17 de julio de 2014 18:11 hs

Una recorrida que realizó El Observador Agropecuario por granjas de Canelones permitió comprobar que estos productores no bajan los brazos, pese a los constantes obstáculos que afrontan, problemas que, por otra parte, en mayor o en menor medida, le complican la vida a todos, independientemente del tamaño de las chacras, los rubros que exploten, la disponibilidad de tecnología adecuada y dónde comercialicen sus hortalizas.

Uno de los granjeros visitados fue el vicepresidente de la Asociación de Productores Agrícolas de Canelones (APAC), Gerardo Martínez (ver recuadro), quien citó que una de las adversidades es la dificultad para conseguir mano de obra eficiente en períodos de zafra de plantación, cosecha o packing, cuando el personal propio –que sí está capacitado y responde– no es suficiente.

Otro son los costos, entre ellos el gasoil: “somos los únicos sin retribución y hasta pagamos $ 2 por litro para subsidiar el transporte en Montevideo”. A eso se le suma el de los insumos, muchos en dólares, “que por un lado sirve que suba para ser más competitivos con lo importado, pero por otro no, porque nuestros pesitos flacos los tenemos que transformar en dólares para comprarlos y esos insumos también suben en dólares; hoy una bolsa te sale US$ 10, pero mañana ya te sale US$ 11”.

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La liberación de permisos para importar productos sin la adecuada protección al productor local fue un enemigo de temer. “Pero en eso se ha mejorado”, admitió, de la mano de la Comisión Asesora de Abastecimiento del Mercado Interno donde los productores inciden, “una buena herramienta siempre y cuando funcione bien, cosa que por ahora se va logrando, aunque no se está sesionando tan seguido como antes”, señaló. Dijo que “cuando hay una producción lista para sacar, por ejemplo, cebolla, no podemos competir con la argentina que está a US$ 0,25 el kilo. Si (los importadores) quieren traen la bolsa a $ 150, y eso es el costo de producción p’acá, nos obligaría a vender a menos de $ 10 el kilo y así se pierde, y se supone que uno debe ganar algo para vivir dignamente”.

Mediante la gestión de dicha comisión se ha ido logrando que haya equilibrio, que se importe cuando es adecuado para abastecer al consumidor, sin obligar al granjero a lidiar en desigualdad.

Sobre el precio, “que quede claro que lo que la gente paga por las hortalizas no es lo que el productor recibe”, aludiendo a que el producto se encarece mucho en la intermediación. Una enfermedad cruel, sin cura a la vista.

Otro aspecto que Gerardo citó como una necesidad es la de un Instituto de la Granja, planteo realizado al ministro Tabaré Aguerre, quien respondió a la APAC que ya existe un ámbito donde los productores participan, la Dirección Nacional de la Granja (Digegra): “Es verdad, cuando te dice eso, te tapa la boca, pero... ¿estamos realmente todos representados? Yo diría que no”. No obstante, aclaró que la gestión de Zulma Gabard –directora de la Digegra– ha sido “muy satisfactoria. Pero la Digegra, su sistema, que viene de hace años, hoy no sirve, se precisa un instituto con más participación de los productores, más independiente, que involucre a todos los sectores de la granja”.

Finalmente, aludió a otro tema clave, el de los seguros, cada vez más necesarios en este escenario de cambio climático que depara a los granjeros fenómenos cada vez más adversos, frecuentes e impredecibles.

Sobre la nueva herramienta, el seguro por índice de exceso hídrico, dijo: “se lo traté de explicar a los técnicos, lo vemos caro aunque haya un subsidio, es un cinco de oro”, dado que hay que contratarlo para cierto período, en ciertos rubros y por cierta cantidad de lluvia y que todo debe coincidir para poder cobrarlo.

En Piedra del Toro

Miguel Ángel Passalacqua tiene 68 años. Está casado con María Delia Alonso. Tiene tres hijos y cinco nietos. Su hija trabaja en la barraca del esposo, y le da una mano cada vez que puede. Sus dos hijos son granjeros, tienen sus explotaciones y también lo ayudan. Uno de ellos, incluso, cría algunos vacunos en el predio del padre.

En Piedra del Toro –km 42 de la ruta 8– en 27 há produce acelga, zanahorias, lechugas, espinaca, puerro, perejil, cebollas y habas.

