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Leonardo Haberkorn y un libro que va contra los relatos oficiales de "los años duros"

El periodista habla sobre su nuevo libro y las razones por las que los textos sobre la dictadura siguen generando interés

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28 de noviembre de 2020 a las 05:01

En la historia uruguaya hay unos cuantos mitos que van dando forma al relato oficial. Desde un mito artiguista hasta el de Maracaná. Y luego está la llamada historia reciente, que por cercana aún no tiene un mito definitivo, pero es un período en torno al cual se han construido distintos relatos. Para Leonardo Haberkorn, entre esos hay varios que son mentirosos.

El periodista, que actualmente escribe en El Observador y es parte del equipo de Desayunos informales en Teledoce, es autor de varios libros sobre la dictadura cívico-militar que duró entre 1973 y 1985 y los años de violencia política que la antecedieron. El más reciente es Herencia maldita, una colección de 29 historias – algunas inéditas, otras ya publicadas – que buscan, por un lado, pintar un panorama general de “los años duros”, y por otro, derribar algunos mitos que se han construido sobre ese período histórico.

Desde la visita del Che Guevara a Montevideo en 1961, en la que el líder guerrillero incita a los uruguayos a mantener la democracia y a evitar la guerrilla, pero ningún medio publica ese pasaje porque, según el autor, “a nadie le convenía”, hasta el escándalo por las actas del Tribunal de Honor del militar José Gavazzo en 2020, el libro tiene como uno de sus principales destaques reflexiones y comentarios hechos por los protagonistas de distintos episodios de la historia que en muchos casos resuenan hoy, aunque hayan sido dichas hace décadas.

Herencia maldita cubre un período que es cercano en el tiempo, del que buena parte de los protagonistas aún viven. Pero al mismo tiempo es un período que desde la perspectiva del presente se siente lejano: atentados, bombas, ataques, desapariciones, muertes. Un período del que recién en las últimas décadas se empezó a hablar con más comodidad, luego de años de silencio, pero que sigue envuelto en contradicciones y versiones encontradas.

La literatura ha sido parte del desarme de ese nudo, con una serie de libros sobre todo periodísticos que han intentado poner orden y generar una visión más certera de esos años, y los libros del tema parecen no tener fin. “Hay gente que dice 'otro libro más sobre estos temas'. Bueno, hay que ir a la lista de libros más vendidos para ver que hay un enorme interés, no solo sobre la guerrilla, la dictadura, los militares, la transición. A todos los libros que se escriben sobre el tema les va bien, y eso que hay una cantidad enorme, no es que haya poca producción”, consideró Haberkorn.

Para el periodista y escritor, la popularidad de la literatura sobre historia reciente tiene que ver, por un lado, con la censura aplicada por el gobierno dictatorial, e incluso por los últimos gobiernos democráticos. Clausura de medios, palabras que no se podían usar. Información que durante años no circuló libremente, entonces dejó un hueco en la historia, tanto para los que la vivieron como para las generaciones más jóvenes, cuyos padres o docentes, por ejemplo, no tenían el panorama completo como para trasmitir correctamente la historia. O incluso para los periodistas.

Por otra parte, entra en juego el secretismo de las organizaciones involucradas. “Los militares actuaban en muchas áreas bajo secreto, con órdenes que no eran admitidas y que fueron ocultadas. Y la guerrilla era compartimentada, lo que vivía uno no lo vivía el otro, entonces quedan muchas áreas sin conocer, y evidentemente la gente tiene una gran avidez. Y además están los relatos oficiales, que dan pie a enmendarlos, a que otros cuenten otras versiones, y eso sigue siendo interesante, entonces creo que todavía hay margen para escribir sobre el tema”, dijo Haberkorn.

Los relatos oficiales de militares y tupamaros, pero también de los políticos y de la prensa reciben un cimbronazo en Herencia maldita. Un libro que nació de un torrente de historias que llegaron a manos de su autor luego de la publicación de sus textos anteriores sobre el período histórico (Historias tupamaras, Milicos y Tupas, La muy fiel y reconquistadora y Gavazzo, sin piedad). “Empecé a recibir muchos mensajes. Gente que me escribía y me decía ‘tengo esta historia, me pasó esto y nunca nadie lo contó’. En un momento tenía una cantidad, y me di cuenta de que tenía que hacer algo con eso. A veces te cuentan la génesis de algo, o te cuentan algo que tenés que ir a chequear, pero ya cuando tuve diez, y terminé con bastante más que diez, decidí hacerlo”, explicó el autor.

Al final no todas las historias son nuevas, pero Haberkorn buscó que las que ya habían sido publicadas no fueran conocidas. Varias fueron ampliadas y actualizadas, y otras pertenecen a medios en los que el periodista trabajó, pero que no son accesibles con facilidad, como las de los semanarios Aquí y Punto y aparte.

