Desde el período colonial, Montevideo y otros sitios tuvieron plazas de toros, toreros, asistentes y hasta prensa especializada. El toreo entonces estaba asociado a la solidaridad social, ya que se donaba el dinero de las recaudaciones, por ejemplo, para el Hospital de Caridad, entre otras instituciones. La plaza Matriz fue testigo de cientos de corridas, y por varios años, las toreadas de la plaza de la Unión de Montevideo fueron documentadas por el poeta Francisco Acuña de Figueroa que incluso escribió su libro de poemas, las Toraidas.
Finalmente, en 1941, un decreto del presidente Baldomir las clausuró de forma definitiva. Esa prohibición repercutió de manera directa en dos jóvenes hermanos toreros que se destacaban en el ámbito local: Ezequiel y Eduardo Poggio, oriundos de Rincón de la Bolsa, San José. Con el mercado interno cerrado y hambre de aventuras, los hermanos tomaron sus petates y rumbearon hacia el mundo andino, a Bolivia, Perú y Ecuador, donde los toros –desde hace siglos, y todavía hoy– son cosa viva.
Pero para explicar la historia de los Poggio hay que volver un poco más atrás aún. Según Hugo Poggio, hijo de Ezequiel y sobrino de Eduardo, la historia de la familia, sobre todo en su veta materna (los Arrocha), se enraíza en el limo de la historia oriental, en el siglo XVII, cuando los criollos introdujeron el ganado vacuno desde Paraguay.
Leonardo Carreño Hugo Poggio, sobrino de Eduardo, guarda con cuidado decenas de fotografías y recuerdos del único torero uruguayo. Hay postales que llegaron desde Arlés, entradas de alguna corrida y muchas imágenes de Eduardo Poggio desafiando al toro. Desde aquella época viven en Rincón de la Bolsa los Arrocha, Arocha o directamente Rocha, todos parientes a pesar de la grafía diferente, oriundos de las Islas Canarias. Por ese sitio de San José pasaba el llamado Camino Real, o Camino de las Tropas, por donde el ganado se dirigía a los mataderos y saladeros del Montevideo antiguo. Cruzaban la ancha desembocadura del río Santa Lucía por un bajo denominado banco El Arriero. Luego se construyó una balsa, que bautizó el lugar: Rincón de la Balsa, deformado después en “de la Bolsa”.
La plaza Matriz fue testigo de cientos de corridas en la época colonial, y por varios años, las toreadas de la plaza de la Unión de Montevideo fueron documentadas por el poeta Francisco Acuña de Figueroa que incluso escribió su libro de poemas, las Toraidas
Los Arrocha tenían al caballo y al ganado vacuno metido en la sangre desde varias generaciones, y diversos integrantes de la familia, hombres y mujeres, poseían enormes destrezas de monta. María Arrocha, abuela de los Poggio, a los quince años era una experta picadora de toros. Elda, hermana de Ezequiel y Eduardo, realizaba difíciles pruebas de rienda. “Se criaron todos jineteando, entre los bichos”, afirma Hugo, entre fotos y viejos recortes de prensa que recuerdan a sus parientes.
A mediados del siglo XIX, Giuseppe Poggio, un soldado piamontés que había llegado a América con Garibaldi se afincó en la zona y se casó con una de las Arrocha. De esa unión, nació Eduardo Poggio (padre), que se dedicó al ganado y fue uno de los socios fundadores de Conaprole, en 1936. A sus hijos, que amaban el peligro (practicaban boxeo, corrían carreras de caballos, saltaban automóviles en movimiento y jugaban con una avioneta a tocar con las ruedas los hilos de los alambrados), les enseñó de toreo Alejandro Rubio, alias “Metrallita”, un torero español exiliado por la guerra civil, que vivía en Uruguay y era amigo de la actriz Lola Flores.
Leonardo Carreño Ezequiel y Eduardo hijo toreaban, sin matar, en fiestas rurales y también hacían números como los llamados “toreros bufos”, parodias en que se disfrazaban de mujeres y hacían bromas con sillas sobre las vaquillonas. Eduardo, nacido en 1914, se destacaba por sus dotes elegantes con el capote, pero ante la detención de la actividad en 1941, convenció a su hermano de viajar al exterior en busca de más toros.
