y en el albor de un octubre cargadísimo de actividades culturales, trae eso: cartas. Y no las de cualquiera: son las cartas que, a fines de la década de 1980, Mario Levrero le escribió a Alicia Hoppe, una correspondencia que se reunió en Cartas a la princesa, que acaba de llegar a librerías.

Pero Cartas a la princesa no es el único elemento levreriano en esta edición de Epígrafe, hay un par de cosas más. Por ejemplo, las fotos: pertenecen al archivo familiar del autor, muestran a Levrero, a Alicia, a su hijo Juan Ignacio, y fueron "prestadas" para este artículo. Pero no me refiero solo a eso.

Archivo familiar / Cedidas por Penguin Random House Jorge Varlotta (Mario Levrero) y Alicia Hoppe

Del otro lado del río, J.

El 5 de marzo de 1984, Jorge Mario Varlotta Levrero —Jorge para sus amigos y familiares, Levrero para sus lectores— se tomó el buque y cruzó de Montevideo a Buenos Aires. No tenía demasiada plata —nunca la tuvo—, un trabajo estable —pocas veces lo tuvo—, su obra literaria todavía no había despegado —esto pasó, en realidad, después de que se murió, en 2004— y estaba recién operado de la vesícula. Para un tipo hipocondríaco, fóbico y obsesivo por las enfermedades que su cuerpo sedentario podría contraer de un día al otro, el posoperatorio fue duro. La cabeza calva le explotaba. La medianía uruguaya lo ahogaba. Y la capital argentina, en la forma de una oportunidad de trabajo en una revista de crucigramas, apareció como tabla de salvación o algo así. Viajó. Se instaló. Fue con su novia de entonces, Lill Dos Santos. Después se separó. Y en el medio le empezó a escribir a la Princesa.

Pero la princesa no era todavía la princesa. Era Alicia Hoppe, una médica afincada en Colonia a quién Levrero conocía por dos motivos: primero, porque lo había atendido algunas veces en Montevideo; y luego, porque había sido la esposa de Juan José Fernández, un amigo suyo que había muerto algunos años antes —por más detalles, bajar hasta el subtítulo El otro hijo, el otro padre—. 

Levrero, o mejor dicho Jorge, empieza entonces a escribirle cartas a Alicia a través del Río de la Plata. Le cuenta sobre sus sueños, sus obsesión por la necesidad de ocio, algunos detalles de su vida en Buenos Aires, evoca lo que está escribiendo, pero sobre todo le confiesa que se siente bastante solo y, de a poco, le revela sus sentimientos. Y en algún punto de esas misivas, Alicia empieza a cruzar el charco y la relación se consolida. Jorge y Alicia pasan a ser pareja. Y las cartas siguen hasta que Levrero toma la decisión y se muda a Colonia con ella.

Archivo familiar / Cedidas por Penguin Random House Alicia Hoppe y Jorge Varlotta (Mario Levrero)

Esa correspondencia es la que reúne  Cartas a la princesa, un volumen editado por el experto levreriano español Ignacio Echevarría y la propia Alicia Hoppe, que junto a su hijo Juan Ignacio se transformaron en los albaceas de Levrero cuando murió. El libro está publicado por Penguin Random House, la editorial que se quedó con los derechos del corpus principal de su obra, y debería estar ya en tu librería más cercana. Preguntá, porque es una de las grandes novedades locales del último tirón del año.

Si la obra de Levrero puede diferenciarse en diferentes tríadas —la trilogía involuntaria, la policial, la formal—, Cartas a la princesa bien podría hacerse un lugar en algún rincón de la trilogía luminosa, aquella que se compone de El discurso vacío, Diario de un canalla y La novela luminosa, que es a su vez el segmento más confesional de la carrera del autor y quizás la porción más editorialmente exitosa de su legado. La idea de que este nuevo libro encaja a la perfección en ese Levrero más autorreferencial se refuerza por la decisión editorial de dejar por fuera las respuestas de Alicia a esas cartas, lo que le da al libro un tono muy cercano al de esas novelas. La voz de Jorge Varlotta es la que predomina.

Por las líneas de Cartas a la princesa se encuentra de todo: confesiones eróticas, inseguridades bonaerenses, anécdotas ridículas, el mundo de los sueños —que lo obsesionaba y a los que buscaba continuas explicaciones—, momentos de emoción y arranques de un hombre que, evidentemente, sabía que con esas cartas también estaba haciendo literatura. Porque de hecho, la edición tiene valor en ese sentido: es más que un ítem de colección para sus lectores completistas; se configura, en cambio, en el esquema levreriano con autoridad y deja entrever varios aspectos y consideraciones valiosas sobre la creación, la escritura y la ficción.

