"Liberen a Shila” podría ser el título de esta película. Shila es una gata serval savannah, cruza de gato montés africano y gato doméstico, que llegó a Uruguay con su dueña, una jubilada alemana que quería disfrutar de su retiro en este rincón del planeta, aunque no entendiera ni una sola palabra de español. El sueño duró apenas unos meses y terminó cuando Shila fue separada de su propietaria y, a juicio de activistas, llevada “presa” al zoológico de Durazno donde está hoy.
Según el relato de Mónica González, embajadora de la organización Eventos en Todo el Mundo por el Fin a la Crueldad Animal (WEEAC, por sus siglas en inglés), y de Horacio Soler, representante de la extranjera dueña de la gata, el 22 de diciembre de 2009 Lula Jakomeit ingresó al país junto a Shila, de 4 meses, por el aeropuerto de Carrasco.
Para entrar exhibió la siguiente documentación: comprobante de equipaje, contrato de compra de la gata, certificados de sanidad emitidos en Paraguay −temporal lugar de residencia de la alemana− y certificado de inspección y contralor veterinario del Departamento de Agricultura, Alimentación y Silvicultura del estado de Oklahoma, donde está ubicado el criadero de la especie serval savannah que vendió el animal. Dueña y mascota entraron “sin ninguna observación”, de los funcionarios del Ministerio de Ganadería (MGAP) y de Aduana.
Pero casi cuatro años después Jakomeit se enfrenta a una acusación de contrabando de un animal considerado exótico y salvaje –en violación a la Ley 16.088 de animales feroces– y a una multa de US$ 2.000.
Desde la Dirección General de Recursos Renovables (Renare) del MGAP se informó a El Observador que “no consta ese ingreso legal al país” y se imputa que Shila salió sin permiso de EEUU, que entró por tierra y que un gato común lo hizo por Carrasco. El MGAP está preparando un comunicado debido a la trascendencia que tomó el tema en las redes sociales y en las protectoras de animales a nivel internacional que denuncian a Uruguay por abuso y complacencia con el tráfico de animales.
De buenos modales
Shila está categorizada como una serval F4, es decir, un vástago de cuarta generación de un serval africano, una raza exótica que se ha puesto de moda en el mundo. La escala, según explicó González, va del F1 al F5, por lo que “Shila está solo a un punto de ser un gato doméstico común”. Un ejemplar F4 tiene menos del 16% de contenido genético del animal salvaje. El criadero A1 Savannah Cats, presentado como el mejor del mundo en esta raza, vende g
atos F1, con un contenido de serval del 53%, por un valor de entre US$ 12.000 y US$ 35.000. Lula Jakomeit pagó US$ 3.900 por su gata. Pagó con un cheque y la levantó en Miami. Shila tiene un chip injertado en el cuerpo con un número de validez internacional que se utiliza como mecanismo de control de tráfico de especies.
Soler indicó que el contrato de compra de Shila establece la imposibilidad de que sea utilizada para cría, debido a que A1 Savannah Cats se reserva “la marca registrada” de esta raza, por lo que se exige que el animal sea castrado a los seis meses.
A esa edad Shila fue incautada, por lo que no había sido operada, aunque Jakomeit tenía esa intención. Uno de los miedos que tiene su dueña y también González es que “aparezca con pancita”, puesto que eso significaría que se produjo un cruzamiento bajo la supervisión del zoológico. El actual reclamo de tenencia del animal –agotados los procedimientos administrativos para su restitución– incluye que se practicara una castración antes de que sea restaurado a su dueña.
La reproducción de esta especie era el objetivo de un interesado que un día llegó a la casa de Jakomeit para ofrecerle US$ 10.000 por la gata. El negocio es sumamente lucrativo. Soler explicó que la venta de dos camadas al año puede reportar una ganancia de entre US$ 14.000 y US$ 20.000.
Shila tiene las orejas puntiagudas, una especie de joroba en el lomo y una piel atigrada, pero su rostro es de un gato común. Su aspecto puede resultar intimidante pero, según González, más que el pelo (que se le ha caído), perdió las mañas. “Es una raza humanizada”, apuntó. El encierro en el zoológico la ha desmejorado, sobre todo por las inclemencias del tiempo y por la alimentación. Los activistas denunciaron que Shila es alimentada con polenta y carne de caballo y que sufre depresión. Soler se explayó: “Es más fiel que un perro”. A veces juega con un sonajero. El único riesgo con la gatita es que te la afanen”, añadió.
El subdirector del zoológico Enrique Arrúa dijo al diario El Acontecer de Durazno en octubre de 2011 que el comportamiento del animal era bueno. El Observador no pudo comunicarse con los cuidadores.
Salvaje o doméstica
El periplo de Shila prosiguió el 23 de marzo de 2010 cuando una comitiva del Departamento de Fauna del MGAP y seis funcionarios policiales la arrancaron de su cucha. “Fue sin una visita previa, con oficiales armados, por una denuncia de un vecino”, explicó González.
Jakomeit no contó con la asistencia de un traductor ni con la presencia de un abogado. Se le pide que firme un documento y “lo hace de buena fe”, pero la barrera idiomática le impide saber que rubricó el acta de incautación por “tenencia de animales feroces”. Shila, en ese entonces, pesaba unos cuatro kilos. Ahora pesa nueve kilos, un peso aplicable a cualquier gato doméstico bien alimentado. La gata fue introducida en un transportín y enviada directamente al zoológico de Durazno, donde permanece hasta hoy.
De ahí en más fue negada la devolución de la gata con el argumento de que se trata de un animal salvaje. Durante el litigio administrativo, ya cerrado, González relató que se le sugirió a la ciudadana alemana una serie de arreglos con la promesa de reencontrarse con Shila. Así se mudó a una chacra para no causar alarma en centros poblados −Jakomeit se había afincado en Salinas−, pagando sobreprecio para cerrar cuanto antes el trámite. Pero la gata no le fue restituida. Se le pidió la construcción de una jaula. Shila había dormido siempre dentro de la casa y hasta en la cama de su dueña.
Jakomeit pagó US$ 6.000 por un modelo de jaula que tiene hasta calefacción, porque el animal necesita calor en invierno. La gata no fue restituida. También se le propuso que iniciara los trámites como criadora de esta raza. La delegada de WEEAC dijo que Jakomeit lleva gastado más de US$ 100.000 para recuperar a su mascota. Hizo una inversión muy importante para traer a un perito alemán en gatos híbridos que certificara la categorización F4.
Así lo hizo, pero el Departamento de Fauna desestimó esa prueba. La Sociedad de Medicina Veterinaria de Uruguay reconoció que no hay en el país ningún técnico especializado en la materia. A juicio de los representantes de Jakomeit, esto desacredita la opinión de los funcionarios públicos.
Desde la Renare se dijo a El Observador que “la gente no piensa que el estatus sanitario de Uruguay es el más alto del mundo. Y eso permite ingresar a los mercados más exigentes de carne. Y los animales traídos de contrabando ponen en riesgo el estatus sanitario del país”.