6 de julio de 2023 5:00 hs

En los últimos años, las olas de calor, las sequías y las inundaciones se han vuelto cada vez más frecuentes en todo el mundo; fenómenos extremos que afectan a las cadenas de suministro, las infraestructuras, los medios de vida de las comunidades y, muy especialmente, la producción mundial de alimentos.

En décadas recientes, el mundo ha sufrido muchos episodios de escasez de producción agrícola en las principales zonas de cultivo del planeta, las regiones conocidas como los “graneros del mundo”.

Sin embargo, como muchos cultivos son objeto de un amplio comercio internacional, una buena cosecha en una región puede equilibrar una mala en otra, dinámica que hace que los precios de los alimentos se mantengan más o menos estables, y que se puedan garantizar cantidades suficientes a quienes puedan pagarlos.

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Sin embargo, este delicado equilibrio podría alterarse. “El riesgo de que el cambio climático afecte al mismo tiempo a las cosechas de los principales graneros está muy subestimado”, según un estudio publicado en la científica Revista Nature.

“La probabilidad simultánea de malas cosechas o de menores rendimientos en las principales regiones productoras es cada vez mayor”, subraya el informe realizado por investigadores de Estados Unidos y Alemania.

“En 2022, pudimos vislumbrar qué ocurriría si una serie de fenómenos extremos afectasen simultáneamente a los principales a lo largo y ancho del planeta”, señalan los autores con relación al persistente calor extremo y la sequía que dominaron las condiciones meteorológicas en gran parte del hemisferio norte durante todo el verano.

Fue luego que una primavera húmeda retrasara la siembra en gran parte de las tierras de cultivo de Norteamérica, y antes de que meses más tarde se batieron récords de temperatura en Norteamérica, Europa Occidental, Asia Meridional y China, destruyendo cosechas o reduciendo sus rendimientos.

“La disminución de las cosechas en varias regiones podría provocar una disparada de los precios, y llevar en una situación de inseguridad alimentaria que provoque protestas violentas ante el hambre”, dice Kai Kornhuber, autor principal del informe e investigador en la Universidad de Columbia.

El especialista recuerda que África oriental entró en su cuarto año consecutivo de sequía, amenazando de hambruna a millones de personas. Europa y China vieron cómo los ríos y los suelos se secaron debido a las sequías extremas. Mientras que las incesantes y torrenciales lluvias causaron graves inundaciones en Nigeria y en el cinturón maicero de Estados Unidos, además de sumergir gran parte de la cosecha de arroz de Pakistán.

“La producción de alimentos es una de las principales causantes de las emisiones de gases de efecto invernadero, y por lo tanto del calentamiento global, y está al mismo tiempo sumamente expuesta a sus consecuencias”, señala el artículo.

El estudio se concentró en datos meteorológicos y en los modelos climáticos de 1960 a 2014 y realizó simulaciones para el periodo 2045-2099. Los científicos, en primer, lugar examinaron el impacto del "jet-stream"; es decir: las corrientes de aire en altura que determinan las condiciones meteorológicas en las principales regiones cerealeras del mundo.

Constataron así que un “jet-stream” con fuertes oscilaciones tiene repercusiones importantes en América del Norte, Europa oriental y Asia oriental, con una reducción de hasta 7% de las cosechas.

AFP

Los patrones ondulantes de estas corrientes, que se encuentran en las zonas polares y subtropicales, están relacionados con las olas de calor y las pérdidas simultáneas de cosechas. Cuando un patrón de este tipo se produce durante dos o más semanas en el verano, los rendimientos tienden a caer alrededor un 4% en el centro de América del Norte, Europa del Este y Asia Oriental.

Ese fenómeno tuvo un papel importante en la crisis de 2010. El estudio, además, demostró que los actuales modelos informáticos prevén correctamente el movimiento atmosférico del “jet-stream”, pero subestiman la amplitud de los fenómenos extremos resultantes.

