22 de mayo de 2015 20:15 hs

Si tiene que pensar en el día que representó su mayor emoción como bailarina, Sara Nieto no lo duda: la primera vez que interpretó Giselle, en 1976, con Eduardo Ramírez. “Toda bailarina clásica sueña con bailar Giselle”, comenta en el Hotel Radisson la uruguaya radicada hace más de tres décadas en Chile, algo que no puede ocultar por su fraseo y la aparición de expresiones esporádicas como “al tiro”.

Giselle siempre estuvo ahí. Desde que comenzó a tomar clases de danza a los tres años hasta que entró al Ballet Nacional del Sodre (BNS) con 15. Giselle fue la obra con la que “colgó las puntas” con la compañía uruguaya en 1996, a los 48 años, y con la que regresó al país en 2010 como maestra repositora, para el primer espectáculo que realizó el BNS bajo la dirección de Julio Bocca. Lo único que le faltaba era interpretar el rol de la madre de la protagonista, ya que durante su vida pasó por todos los otros papeles de esta obra considerada la máxima expresión del romanticismo.

Esa cuenta pendiente la saldará este jueves, algo que hará en las primeras cuatro funciones de Giselle, que estará en cartel hasta el 12 de junio. “Poder actuar en mi país y pisar el nuevo escenario del Sodre es emocionante”, sostiene.

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La versión contará con la orquesta del Sodre y con la producción de los Talleres del Auditorio y el diseño de escenografía y vestuario de Hugo Millán, mientras que hace cinco años se hizo con material prestado del Teatro Colón. Nieto está a cargo de la coreografía, según el original de Jules Perrot, Jean Coralli y Marius Petipa.

Pese a sus 66 años, no es difícil ver en Nieto –de contextura pequeña, rasgos y modos apacibles, el pelo lacio tirante hacia atrás en una cola de caballo- a su álter ego del ballet, esa doncella bella, frágil e inocente que muere después de enterarse del engaño que ha sufrido en manos del hombre que ama. Lejos está, no obstante, de ese derrotero, ya que pese a las grandes pérdidas que tuvo en su vida (su madre y su padre fallecieron cuando ella era muy joven, y más adelante a su único hermano), Nieto ha construido una sólida carrera en Uruguay y en Chile como primera bailarina, país en el que en la actualidad tiene su propia compañía, dirige una escuela de danza y es propietaria junto a su marido de varias tiendas de ropa de ballet y gimnasia.

En el amor tampoco le ha ido nada mal. “Después del incendio (del Estudio Auditorio del Sodre, en 1971), el ballet iba en picada y yo estaba muy decepcionada. Entonces llegó un ofrecimiento de Chile. Y si no era por mi marido no iba. Ahí llegamos, me enamoré del Teatro Municipal de Santiago y tuve buena acogida con la gente. Mis hijos tenían cuatro y seis años y mi marido, que tenía perfumerías, largó todo con tal de apoyarme a mí. Él cuidaba los niños, fue bien sacrificado, pero estábamos felices. Luego se hizo directivo del teatro”, comenta acerca de su esposo desde hace 43 años, con quien además tienen dos nietos.

Fuego de adentro

“Fui a bailar con un compañero a Buenos Aires. Entonces vi a este muchachito de 18 años al que le salía fuego por las piernas. Salí y le dije a mi marido: ‘Acabo de ver al futuro Baryshnikov’. Ese mismo año ganó el concurso en Rusia y se hizo famoso”, comenta Nieto de Julio Bocca. Con el argentino la liga toda una vida, ya que Bocca luego fue a bailar El lago de los cisnes a Chile, Nieto iba casi todos los años a verlo al American Ballet en Nueva York e incluso estuvo a cargo del ballet del argentino en Buenos Aires.

“Yo sabía que Julio era muy trabajador, emprendedor, inteligente, pero no sabía el potencial que tenía para todo esto. Porque él hace todo, no delega nada. Es impresionante lo que consiguió en cinco años. Hay una unión y un profesionalismo que antes no existía. La compañía logró ser la mejor de Sudamérica lejos”.

Esto se ve también en la recepción del público, algo que en su país adoptivo no sucede. “En Chile hay menos funciones y programaciones. El ballet no está en auge. En Montevideo cualquiera te habla del ballet, el taxista, los del hotel, todo el mundo sabe. Yo llegué a ver algo así cuando recién entré, que estaba María Ruanova de directora y había bailarines excelentes. La época anterior tenía sobre todo artistas, ahora se ha puesto más de moda lo técnico. A la parte artística, de interpretación, los jóvenes no le dan mucha importancia, pero el ballet es el diálogo con el cuerpo, no ser un gimnasta”.

“La gente que se destaca es porque tiene algo que le brota de adentro”, concluye Nieto, y dan ganas de tener más años y haberla visto en el rol de su vida, Giselle.

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