17 de agosto de 2019 5:02 hs

Falta poco más de dos meses para las elecciones nacionales del 27 de octubre, y la disputa se ha vuelto pareja y entretenida.

La mayor parte de quienes se dicen indecisos ante los encuestadores, o que no saben/no contestan, parecen votantes encubiertos del Frente Amplio. Pero, en la mejor proyección, la izquierda aún no supera el 40% o 41% de la intención de voto para la primera vuelta, lo que significaría perder el balotaje. Se supone que necesita al menos entre 43% o 44% en primera vuelta para luego, por inercia y con un poco de suerte, imponerse a sus rivales.

El blanco Luis Lacalle Pou, a la cabeza de las fuerzas opositoras, mantiene la línea, impasible, mientras divulga un mensaje breve y concreto, con el señorío de quien dirige un transatlántico. Pero hay algunas fisuras en el casco. Las encuestas muestran que el candidato por el Partido Colorado, Ernesto Talvi, ha crecido a su costa. Ese pirata nuevo no estaba en los planes de la flota.

Talvi, hasta ahora un corredor esforzado aunque menor, que parecía reducido a un escenario cheto y montevideano, ya es percibido como un adversario peligroso para casi todos. Ahora, bajo crecientes ataques, se verá cuánto cala.

Mientras tanto el candidato de la izquierda, Daniel Martínez, va de embrollo en embrollo. Él y su entorno de confianza se enredaron en un lío absurdo con un cantante de música tropical, que desnudó más titubeos de la primera línea oficialista.

Tampoco le ayuda el estado de cosas en su último feudo, la Intendencia Municipal de Montevideo, siempre al borde del derrape. Martínez obtuvo en ella una buena imagen personal, al menos en comparación con su antecesora, Ana Olivera. Pero, en procura de no hacer olas, porque aspiraba a un viaje largo, fue complaciente con el sindicato Adeom, que se tragó uno tras otro a todos los directores de Limpieza: Néstor Campal, Óscar Caputi, Cyro Croce, Gabriela Monestier y Magdalena Blanco.

El sucesor de Martínez, Christian Di Candia, quien llegó desde un grupo menor y desea continuar en carrera, difícilmente recomponga la autoridad en una intendencia que dejó de ejercerla hace mucho tiempo, al menos desde la época de Ernesto de los Campos o Hyara Rodríguez. 

La última ofrenda al monstruo fue la de uno de los directores más experimentados en gerenciamiento, Fernando Puntigliano, quien promovía una privatización parcial del servicio de recolección de residuos; un reaseguro contra “la barra” de Adeom. 

La dirección de Limpieza quedó en manos de Eduardo “Lalo” Fernández, amigo personal de Martínez, antiguo dirigente sindical bancario y exsecretario general del Partido Socialista, un buen tipo que no tiene idea de gestión municipal. Claramente es una movida política para que “la barra” no rompa todo, o no al menos antes de las elecciones.

Por encima de la polvareda, en la Intendencia de Montevideo relucen dos comisarias: Fabiana Goyeneche, directora de Desarrollo Social, quien encabezó la columna que tumbó al Gucci, y Valeria Ripoll, secretaria general de Adeom, quien se llevó la cabeza de Puntigliano.

Hasta el habitualmente distante ministro de Economía, Danilo Astori, bajó del Olimpo para pelear en el barro con líderes de la oposición, que cuestionan el creciente agujero en las cuentas públicas. El descenso de Astori también pudo haber servido para reforzar el equipo oficialista, que puede perder calidad y credibilidad con el ocaso de los viejos líderes.

Todos: oposición y oficialismo, prometen arreglar el déficit fiscal sin que corra sangre o vuele alguna muela. Es un mal presagio. Será digna de ver esa versión contemporánea de la multiplicación de los panes y los peces.

Desde el fondo de la historia, los dirigentes políticos uruguayos han tratado de hacer política contra Argentina, o al menos contra el peronismo, en una mezcla de reafirmación nacionalista y complejo de petiso. Las aguas se partieron en torno a los Kirchner ya desde tiempos de Jorge Batlle, y más aun durante la primera presidencia de Tabaré Vázquez. El golpazo de Mauricio Macri en las internas del domingo lo dejó sin amigos en esta banda del río, cuando los tuvo a montones a fines de 2015. Nadie se ata a un casi seguro perdedor, aunque pocos se atreven a declarar abiertamente su amor por Cristina y Alberto Fernández. 

El harto probable regreso de los K augura más inestabilidad, y probablemente otra mala temporada turística.

El ministro de Turismo de Uruguay, se sabe, es el tipo de cambio con los vecinos. Más de 80 años de estadísticas muestran que las trabas burocráticas y la cotización de la moneda de Argentina, de donde provienen dos de cada tres turistas, son las variables decisivas. 

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