En el proceso de escritura hubo algunos hallazgos como el de que dos de las historias nuevas transcurrían el mismo día: un asalto por parte de los Tupamaros a un supermercado Manzanares que termina con uno de los guerrilleros y un policía muerto, un caso del cual el relato oficial hacía agua, y por otro lado el asesinato por parte del MLN de un capataz de la fábrica Niboplast, Juan Bentancor. Las dos historias se cuentan juntas en el libro, en el texto más extenso de toda la obra.

“En un momento me di cuenta, y me cambió un poco la perspectiva del libro, que empezó como una suma de historias, que si elegía bien, y con el material acumulado que ya tenía, que era más de lo que pensaba que tenía, podía lograr un fresco, una visión global de los años de violencia política y de la dictadura. No es como lo haría un historiador, que te da las fechas y los episodios, sino a través de historias, y terminó siendo esa mi pretensión”, planteó el autor, que en Herencia maldita también tuvo una oportunidad de reencontrarse con el trabajo hecho en los inicios de su carrera.

¿Cómo fue revisitar esos textos que escribiste hace décadas?

Fue bueno y malo. Por un lado, lo bueno de decir, "esto me viene preocupando desde que empecé en el periodismo", y hay una continuidad, eso me gustó. Me sentí identificado conmigo mismo. En el aspecto periodístico fue ambivalente. Hay, por ejemplo, una entrevista a Eleuterio Fernández Huidobro hecha en el semanario Aquí, hace muchísimos años, cuando yo empezaba. No sé si queda bien decirlo, pero hoy, como periodista, me gustó, me pareció que la hice bien, aun siendo un principiante. En cambio, hay otra nota, también de Aquí, a la familia del capitán Silbermann, que lo habían puesto preso por firmar para pedir un plebiscito para la derogación de la Ley de Caducidad, y es una nota que dudé mucho si ponerla, porque con mis criterios periodísticos de hoy le descubro cosas que hoy no las haría, que no están bien, o que no llegan al estándar que hoy me fijaría para una nota. Pero al final la incluí, porque me parece que aportaba elementos a ese fresco de la época, que fue un episodio importante en ese momento, y que está olvidado. Hoy para un joven, o para alguien que nació en democracia, es inconcebible que un oficial de las Fuerzas Armadas vaya preso por firmar una petición de un referéndum. Y eso pasó, en democracia. Y fue tolerado. Había un Ministerio de Defensa, un presidente. Y pasó. Entonces si bien es una nota que para mí se nota que fue hecha por un periodista que empezaba, igual la dejé. Así que tuvo eso, una satisfacción por encontrar que aquel joven tenía cosas en común con el Leonardo de ahora, más allá de diferencias. Por ejemplo, a Huidobro le hago muchas preguntas "de joven". Y en el nivel, en algunas hoy las puedo defender totalmente, y otras son de alguien que está empezando. 

En esa entrevista, hecha en 1988, la esposa de Silbermann plantea que en la sociedad uruguaya hay una división entre civiles y militares, que para ella es errónea. “¿Por qué tenemos que hablar de militares por un lado y civiles por el otro, si son una misma cosa? Si los militares integran familias en las cuales no todos son militares, son civiles, y además viven en una sociedad civil”, dice, y es algo que creo que se podría decir hoy, donde esa división sigue debatiéndose.

Bueno, esa es una de las razones por las que incluí esa nota. Porque pinta un panorama de una división, una fractura en la sociedad que no saldó. Queda patente que muchas cosas que se dicen ahí, se podrían decir hoy. Entonces, es un problema que no hemos abordado en casi 30 años, que no lo hemos podido solucionar. También por eso está en el libro, tiene cosas que nos interpelan como sociedad. 

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Esa “fractura que no saldó” de la que habla Haberkorn es otro de los puntos que emergen periódicamente en el libro, sobre todo en los textos que hablan de los años posteriores a la dictadura, donde se fue construyendo un relato que ponía la violencia política en un esquema de blanco y negro, con buenos y malos claramente definidos según quien hiciera ese relato.

¿Por qué pasó eso, cómo se construyó ese relato de división?

