31 de octubre de 2020 5:00 hs

Cerrar, abrir, cerrar, abrir; así pareció resumirse el destino de las canchas de fútbol 5 de Rivera en los últimos siete meses. Mientras que en Montevideo y en gran parte de Uruguay la pelota volvió a rodar antes, en el departamento del norte la reapertura definitiva todavía no es un hecho. ¿La razón? Los cuatro brotes de coronavirus y la preocupante situación sanitaria de Brasil.

La bombonera es uno de los complejos deportivos que viven esta realidad. Cristian Viana, quien paga mensualmente desde febrero un combo de $16.000 por el alquiler de la cancha y su casa, reconoció que la pandemia lo agarró en “el peor momento”.

Empleado de un supermercado, Viana es la única fuente de ingresos en su casa desde que su esposa se quedó sin trabajo. Ella aún no volvió a tener empleo porque, explicó, “se iba a dedicar a la cancha”, pero hay un problema: los retornos económicos de su negocio son inexistentes. 

Con la plata del despido de la mujer, la pareja pagó los arreglos de un local que, si bien tenía la estructura armada, necesitaba cambios en las redes, las luces y el terreno. Desde ese entonces, salvo por la inauguración que realizaron entre amigos, no recibieron a ningún invitado más.

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Viana se mostró con dudas, intentó buscar una única razón para justificar la nula concurrencia, pero no pudo: “No sé si será porque la canchita nuestra es de pasto natural y hoy en día prefieren más el pasto sintético… El antiguo dueño, que falleció, dejó que se pelara y quedara todo tierra, entonces quedó con esa fama. Pero ahora está con césped nuevo y anda todo bien. No sé si es eso, o si es el tema de la pandemia, pero nos está yendo recontra mal”, argumentó.

El Polo es otro de los complejos deportivos que sufrieron las consecuencias de la crisis sanitaria. Según explicó un trabajador de la cancha, que prefirió no revelar su nombre, tuvieron que clausurar sus puertas dos veces en el año. “La primera vez cerramos 20 días en marzo. Fue por miedo, porque supuestamente una persona de Montevideo, que anduvo por Rivera, tenía el virus. Después vinieron las cuentas, reabrimos, pero en junio tuvimos que suspender de nuevo por la ola de casos que apareció”, dijo. El funcionario vive en un asentamiento y recibe un salario de $15.000 por ir a trabajar al lugar, monto que, detalló, le sirve “como una changa más”. Pero en los últimos seis meses su situación empeoró: no fue a seguro de paro, no le redujeron el sueldo ni el horario y no cobró por meses pese a que estaba en caja cuando el fútbol paró. 

Un arreglo con sus patrones fue el motivo que explicó su pensamiento: “Hicimos un acuerdo y tuvieron que cerrar la empresa porque pagaban muchos impuestos. Pienso que igual me deberían haber pagado en ese tiempo”, opinó.

Decepcionado por no cobrar el sueldo habitual por algunos meses, confesó que “económicamente fue un paso cruel”, aunque enseguida justificó la acción con las bajas reservas que recibieron las canchas durante los primeros meses: “Acá, lo máximo que se marca normalmente son cuatro horas, nunca se trabaja más de eso. Pero cuando reabrimos, reservábamos apenas una o dos. Además, había mucho gasto en manutención, era complicado todo, se entendía”, explicó.

Prueba y acierto

La cancha Shalom, también de Rivera, entró en un juego permanente de ensayo y error. Luego de cerrar en marzo y reabrir en setiembre, cerró de nuevo a principios de octubre por un nuevo rebrote de contagios en el departamento.  Desde el establecimiento confirmaron a Café y Negocios que un caso positivo detectado allí fue la razón que desencadenó el segundo cierre. Según indicó esa fuente, el hombre era asintomático y supo de su positivo luego de contagiar a su hijo. Fue entonces cuando los nueve jugadores que compartieron cancha con él debieron ser testeados, sin obtener resultados positivos.

En Montevideo la situación no se mostró distinta, al menos en los tres primeros meses, desde la detección del primer caso de coronavirus. De hecho, desde el punto de vista sanitario es aún peor: sigue siendo el departamento con más casos activos de Uruguay.

Leonardo Carreño

El panorama económico de Punto Gol Fútbol 5 (Villa Muñoz) también se agravó, aunque a diferencia de lo que pasa en Rivera, ahora tiene una concurrencia similar a la que promediaba en cualquier año corriente.