Un recorte de diario permite que la historia se reconstruya en noviembre de 1942, cuando Eduardo toreó en la plaza de Oruro, Bolivia, a 4.100 metros de altura. A lo largo de 1943, los Poggio se presentaron en diversas plazas de Perú, como Cuzco, Ayacucho, Andahuaylas y en la célebre plaza de Acho, coloso de Lima. Las andanzas de los hermanos, donde claramente destacaba Eduardo, continuaron por varios años. En 1946, en la ciudad de Guayaquil, Eduardo “tomó la alternativa” (casi una forma de título de egreso profesional en el mundo taurino), con el torero José Pastor como padrino.
La noticia de la muerte del padre de los hermanos y la notoriedad de Eduardo determinaron que Ezequiel volviera a Uruguay a ocuparse del negocio familiar, mientras el torero partía a probar suertes rumbo a la Meca, España, a donde arribó en 1947, y comenzó a torear vaquillas.
Leonardo Carreño Rápidamente se vinculó con los principales matadores del momento, que le aconsejaron tomar la alternativa en suelo español, algo así como revalidar su título y mostrar su vigencia frente a un público muy exigente. El 25 de mayo de 1947, en la coqueta plaza de Barcelona frente a un palco donde destacaba la presencia de Carmen Franco, hija de dictador –“objeto de una calurosa ovación al aparecer en el palco y cuando los matadores le ofrecieron su primer toro”, según ABC–, y con Juanito Belmonte, hijo del mítico Juan Belmonte, como su padrino, Eduardo Poggio hizo historia como el primer torero profesional nacido en estas tierras. “El uruguayo Eduardo Poggio, que tomaba la alternativa, cumplió en el primer toro y estuvo valiente en el sexto, que le dio un puntazo en la cara. Se le despidió con palmas”, puso la crónica del diario ABC del 27 de mayo de 1947. Su gira tocó casi todas las plazas de España y también de Portugal.
La noticia de la muerte del padre de los hermanos y la notoriedad de Eduardo determinaron que Ezequiel volviera a Uruguay a ocuparse del negocio familiar, mientras el torero partía a probar suertes rumbo a la Meca, España, a donde arribó en 1947, y comenzó a torear vaquillas
Al igual que tantos toreros de la época, como Luis Dominguín o Manolete (muerto en ese mismo año 1947), Eduardo Poggio se transformó en un playboy y se mezcló con mujeres del ambiente taurino, tan popular por un lado, pero tan cercano a la aristocracia nobiliaria española por otro. Según Hugo, estuvo de novio con una condesa “como si fuera Laetitia D’Arenberg”. En 1948, un toro desconfiado en Vigo le atravesó el hígado de una cornada y Eduardo debió retirarse de las plazas por un tiempo.
Leonardo Carreño Luego de la recuperación, durante la década de 1950, tentó al destino toreando en plazas del sur de Francia, como Perpiñán y Marsella, y terminó afincándose en Arlés, célebre capital de la tauromaquia francesa, donde formó cartel con dos grandes diestros españoles: Ramón Cervera y José Romero. Además de la faena con espada, hizo de banderilleri y también de picador o rejoneador (jinete que con un pica hiere al toro en la cerviz, con el fin de provocarle sangrado y evitar el infarto ante el esfuerzo de la corrida). También tuvo un haras, se vinculó al cine y por sus acrobacias fue doble de cuerpo del actor Jean Gabin. Desbravó caballos, volvió a herirse, dijo basta y puso un bar frente a la plaza de toros de Arlés.
Con su familia se mandó cartas y postales, que conserva el sobrino Hugo, y muchas llamadas de teléfono a su hermano de correrías. Los dobleces de la distancia le dieron a su figura un halo de misterio: que hablaba nueve idiomas, que por esto hizo trabajos de espionaje (para quién, nunca se supo), que estuvo preso en Europa dos meses (motivo también ignorado). Como respuesta a un ADN tan familiar como engarzado en la historia nacional, en Eduardo Poggio afloró un torero solitario, errabundo, en una tierra que declaró delito a la tauromaquia como forma de maltrato animal, y en que el toro solo era fabricante de buen semen o iba directo al frigorífico. Por eso emigró y nunca regresó a su patria. Murió a mediados de la década de 1990, en Francia. Tuvo una hija que no tiene mayor contacto con su familia uruguaya. Casi nadie se acuerda de él ni de sus proezas taurinas, salvo un hombre que mantiene un lejano legado, cría caballos y los hace pastar en una cuneta seca sobre la vieja ruta 1, y mantiene con celo unos papeles ya amarillentos, en una habitación desordenada de Rincón de la Bolsa.