“Mando al Mercado Modelo solo si tengo un excedente, fui muchos años y no me daba resultado, por los costos, está el gasto de ir, no cobrás siempre lo que vale tu mercadería y muchas veces tenés que volver con ella a casa o regalarla... Me conviene lo que hago ahora: una persona de Minas me viene a comprar y vende allá y en la zona Este, y otra parte de la producción me la compran comerciantes de la zona, pero todos levantan acá la mercadería”, dijo.

Cuando lo visitamos, ataba acelga. La vende a $ 100 los 12 atados. “No deja mucho margen, hay que pensar mucho si poner una persona que te ayude a atar porque se van $ 40 por docena, y hay que sumarle los costos desde que se prepara la tierra hasta que se vende; si te deja $ 10 la docena, hay que ponerse contento”.

Su acceso a la tecnología no es el que quisiera. Posee un tractor viejo, de los fierros buenos, pero con décadas, que compró usado hace tres años. Y el camión es de 1972. Al costado del tractor citó otro ejemplo de lo que recibe: $ 70 por 12 lechugas. Lo que al periodista le costó comprar dos lechugas para el último asado familiar en un supermercado de Maroñas.

Otra cuenta nos hizo: “con 10 docenas de atados de acelga le pongo $ 1.000 de gasoil al tractor, que me consume 10 litros por hora... Y hay que pagar fertilizantes, remedios, la energía eléctrica, que es un disparate; en el verano, solo para regar, $ 22 mil por mes, y hay que regar si querés mercadería buena para cuidar al cliente”.

Y de paso, “hoy es imposible encontrar un muchacho que sepa atar acelga o quiera aprender”.

Otra dificultad es la caminería. “La ruta 8 vieja está hecha pedazos, es una vergüenza. Se pagan todos los impuestos, pero entre los vecinos nos juntamos y pusimos dinero para arreglar un empalme, igual a veces no nos queda otra que sacar la mercadería con el tractor hasta la ruta porque los camiones, si vienen con zorra, no pueden entrar”, lamentó Miguel.

“Soy granjero de toda la vida, aprendí de mis padres”, dijo cuando se le preguntó qué esperanzas tenía de ver a sus nietos, aún niños, de granjeros. Y añadió: “está difícil, pero siempre hay esperanzas de embocarla, tener un año bueno, al menos cada cuatro o cinco, y hacer una plata, pero hay que aceptar que se vive con el corazón en la boca por el clima y que te tiene que gustar, es medio esclavo, no hay descanso que valga, si vienen a buscar acelga el lunes la tenés que atar el domingo”, dijo.

“Ojalá los nietos puedan seguir con esto adelante, hay que entusiasmarlos, pero es bravo si no ven que se van a sacrificar, pero al final van a tener un pesito, un margen aceptable; antes salíamos con el camión y la camioneta, toda la familia de campamento, hasta 15 días, pero hace ocho o 10 años que ya no se puede”, dijo con tristeza.

En La Palmita

Eduardo Antonio Wrobel tiene 51 años. Está casado con Teresita Umpiérrez, de 57. Tienen un hijo, Alejandro Marcelo, de 18, que está en 6° de liceo –concurre a uno en Solís–, orientación Economía. “El hijo para nosotros es todo, nuestro sacrificio es para él y él lo sabe y está haciendo las cosas muy bien, nos tiene muy contentos, pero a la vez preocupados”, dijo Eduardo. Es que, además de las preocupaciones que la actividad granjera les depara día a día, hay otras que les generan más temor: cómo lograr $ 50 mil que por año deberán invertir para que desde 2015 su hijo pueda desarrollar estudios universitarios en Montevideo, y la inseguridad en la capital.

“Me he dedicado a esto toda la vida, salí de la escuela y trabajé con mis padres en esto y después me casé y ahora trabajamos acá con mi señora, en dos de las tres hectáreas que tenemos –en La Palmita, km 44 de la ruta 8–, haciendo chaucha, cebolla, acelga, morrones, zapallitos, una cosa después de la otra y en distintos pedazos del campo”, contó.