El 13 de marzo, mismo día que el gobierno declaró la emergencia sanitaria, el inquilino José Toma decidió ponerle una pausa a las reservas de su cancha y salón de fiestas, pero el alquiler no se le flexibilizó. Durante dos meses y medio debió pagar una suma superior a $100.000 mensuales pese al detenimiento de la actividad.
A eso se le sumaron sus dos empleados que, tras no poder mantenerles el sueldo  —reciben $800 por jornal—, tuvo que mandarlos al seguro de paro. Ellos no volvieron hasta mediados de junio, donde la actividad, sostuvo, se había “normalizado” hasta alcanzar al menos siete reservas diarias.

En Tres Cruces, el panorama de una cancha fue casi igual. Su responsable siguió todas las medidas sanitarias posibles, despidió a un trabajador, envió al seguro de paro a otro que volvió en junio y le pagó “como si hubiese trabajado igual”, y sobrevivió gracias al trabajo de su mujer. 

Las pérdidas de su negocio, por el que paga $90.000 mensuales en alquiler, rondaron los US$ 15.000 desde el 13 de marzo. A eso se le sumaron las bajas en los cumpleaños. “Ya no hacemos porque capaz un vecino nos denuncia y nos clausuran”, dijo.

Pese a que entiende que pueden haber semanas de incertidumbre ante un fenómeno como el covid-19, al inquilino le parece “inaceptable” que el gobierno aún no haya flexibilizado las exigencias a colegas que están en su misma situación. “Dar adelantos, como pagar el 40% de luz y financiar el otro 60%, no es un beneficio, sino seguir endeudándote más. Podrían habernos dicho ‘los impuestos fijos no se los vamos a cobrar porque están cerrados’, pero no nos dieron flexibilidad de nada”, dijo, y agregó que estas cuestiones, sumadas a un protocolo de seguridad, fueron planteadas en una reunión que mantuvieron integrantes de más de 100 complejos deportivos con el subsecretario de Deporte, Pablo Ferrari, y el ministro de Trabajo, Pablo Mieres, según supo Café y Negocios. 

En Artigas, si bien los positivos no son un problema, el parate del fútbol presentó casi la misma incertidumbre para Delfir Suertegaray, un retirado policial que tiene una cancha en el fondo de su casa y cerró sus puertas cuando fue notificado por la Policía.

Suertegaray, que cobra $320 por hora en su cancha de fútbol cuatro, aseguró que desde marzo a mayo casi no recibió clientes y sus pérdidas rondaron los $55.000. Aunque ahora su situación no parece haber cambiado demasiado: “Por mes pierdo alrededor de $15.000 y $20.000”, detalló, y explicó que el rédito de su negocio es casi nulo porque a esas pérdidas mensuales no las contrarrestan los $2.000 o $3.000 que recibe por reservas. 
Con un promedio de cuatro horas de lunes a domingo, explicitó que en invierno trabaja casi el doble que en verano. Pero eso sí: este año fue la salvedad por la pandemia. 

Sin embargo, como dueño de las canchas Agua en la boca, eligió quedarse con lo positivo: recordó que apenas reabrió recibió dos reservas y valoró no estar obligado a cubrir un alquiler —tiene el complejo en el fondo de su casa— ni tener que pagarle a empleados.
Para un colega de Suertegaray, radicado en el mismo departamento, el parate fue algo distinto. Cuando volvió a abrir notó una fuerte presencia de “público joven”, que casi no respetaba ninguno de sus protocolos. 

Pero ese no fue el único problema. También debió cargar con el “60% o 70%” del sueldo de sus dos empleados, un sereno y una persona que anotaba los horarios, porque el seguro de paro solo le complementaba una parte.

Un trabajador de Colonia —tercer departamento con más contagiados— describió la situación de sus canchas de fútbol 5 especificando cómo fueron los procesos de cierre y reapertura. “Cuando nos ordenaron cerrar, cerré. Después pregunté para abrir las canchas al secretario de Deporte de Colonia, que nos pasó el protocolo y lo seguimos. Fue una recomendación, pero el tema social estaba muy fuerte, entonces si permanecías abierto era medio suicida”, dijo. El hombre, que prefirió no especificar el nombre de su cancha, señaló que no vive de ese negocio y que si no fuera por sus otros ingresos, se le hubiera complicado. Pero la crisis sanitaria parece haberlo afectado menos de la cuenta en comparación a otros centros deportivos. Y es que, durante los dos meses que estuvo “parado” y “era todo pérdida”, recibió el beneficio de que no le cobraran el alquiler.