Así, por ejemplo, lo deja entrever Echevarría en el prólogo, en el que además cuenta más sobre el trabajo con las cartas:

«Atribuir la autoría de estas cartas a Mario Levrero y no a Jorge Varlotta implica darlas como parte de la obra literaria firmada con el primero de estos dos nombres. Una obra en la que estas cartas se incluirían de la forma sesgada pero inequívoca en que según qué epistolarios han pasado a integrarse en el legado literario de su autor. Las cartas de Flaubert a Louise Colet, por ejemplo; o las de Kafka a Felice Bauer. El lector de este libro deberá tener en cuenta este presupuesto. De hecho, aquí se invita a leer este libro como una suerte de eslabón entre el Diario de un canalla, escrito entre diciembre de 1986 y enero de 1987, y El discurso vacío, armado en 1993 a partir de anotaciones hechas entre septiembre de 1990 y septiembre de 1991. La razón es que se asiste en estas cartas a una escenificación del yo de naturaleza muy afín a la de estos dos libros/diarios, encuadrada en un mismo proceso de búsqueda o más bien de reconstrucción de ese yo.»

Levrero firmaba sus cartas como J, y esa personalidad más íntima, cerrada, es la que toma estas misivas y deja momentos como los siguientes, con los que cierro este capítulo y paso al siguiente.

«Yo no estoy tan seguro de que "no somos el tipo" uno para el otro, o una para el otro o uno para la otra, como mejor te parezca. Que hay dos soledades, de acuerdo, pero la vulnerabilidad me parece relativa, y las soledades me parecen deseables; quiero decir que no creo que esas soledades invaliden una relación, sino que, por el contrario, pueden dar la relación más potente y formidable que imaginarse pueda, la de dos tipos casi autosuficientes, y no esas parejas de inválidos que andan contaminando el mundo, la enorme mayoría. Somos muy distintos, de acuerdo; tenemos intereses bastante distintos, de acuerdo; gustos diferentes y experiencia de vida diferente. Creo que somos la pareja más explosivamente desastrosa que pueda imaginarse, si pensamos en términos de convivencia hogareña. Yo no me dejaría mandar, vos no permitirías que yo no te obedeciera; yo rompería todos tus discos folklóricos y vos todos mis cassettes de jazz. Pero, querida, queridísima, creo que seríamos unos amantes prodigiosos, y que nos llevaríamos a las mil maravillas solamente que viviéramos aunque más no fuera uno en la casa de enfrente del otro.»

***

«Bien; yo sé que, tal vez, no soy un modelo de marido, conocés como nadie mis miserias y debilidades, sabrás que por ahí hay unos cuantos tipos mucho mejores y más convenientes y, de todo corazón te lo digo, cuando todavía no pensaba en vos como pienso hoy, o como siento hoy, te deseaba de todo corazón que te encontraras con alguien que te hiciera vibrar. Pero, en fin, si uno no puede tener lo mejor que como dicen los franceses, "lo mejor es enemigo de lo bueno", debés saber que algunos valores pequeñitos tengo, y que los pongo todos humildemente a tus pies. Es posible que sea la peor clase de marido que pueda existir en este mundo, pero también es cierto que soy uno de los mejores amantes: fiel, consecuente, adorador. Y, por favor, cuando digo "fiel", no te rías; es cierto.»

Y el universo de Levrero se expande

Levrero tiene hoy un lugar de prestigio, culto y admiración en el mapa regional de las letras, aunque su éxito internacional en el hemisferio norte nunca haya terminado por consolidarse del todo. Quizás eso cambie en los próximos años con algunas traducciones y ediciones que ya circulan.

De todos modos, la influencia levreriana en esta parte del mundo es palpable desde hace tiempo, desde que autores como Fogwill o Elvio Gandolfo lo encumbraron personalmente, y su huella está. Algo de eso, por ejemplo, llevó a que el escritor argentino Mauro Libertella —a quien, si seguís de cerca Epígrafe, sabrás que sigo con mucho interés— publicara Un hombre entre paréntesis. Retrato de Mario Levrero, un perfil bien documentado, valioso y particularmente entretenido que da una buena pista de quién fue este hombre tan extraño y talentoso. La edición es de 2019 y a cargo de la Universidad Diego Portales, y se puede conseguir en librerías uruguayas. 