“Este estudio alerta sobre nuestras incertidumbres relacionadas con el impacto del cambio climático en el sector de la alimentación”, dice Kornhuber. "Debemos prepararnos para ese tipo de riesgos climáticos complejos, que los modelos actuales parecieran subestimar", advierte.

Los autores del informe afirman, teniendo en cuenta los fenómenos extremos registrados el año pasado, que podemos considerarnos afortunados por la cosecha mundial de 2022. La producción total fue apenas un 1,4% menor con respecto a la de 2021. Las buenas cosechas de algunos graneros compensaron en parte las graves pérdidas de otros.

Por lo pronto, con el cambio climático se espera que los fenómenos extremos simultáneos sean cada vez más comunes, y esto puede ocurrir por pura estadística: a mayor número de fenómenos extremos mayores son las probabilidades de que estos eventos afecten a los cultivos de varias regiones a la vez.

Un ejemplo es el fenómeno El Niño, que provoca el periódico calentamiento del Océano Pacífico, ocasionando sequías, inundaciones y olas de calor en regiones específicas de todo el mundo. El fenómeno ocasionó en 1983 la peor pérdida simultánea de cosechas de la historia, con disminuciones del rendimiento del maíz de entre el 10% y el 50% en Brasil, Estados Unidos y África meridional y occidental.

Los estudios recientes sugieren que los modelos climáticos actuales podrían estar subestimando incluso el cambio climático, lo que significa que los riesgos reales podrían ser mayores. Por ejemplo, fenómenos extremos recientes, como la ola de calor de 2021 en Norteamérica y las inundaciones de ese mismo año en Europa Central, se situaron en el límite de lo que los modelos consideraban posible.

Además, las tensiones geopolíticas no ayudan. La guerra en Ucrania ha debilitado la colaboración entre países en materia alimentaria, y las consecuencias económicas del Covid-19 incrementaron la inflación y perturbaron las cadenas de suministro. Además, el hambre va en aumento. Tras descender de forma constante desde la década de 1960, las tasas mundiales de subalimentación han aumentado cada año desde 2018.

También otras tendencias mundiales podrían contribuir a aumentar la vulnerabilidad del sistema alimentario. “El aumento del consumo de carne, por ejemplo, pondrá a prueba el suministro de alimentos, porque cada caloría de grano usado para alimentar a un animal genera sólo una fracción de una caloría de alimento para las personas”, explica Kornhuber.

Para el coautor del artículo, “es necesario reconsiderar las políticas sobre comercio y reservas de alimentos en un mundo con mayor riesgo de pérdidas simultáneas de cosechas”. También “reforzar las redes de almacenamiento y comercio de alimentos para reducir el riesgo, así como crear mejores condiciones para ayudar en emergencias alimentarias”.

A nivel local, muchos países podrían beneficiarse de una mayor autosuficiencia alimentaria, pero para hacerlo deberán en muchos casos revertir décadas de políticas neoliberales que han hecho que grandes partes del mundo dependan de la importación de alimentos y estén más a merced de los extremos climáticos y de las subas de precios.

“El sistema alimentario debe adaptarse en su conjunto al cambio climático. Las nuevas y mejores variedades de cultivos y formas de cultivar pueden ayudar, sobre todo si tienen en cuenta las necesidades de los pequeños agricultores más vulnerables, a los que las grandes empresas de mejora de cultivos suelen pasar por alto”, agrega Kornhuber.

No obstante, los autores del trabajo destacan que ante la creciente probabilidad de que se produzcan fenómenos extremos y simultáneos, la adaptación de la agricultura es sólo la mitad de la solución. “Si el equilibrio entre buenas y malas cosechas ya no puede darse por sentado, será necesaria una amplia cartera de adaptaciones complementarias para mantener un suministro estable de alimentos”, concluyen los autores.

(Con información de la agencia de noticias AFP)

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