Tendemos a polarizar, viene de una manera muy uruguaya, muy oriental de ser: blancos y colorados, Peñarol y Nacional, Frente Amplio y Coalición Multicolor. Siempre estamos así, blanco y negro. Y creo que hay alguna gente, a la que le sirve y lo fogonea. Creo que a la historia reciente también se la ha contado muy blanco y negro, uno agarra los textos que producían los militares en la dictadura, y según ellos los militares habían rescatado a Uruguay de un caos que había generado la guerrilla, el comunismo y la inoperancia o la corrupción de los políticos, y era blanco y negro. Y después vino un relato también blanco y negro en el que se invirtieron los roles. Ha pasado poco tiempo también. Creo que hay un proceso. Por ejemplo, esta noticia de que el Ejército abrió sus puertas a que se discuta y a recibir nuevas visiones es un gran aporte para superar estos relatos en blanco y negro, que en realidad son falsos. 

¿Ves posible que dentro de unos años exista algo más sincero y con matices de estos años?

Creo que puede haber un avance. Creo que estamos logrando sincerar el relato, con los aportes de académicos, de periodistas, de algunos protagonistas. No creo que se tengan que morir los protagonistas, al revés, en la medida que estén vivos tienen todavía un margen para colaborar en sincerar y ayudar a ver los matices. En algunos tengo más confianza que en otros. Yo hice el libro sobre Gavazzo, y hablé varias veces con él, y es uno de esos actores que están anclados y fijos en su cabeza de aquel entonces, pero puede haber otros con otros matices. Y si bien creo que tenemos esa cosa histórica de dividirnos y ser dos bandos enfrentados, los últimos años han mostrado que si bien tenemos eso no hemos llegado a los extremos de otros países, como nuestros vecinos. Tenemos algunos anticuerpos que creo que acá también pueden jugar a favor, y que podemos empezar a encontrar la manera de sincerar los relatos. 

En el libro hay una clara intención de ir contra el discurso oficial, ¿fue una de tus misiones?

Aparte de mostrar el fresco, mi pretensión también es la de que se cuestionen los relatos oficiales. El relato oficial de la dictadura, que minimiza la tortura, el cercenamiento de las libertades, las ejecuciones, los muertos, minimiza lo que fue la dictadura; el relato oficial de los políticos, que centra todo en el golpe de estado de junio de 1973, y se olvida de febrero, cuando los militares tomaron el poder y donde más o menos miraron para el costado, otros apoyaron. En ese sentido hay un hallazgo en el libro, que fue encontrar al que era agregado militar de la embajada de Estados Unidos en ese momento, y que no puede creer hasta hoy la pasividad de la clase política uruguaya cuando en febrero se dio el golpe, y cuando algún político intentó hacer autocrítica sobre febrero lo han mandado callar. Es muy cuestionada la prensa también, que jugó un rol, por ejemplo, cuando el Che Guevara vino a Uruguay y llamó a no hacer la revolución en Uruguay, ni un lado ni el otro de la prensa lo consignó, porque a nadie le convenía. Y después el relato oficial de la guerrilla, sobre todo del MLN, pero que la izquierda lo adoptó. Aunque mucha gente de la izquierda no cree el relato del MLN, y sabe que es falso, pero por una especie de solidaridad intra-izquierda, se calla. Era algo que me pasaba mucho, cuando sacaba los libros me escribía mucha gente de izquierda a decirme "qué bien que contaste esto", pero nadie lo decía públicamente. El relato del MLN tiene cosas que son ciertas y otras que las minimiza, o las omite, y ha crecido mucho porque ha tenido excelentes escritores que lo han cimentado, como Mauricio Rosencof y Fernández Huidobro, y un narrador oral excepcional como José Mujica, de quien se han escrito muchos libros, pero es un relato que también hay que acomodar a los hechos. Y tengo la pretensión de que el libro ayude a acomodarlos, y que el lector se haga una idea más global y más honesta de todos ellos. 

Leonardo Haberkorn, conductor
En las últimas semanas Haberkorn pasó de ser uno de los panelistas de Desayunos informales a hacerse cargo de la conducción del ciclo, luego de que María Noel Marrone abandonara el programa. Así, el periodista se encontró en un lugar que “no imaginaba”, pero al que le reconoce “su atractivo”.
“Hice casi toda mi carrera en prensa, y alguna cosa en radio, pero yo llegué al periodismo porque me gusta escribir. Investigar y escribir. Un día descubrí la radio y me gustó, y ya venía haciendo televisión por cable y me gustó también. La televisión en vivo es otro desafío, enorme y distinto que lo encaré el año pasado con Séptimo día y lo disfruté mucho. Nunca voy a resignar la escritura, pero me parece que es compatible hacer las dos cosas. Ya lo de conducir es distinto, la salida de Nole hizo que me pidieran una mano conduciendo el programa mientras se reacomodan las piezas y la estoy dando con mucho gusto. Yo llegué al programa como periodista para aportar en preguntas, en información, en contexto, no como conductor, y supongo que esto es algo temporal y luego volveré a ese otro rol, en el que me siento más cómodo”, reconoció.

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