Desde hace ya varios años ha comenzado un proceso que llevará mucho tiempo y que consiste en “empezar a medir” los reproductores para poder analizar cuantitativamente determinados atributos de la hacienda.
Esto se podría decir que es casi “revolucionario” para nuestra gente de campo, acostumbrada por ejemplo a comprar toros en los remates de acuerdo “al ojo” del patrón o al consejo de su gente de confianza. Buen lomo, aplomos, buenos testículos y la cabeza “no me gusta tanto”, buenos cuartos, etcétera. Tanto la Angus como la Hereford han implementado sistemas de mediciones (las razas “cruza” como Brangus o Braford se han ido sumando a la tendencia).
Ahora bien, estas mediciones (fenotípicas y complementadas por las genómicas) tienen en verdad un rango muy amplio de utilización. Sirven, de mínima, para que el cabañero y sus clientes conozcan el producto que producen o compran. Claro está que, cuantas más cabañas midan, o sea, mayor sea el tamaño de la población medida, mayor exactitud o precisión tendrán los datos.
Pero para que la genética sea realmente una herramienta que permita entender la tendencia de la producción de carne de un país hay que medir la totalidad de la oferta.
Así se hace en los Estados Unidos, al menos con la raza Angus. Todas las cabañas miden y por tanto los promedios de DEP reflejan la totalidad de la oferta genética de la raza. Por eso son tan respetadas sus mediciones. Sin duda, algo que hay que tener en cuenta.