Lo que sí es una novedad es la reedición que hizo Criatura en las últimas semanas de  El portero y el otro, una antología de cuentos que se publicó originalmente en la década de 1990 en la editorial Arca, cuando era difícil encontrar textos del autor en circulación.

Aquella edición, según cuenta el propio Libertella en Un hombre entre paréntesis, fue más bien barata pero funcionó como una suerte de rescate editorial impulsado por la escritora Helena Corbellini y Claudio Rama. En este caso, Criatura recupera esos cuentos con su acostumbrada pulcritud a la hora de la edición, y da acceso a una faceta del escritor más vinculada a la novela policial y el género negro, una de sus literaturas predilectas.

El otro hijo, el otro padre

Levrero tuvo dos hijos biológicos y Juan Ignacio Fernández Hoppe no es uno de ellos. Sin embargo, cuando a sus 9 años el escritor pasó a ser la pareja de su madre Alicia, Juan Ignacio se encontró con que el espacio vacío que había dejado su progenitor real de repente lo ocupaba él: un hombre extraño, lleno de manías y furias sorpresivas, que dormía mucho, que lo “castigaba” obligándolo a ver películas o escuchando obras completas de música clásica, con el que después tuvo muchas largas conversaciones y que en más de un sentido lo adoptó. Cuando murió, Juan Ignacio fue durante mucho tiempo —junto a Alicia y, ocasionalmente, Nicolás Varlotta, segundo hijo biológico del escritor— responsable del legado levreriano.

Archivo familiar / Cedidas por Penguin Random House Levrero y Juan Ignacio Fernández Hoppe

Dice Libertella en su libro sobre Levrero —todavía no se lo pude preguntar a él, pero ya lo haré— que buena parte del vínculo entre Juan y el cine llegó por el autor de La novela luminosa. Sea así o no, Fernández se convirtió en realizador y este mismo jueves estrena su segunda película, el documental El retrato de mi padre.

El padre del título, sin embargo, es su padre real, o biológico, mejor dicho: Juan José Fernández. Y su hijo y cineasta define su película, que estará en salas a partir de este jueves 5, con estas palabras:

«Mi padre fue encontrado muerto en la playa con psicofármacos entre sus cosas. A pesar de la sospecha de suicidio, mi madre -psiquiatra de profesión- consideró innecesario hacer la autopsia. Yo tenía ocho años. Treinta años después, contando con la ayuda de una caja con sus pertenencias, me lanzo a reconstruir su imagen. Lo descubro como un músico inclasificable y musicoterapeuta de adolescentes discapacitados, pero nada de eso es seguro en esta búsqueda, siempre envuelta en la niebla de la enfermedad psiquiátrica, el abuso de la medicación y el cuestionamiento de mi madre a cada uno de mis hallazgos.»

Estuve en el preestreno de la película en la última edición de la Semana del documental, en una Sala Zitarrosa que terminó con un nudo en la garganta y aplaudiendo de pie a Fernández y a la propia Alicia Hoppe —sí, la de las cartas—, que es protagonista directa de la historia. A mí, en particular, me impactó: hay en El retrato de mi padre una destreza destacable a la hora de reconstruir el puzzle de la historia a partir de información más bien escasa y mucha inventiva con los recursos visuales, pero también una calidez que sobrevuela la gravedad del tema y una chispa —las que se sacan Juan y Alicia en pantalla— que es muy bienvenida. El final me emocionó muchísimo.

Seguramente en los próximos días habrá más de El retrato de mi padre en El Observador. Esto es un abrebocas para que no la dejes pasar y te la agendes.


Me gustaría terminar volviendo a Levrero, pero al cuestionario Proust que la escritora Inés Bortagaray —quien además fue a uno de sus talleres y publicó su primer libro en ese marco— publicó en 1997 en El Observador, cuando trabajaba en este mismísmo medio. Es largo, así que reproduzco las respuestas que más me gustan. No son muchas, no son pocas, son estas:
 

«¿Cuál es su característica más marcada?
La escasez de pelo en el cráneo.
 
¿Miente?

Solo para crear confusiones. 
 
¿Cuál fue su mayor logro?

Sobrevivir.

¿Qué lamenta?
Tener muy malas digestiones.

¿Cómo preferiría morir?
Sin darme cuenta.

Un olor grabado en la memoria.
El subte de Buenos Aires.

¿El amor?
El amor, ¿qué?»

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