Vende en supermercados y en almacenes de la zona. No va al Mercado Modelo. Y no es fácil. Él mismo lo explicó: “En 1997, mi padre tenía un camión y salíamos con 170 bultos por semana y solo repartiendo en Empalme Olmos y Pando vendíamos todo en tres horas. Hoy, salí con 14 cajones de boniatos y me traje varios de vuelta y lo que coloqué no fue por plata, lo cambié por el surtido, por comida para la casa. No puede ser, nos esforzamos más, hay más gastos, es impresionante lo que cuesta la semilla, y para peor cuando uno tiene verdura, la tiene que regalar porque aparece mucha, y eso si te salvás de una granizada; hace unos años me cayó piedra y casi me deja en la calle”.

El boniato lo vendió a $ 250 el cajón de 20 kilos. Vea lo que le cuesta a usted en la feria y saque la cuenta. “Hay mucha plata que queda en la intermediación, la mercadería sale muy barata de acá y llega muy cara al consumidor, porque hay otros que le hacen $ 500 al cajón, pero la culpa no es del granjero, que es quien corre con todos los riesgos y gana poco, o pierde”, afirmó con pesar.

Sobre los problemas de hoy, no dudo cuando pasó la lista: “Hoy, para el chacarero, lo más caro es el combustible, es tremendo”.

Por las características de su chacra no puede regar, sería muy costoso disponer de esa tecnología, “así que vivo jugado al clima y que sea bueno no se da mucho, o tenés una seca enorme o, como ahora, te llueve tanto que tengo todo listo para plantar la cebolla, pero se me hunde el tractor”: un Massey Ferguson del 80, que pide a gritos le hagan a nuevo el motor, pero tiene que esperar porque cuesta US$ 3.000.
Sí planea, por consejo de la gente de APAC, asegurar sus cultivos, aunque para decidirlo tiene que ver varias veces los números.

A estos problemas le suma otro: la vivienda es muy vieja, se llueve, incluso para evitar riesgos cuando hay tormenta baja la palanca de la luz, “pero nos anotamos en un llamado de Mevir, para remodelar la casa, vamos a ver si tenemos suerte con eso”.

Más allá de todas las batallas diarias, él y Teresita insistieron: “Lo peor es no saber cómo hacer para que el hijo pueda ir a estudiar a Montevideo y, si le encontramos la vuelta, no saber si va a volver, porque hay mucha inseguridad. Es un buen estudiante, de excelente conducta, un gran hijo, quisiera que el gobierno nos ayude arreglando la inseguridad”.

Teresita, ya en la despedida y luego de señalar que las nuevas dificultades para jubilarse es otro escollo, recordó que por una infección tras dar a luz hace 18 años estuvo dos semanas muy grave: “Me costó mucho tener un hijo, por eso me da tanto miedo que se vaya a Montevideo, pero a la vez quiero que estudie para que no sufra como uno”.

De la quinta a la horticultura con riego

Gerardo Martínez tiene 57 años. Es granjero “de toda la vida”. Su padre y tío eran quinteros, tenían viña, durazneros y manzanos. “Cuando ellos faltaron, con mi hermano Javier, hace más de 20 años, decidimos pasarnos a la horticultura”, contó. Producen en una zona –km 4,5 de la ruta 64, en Canelón Grande– donde los rubros principales son ajo y cebolla, y algo de zapallo y papa. Entre tierra propia y arrendada producen en algo más de 70 hectáreas, con un manejo intensivo y buena tecnología, por ejemplo riego: “Tenemos un sistema de riego multipredial, con un montón de vecinos, debe ser el único funcionando de los que se hicieron en la época del Prenader”, dijo. “Empezamos con una hectárea en cebolla y fuimos avanzando, nos metimos en algún crédito y hoy por hoy estamos en 16,5 há de cebolla bajo riego”, añadió. El 100% de lo producido se comercializa en el Mercado Modelo.

Atajar la liebre

Antonio González, directivo de la APAC, acompañó a El Observador Agropecuario en la recorrida por las tres granjas en Canelones. Entre otros aportes, comentó: “es necesario un cambio de actitud en el gobierno, sea del partido que sea, en vez de correr a la liebre hay que salirle al paso y atajarla, o, más aún, ir a agarrarla a la cueva”. Explicó que, en el tema seguros, “hubo que esperar a la terrible granizada del 24 de enero de 2013, que nos mató, para mejorar los subsidios y generar una cultura de seguro contra el granizo que hoy es una realidad, lástima que no se nos hizo caso cuando lo pedimos antes de la granizada”. Añadió que lo mismo hay que hacer con el seguro para los excesos hídricos, instando a avanzar en mejorar la herramienta ya diseñada.

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