22 de noviembre de 2011 13:25 hs

El miedo es una reacción lógica ante la encrucijada europea, el estancamiento de la economía estadounidense y la desaceleración de los países emergentes.

¿Pero lógica para quién?

Para el economista que analiza día a día la coyuntura internacional, que conoce al dedillo las vías de transmisión de un shock externo a la economía uruguaya, que actualiza sus modelos econométricos ante cada suceso inesperado. Es de esperarse que el susto también alcance al empresario, que sabe de la ciclicidad de los negocios, que entiende que la bonanza nunca es eterna y cuyo trabajo es administrar y prever. Al igual que el gobernante. Aquel que debe velar por la estabilidad económica, que debe adoptar siempre como base el peor de los escenarios posibles y proteger los intereses de todos los ciudadanos.

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Es una respuesta lógica también para algunos trabajadores y profesionales; aquellos informados, que siguen día a día las noticias y los análisis de expertos. Que entienden de economía, de finanzas y de política internacional. Ellos también tienen miedo.

¿Y el consumidor medio? ¿Ese realmente está asustado? Yo creo que no. La bonanza, en este caso, es la anestesia más efectiva. El poder de compra de los hogares creció 40% desde su punto más bajo en abril de 2004, con un incremento mucho mayor en las familias de menores ingresos. La tasa de empleo en niveles récord llevó a que miles de personas salieran de la pobreza, dieran sus primeros pasos en el mercado de consumo duradero y tomaran sus primeros créditos en el sistema parabancario.

Otros tantos consumidores lograron mejorar su posición y levantaron cabeza después de un duro invierno que comenzó en 1999 y recién a fines de 2003 empezó a aflojar. Durante años postergaron sus decisiones de consumo. La casa, el auto, los electrodomésticos, la educación de los hijos. Y ahora que tienen la posibilidad de dar el salto en calidad de vida, la crisis lleva a los analistas y a las autoridades a exigir prudencia, a fomentar el ahorro, a seguir postergando.

Es cierto que el Uruguay ideal ante un agravamiento de la crisis es uno en el cual no solo el gobierno genere un colchón de reservas y las empresas ajusten sus números. El Uruguay ideal exige que los hogares también se protejan ante un eventual revés de la economía. Pero no será sencillo. Las familias son mucho más que satisfactores de necesidades y formadores de expectativas. Los uruguayos seguirán consumiendo a pesar de las advertencias del presidente Mujica, seguirán abarrotando los shoppings los días de descuento y obligando a los restaurantes a amontonar las mesas los fines de semana. A pesar de la crisis, a pesar del contagio, a pesar de los economistas.

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