22 de febrero de 2013 17:26 hs

Es uno de los premios más raros que da la Academia. Cada país solo puede postular una película, hablada en cualquier idioma menos inglés. En general, la ganadora es rápidamente olvidada y no se caracteriza por recaudar millones en las salas. Para probarlo, basta con intentar recordar en menos de 5 minutos cuál fue la seleccionada, o cualquier nominada, en 2012.

Este premio se entrega desde 1956, cuando lo ganó Federico Fellini, con La strada. Desde entonces cinco países son seleccionados cada año como posibles depositarios del trofeo. De los 56 premios que se han entregado, 46 fueron para películas europeas, cuatro para películas asiáticas, tres para películas africanas y tres para películas “de las Américas”.

Ahora, los elegidos son Dinamarca (A royal affair), Noruega (Kon-tiki), Chile (No), Austria (Amour) y Canadá (Rebelle). No siempre las naciones se corresponden al idioma: el austríaco Michael Haneke usa nuevamente el francés en sus personajes, y el canadiense Kim Nguyen usó actores congoleses, que no hablan precisamente en un francés ortodoxo.

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Hay un claro predominio de las piezas basadas en historias reales. Mientras que los daneses cuentan las trágicas y delirantes vidas de parte de su realeza, los noruegos parten en la balsa del antropólogo Thor Heyerdahl para probar una teoría de migraciones y los chilenos narran su salida democrática desde la perspectiva publicitaria.

Aquí, tres imperdibles de este año entre los nominados.

Amour
¿Cómo hace Michael Haneke para ganar la Palma de Oro en Cannes por segunda vez, tener cinco nominaciones a los Oscar, tres en los BAFTA y que sus protagonistas obtengan otros tantos premios y nominaciones en los festivales de todos los rincones del mundo?

La respuesta está en la propia Amour, una película original, íntima, tierna y desoladora. La trama también es, a simple vista, despojada: un matrimonio de veteranos profesores de música vive su pacífico retiro en un apartamento de París, hasta que ella enferma y la rutina cambia.

Esto sucede a los pocos minutos de película y a partir de ahí ya no se ve más que lo que pasa en el interior del hogar.

La belleza y la vejez están atadas la una a la otra todo el tiempo: ellos son unos viejos naturalmente lindos. Su casa tiene el encanto de la tendencia a acumular en la vejez: demasiados libros, cuadros, platitos, fotos, alfombras. De a poco, una manta de tristeza y desesperación va cubriéndolo todo. Pero lentamente, porque el amor que nunca deja de estar pelea contra la descomposición. Preguntas sobre el valor de la existencia, de la muerte, la vida en pareja, el compromiso y el cariño se aparecen como cachetazos para el que está mirando.

La concepción de la rutina en pareja luego de pasar toda una vida juntos (Haneke lleva 30 años casado) está plasmada en las finísimas y dolorosamente naturales actuaciones de Jean-Louis Trintignant (Rouge; Il conformista) y Emmanuelle Riva (Bleu; Hiroshima, mon amour), quien con una simple pero particular forma de parpadear transmite todo lo necesario.

En la mitad de la película, Georges vuelve del velorio de un amigo. Ella le pregunta cómo estuvo y él responde: “Estuvo un poco raro. El cura era un imbécil. Un antiguo colega de Pierre hizo un discurso patético e indecente. Su ex secretaria vino con un mini reproductor y puso Yesterday, de los Beatles. Ya puedes imaginarte. Todos se quedaron mirándola. Por supuesto, no estaba previsto. Los nietos de Pierre estaban ahí. Naturalmente, se pusieron a reír cuando comenzó la música. Entonces… pusieron la urna sobre una camilla enorme que, evidentemente, estaba preparada para un féretro y salimos bajo la lluvia”. El guión se vende solo. Una vez más el director nombra a sus personajes Anne y Georges (séptima vez), otra vez cuenta mucho con muy poco y otra vez crea una obra maestra.

No
La salida de la dictadura chilena desde los ojos de un publicista que tiene que convencer a la izquierda de que, para ganar el plebiscito de 1988, es más efectivo usar arco iris que mostrar videos de militares golpeando manifestantes. Con esta historia, Chile obtiene su primera nominación a un Oscar a Mejor película extranjera.

En 1988, Augusto Pinochet cedió a las presiones internacionales y convocó a un plebiscito en el que la ciudadanía tuvo que decidir si este permanecería en el poder hasta 1997, votando Sí, o si se llamaría a nuevas elecciones, votando por el No.

Semanas antes de la elección, cada grupo (oficialismo y oposición) tendría 15 minutos de publicidad televisiva por día. La película muestra cómo en una realidad de oposición herida y con pocas esperanzas, una campaña publicitaria original y moderna pudo ganar el plebiscito a una derecha que corría con todas las ventajas.

