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Lecturas de presidentes

Las hemerotecas y los textos de cabecera de los jefes de Estado de muchos países del mundo contienen datos valiosos y también barbaridades

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07 de julio de 2018 a las 05:00

Por Jorge Carrión - New York Times News Service

En mayo, Barack Obama —el gran presidente intelectual del siglo XXI— reveló que su biblioteca y museo presidenciales se hospedarán en un nuevo complejo arquitectónico de la ciudad de Chicago, que se va a construir con la vocación de formar a los líderes del futuro. Todo el material documental de sus ocho años de mandato estará disponible en línea.

En cambio, se desconoce la suerte de la biblioteca del expresidente del gobierno español Mariano Rajoy —quien acaba de abandonar el Palacio de la Moncloa y ha recuperado su plaza de registrador de la propiedad—. No sabemos si en su mudanza lo habrán acompañado los libros que ha celebrado públicamente: La catedral del mar, de Ildefonso Falcones, Patria, de Fernando Aramburu, y algunas novelas policiales. Quién sabe si conservará todos los ejemplares de la que ha sido su lectura de cabecera durante su mandato, el diario deportivo Marca.

Si las bibliotecas de los presidentes estadounidenses devienen una pieza destacada de esa larga partida de ajedrez que llaman su legado, que adquiere dimensión de mausoleo y genera alianzas post mórtem; las de los expresidentes europeos e hispanoamericanos dejan por lo general de ser relevantes en el momento en que se mudan de sus palacios de gobierno.

Pero —como dijo Walter Benjamin— todo documento de cultura lo es también de barbarie. Y sobre las lecturas de los presidentes la hemeroteca y Youtube están llenos, precisamente, de datos valiosos y de barbaridades.

Enrique Peña Nieto fue invitado a impartir una conferencia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011, cuando era todavía precandidato del PRI a la presidencia de México. Le preguntaron por los libros que habían marcado su vida y respondió que uno había sido La silla del águila, de Enrique Krauze. No solo se equivocó de autor, pues esa novela es de Carlos Fuentes, sino que no consiguió pronunciar más ejemplos.

Pese a que su incultura se hizo viral, ganó las elecciones. Tal vez porque hoy en día todo el mundo desea ser escritor, aunque no lea: Peña Nieto ha publicado varios libros, sobre todo en colaboración. Es mucho más fácil, de hecho, rastrear en la red los libros que los políticos han publicado que los que han leído, siempre y cuando existan realmente.

En la reciente campaña electoral, el candidato de la coalición Por México al Frente, Ricardo Anaya Cortés, se vanaglorió ante las cámaras —durante el primer debate presidencial del pasado 22 de abril— de haber escrito el libro De frente al futuro. Durante semanas fue más un deseo que un volumen de palabras y papel: lo presentó dos meses después.

Y en televisión le preguntaron al candidato de Todos por México, José Antonio Meade Kuribeña, por qué no había publicado un ensayo sobre su visión nacional y respondió que se publicaría "la próxima semana". Le preguntaron entonces el título y su respuesta fue tan asombrosa como el silencio de Peña Nieto: "No me acuerdo", porque "lo único que no escribí yo es el título" (resultó ser El México que merecemos, que se publicó a finales de mayo).

El reciente ganador de las elecciones mexicanas, Andrés Manuel López Obrador, —en cambio— sí es escritor y lector (ha reivindicado en público El Quijote y Pedro Páramo). Su último título es Oye, Trump, toda una declaración de intenciones. Aunque comenzó publicando en editoriales universitarias y durante la primera década de este siglo sus libros aparecieron en Grijalbo Mondadori, desde 2015 su obra forma parte del catálogo de la editorial Planeta.

En ese sello también aparecen los tres últimos libros de Iván Duque, presidente electo de Colombia, que destaca entre sus lecturas El libro de la risa y el olvido, de Milan Kundera (un título que resume a la perfección la esencia carnavalesca y amnésica de la política de nuestros días). Duque, que es columnista de la página oficial de Álvaro Uribe, asistió con este a la inauguración de la Biblioteca George Bush en 2013.

El nuevo presidente de España, Pedro Sánchez, también es un lector sistemático. Entre sus autores de referencia ha mencionado a Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Javier Cercas (es probable que a partir de ahora también cite a escritoras).

Ese rasgo lo aleja de su predecesor en el cargo, Mariano Rajoy, lector sobre todo de prensa deportiva, y de otros presidentes nacidos en los años de 1940 y 1950, como Donald Trump (que consume, cuando tiene tiempo, libros de autoayuda) o Angela Merkel (que prefiere los libros de cocina); y lo acerca en cambio a los políticos europeos más destacados de su generación, la de los años 70, como Matteo Renzi (ávido lector de literatura contemporánea), o Emmanuel Macron, que ha declarado que su libro preferido es Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

No es casual que los autores que ha ido enumerando el antiguo becario de Paul Ricoeur en discursos y entrevistas sean, por lo común, franceses.

La guerra cultural es la única que nunca cesa. Mientras el Instituto Cervantes perdía influencia internacional a causa de la crisis económica española, y Estados Unidos continuaba apostando por el cine, la música y las series para exportar su interpretación del mundo; Francia proseguía con el viejo plan de siempre: luchar para que sus pensadores y escritores, desde la topografía francófona, sigan siendo referentes imprescindibles para cualquier persona culta.

El nuevo inquilino del Palacio del Elíseo, además de insistir en esa línea de sus predecesores (su ministra de Cultura era la editora de Actes Sud, Françoise Nyssen), ha entendido no obstante que la literatura no acostumbra a ser tendencia en redes sociales.

De modo que Macron, que gobierna como si fuera el gran gestor de redes de Francia, para celebrar el Día de la Música convirtió su residencia provisional el pasado 21 de junio en un gran club de música electrónica, donde actuaron los principales grupos franceses de la escena internacional.

En los mismos días se veía en todo el mundo (es decir, en todo Netflix) el final de la serie Sense8, filmado en la Torre Eiffel, y el videoclip de Beyoncé y Jay-Z, rodado en el Museo del Louvre, acumulaba millones de visionados y de comentarios.

Como dijo Walter Benjamin, todo documento de barbarie lo es también de cultura. ¿O era al revés?

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