Gael García Bernal hace del creativo publicitario que diseña pautas de Coca-Cola y explora los usos de “la microondas”, un nuevo electrodoméstico, mientras crea la campaña ganadora del No. Su personaje es ficticio, pero está basado en muchos publicistas (eran más de 30) que trabajaron durante meses bajo el eslogan “La alegría ya viene”.

De a ratos muy conmovedora, de a pocos oscura, la película incluso logra hacer reír y deja bien planteado cómo una carrera se ganó jugando con las reglas del adversario.

Su controversial director es Pablo Larraín, hijo de un senador de derecha, que se ha dedicado a hacer películas situadas al comienzo, durante o sobre el fin de la dictadura, siempre en un clima de oscuridad y violencia.

La película fue criticada por parte de la izquierda por tratar con blandura temas delicados, y los ataques personales a Larraín son constantes. “(No) no deja cómoda a la derecha, el lugar del cual provengo. (…) Y la izquierda reacciona mal también. Entonces me quedo sin lugar. Parte de ningún grupo”, dijo en una entrevista con el diario La Tercera. “Parte de la izquierda política ha estado en contra de la película y de que hayamos tomado el lugar de los publicistas. Y eso pasa porque ellos los ignoraron después de llegar al poder. Nosotros nos fijamos en estos héroes que hicieron esta épica del país que se moviliza, porque también fue construida por personas que vendían tallarines y Coca-Cola”, agregó.

No se grabó en U-matic, el primer formato de videocassette que se puso a la venta en los setenta. Así, la estética de la ficción se amalgama a la de los comerciales de la campaña –que se muestran enteros– y bastante rápido el ojo se acostumbra a los colores sucios y degradés cursis. El sonido también va de la mano con este estilo “rústico”, y si a eso se le suma el acento chileno, no está de más recomendar verla con subtítulos.

A royal affair
Caroline Mathilde, princesa de Gales, llegó a Dinamarca en 1766 a conocer a su primo y futuro esposo, el rey Christian VII, que resultó ser un completo demente y, luego de darle un hijo varón, la relación íntima culminó. Al poco tiempo, un médico hizo buenas migas con el rey al ayudarlo a manejar parcialmente su locura, pero luego se enamoró de la reina, con la que tuvo un romance durante algunos pocos años y, presumiblemente, una hija. Y todo termina mal.

La historia de estos reyes daneses se puso en manos del guionista de The girl with the dragon tatoo (versión nórdica) y la productora de Lars Von Trier. Está basada en hechos reales aunque su director, Nikolaj Arcel, advierte que se tomó cuantas licencias quiso. El anuncio de “final infeliz” que caracteriza a casi todas las historias de reyes sostiene la tensión hasta el final.

La fotografía es perfecta entre blancos escandinavos y diseños de época, pero la atención y aplausos se los lleva Mikkel Folsgaard, el actor danés que interpreta al rey. Folsgaard pasa de la risa histérica al amor y la compasión, se apasiona por los idealistas franceses, quiere hacer “la guerra contra la caca” (que el Estado invirtiera más dinero en limpiar los excrementos de la calle) y destruye burdeles en ataques de ira.

Su expresión patética y delirante contrasta con la mirada inteligente y calma del médico Struensee (Mads Mikkelsen, el villano de Casino Royale). Posiblemente el personaje más débil de la historia sea el de la reina, interpretada por Alicia Vikander (Anna Karenina), que no termina de imponerse y cuyo rol de a ratos se hace poco creíble a pesar de que, según ha dicho el director, la intención fue reivindicar la influencia intelectual de las mujeres sobre los hombres de la época.

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Kon-Tiki: un viaje en balsa que ya tuvo estatuilla

Thor Heyerdahl fue un antropólogo noruego que en 1947 se fue en balsa desde Perú hasta la Polinesia. Son 4.300 millas y las hizo con nueve troncos, cuerdas y una casita de bambú tejido y techo de hojas de banano. Se le sumaron otros 4 noruegos (dos expertos en radio, uno en navegación y un ingeniero) y un sociólogo sueco, a los que reclutó con el mensaje: “Voy a cruzar el Pacífico en una simple balsa para probar una teoría… ¿Vendrías? Respondé enseguida”. El resto se ve en la pantalla. Fueron 101 días de travesía. En 1951, el documental que los propios tripulantes hicieron ganó un Oscar en su categoría.

Rebelle: la niña de la guerra


En el medio de una sangrienta guerra civil en el África sub-sahariana, la joven Komona, de 12 años, es raptada para formar parte de un ejército.
Años después Komona le cuenta a su hijo no nacido su vida en las filas. Sin embargo, no es una soldado cualquiera.

En un país donde la superstición es ley, Komona demuestra que –de alguna manera– puede intuir la posición del enemigo. Eso le hace ganar el afecto del líder rebelde y ganarse precariamente su seguridad.

Pero todo cambiará cuando Komona se enamora de un muchacho albino, al que llaman “El mago” e intenten escapar, atravesando la selva, las balas y el peligro de la guerra.

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