El miedo

Pese al retorno de la actividad, el encargado señaló que aún hay gente que no está dispuesta a volver, y lo entiende. “No todo el mundo quiere jugar. Hay gente que tiene miedo. Por ejemplo, hay un grupo de veteranos que tienen miedo por ser personas de riesgo y no van. Pero en general, ahora que se está liberando un poquito más la cosa, la gente va”, sostuvo.

Un colega del coloniense, que tiene su predio en la zona de Altos de San Carlos, coincidió y detalló a Café y Negocios que la reapertura de su local se dio el 12 de mayo —después de dos meses de cierre en los que perdió $70.000 por mes— porque si abría antes quedaba “mal parado”.

Leonardo Carreño

“Colonia es chico y si abrías antes te linchaban. No podías abrir, y si lo hacías había dos opciones: o la gente no iba o quedabas mal vos. Estaba todo parado y la reapertura fue lenta, llegó mucho después que en Montevideo”, destacó.

A quien no le costó demasiado la reanudación fue al dueño de Don Balón, en San José, quien evitó mencionar su nombre. Pese a que apoya al gobierno nacional, consideró que no lo “escucharon ni ayudaron” en nada durante el mes que permaneció inactivo y perdió $300.000.

A diferencia de otros responsables del fútbol 5 que se quejaron por la baja asistencia desde la reactivación, el propietario notó que la vuelta del público en su negocio se dio de inmediato y lo ayudó en la recuperación: “La gente quería jugar enseguida. Fue impresionante. Horas que estaban muertas, como las 16 o 17, las jugaban igual. Venían gurises del baby o gurisas del fútbol de mujeres que no tenían nada que hacer”, explicó.

Duchas inhabilitadas, consumo de bebidas prohibido y alfombras desinfectantes, fueron algunas de las prevenciones que tomó el dueño que, preocupado, manifestó que “la gente es inconsciente igual”.

En Cerro Largo los protocolos sanitarios no fueron denominadores comunes en algunas de las canchas. Un ejemplo se da en el barrio Agua Hermosa, donde un propietario, que no siguió ninguna medida de prevención, tampoco piensa en crear un protocolo a futuro.

Quizás esa sea una de las razones que explique la baja concurrencia a sus instalaciones: hasta hace tres meses no tenía reservas y “casi que a cualquier hora estaba libre”, y desde hace dos semanas apenas recibe dos diarias.

Con una pérdida del 50% de sus ingresos desde que reabrió, argumentó que, para su suerte, no perdió más por no tener empleados. 
“Tengo la ventaja de vivir en donde tengo las canchas. (...) Soy policía, entonces si estoy en la comisaría trabajan mi mujer o mi hermana”, explicó.

La contención de los contagios en Salto situaron al dueño de una de las principales canchas de allí cerca del melense, pero distante en las medidas de seguridad y la concurrencia. 
Según destacó a fines de marzo el presidente de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE), Leonardo Cipriani, Salto fue el “mejor ejemplo” de lo que pasó en Uruguay, donde por “hacer bien las cosas” se detuvo la expansión del virus. Eso, además de favorecer al salteño en el plazo de reapertura, le permitió promediar en poco tiempo casi las mismas reservas que antes del inicio de la pandemia. 

Presionado por el cierre de otras canchas, el dueño tuvo que cerrar por 50 días, tiempo en el que los ahorros de su billetera jugaron un papel importante. “Perdés los costos fijos, todos los gastos que tenés normalmente los seguís pagando igual, pero de tu bolsillo, porque tenés cero de ganancias”, sostuvo. 

Esbozando una actitud de confianza y tranquilidad, dijo que confió en el control del coronavirus, pero al mismo tiempo, admitió que fijó un protocolo de prevención que no solo incluyó al alcohol en gel sino que también deshabilitó la cantina y evitó que paguen entre varias personas —ahora un solo jugador se encarga de hacer el pago de la hora y de dejar un teléfono para quedar en contacto ante cualquier imprevisto. 

El ejemplo sanitario en Maldonado es similar al de Salto. Aunque el departamento del este ha tenido más casos confirmados desde el inicio de la pandemia (66 contra 23 hasta este martes), la cantidad de personas que cursan el coronavirus es casi la misma. Pero la situación de Jorge Gónzalez, titular de Fútbol 5 La Ruta, es bien distinta desde lo económico.
Tuvo pérdidas de casi $60.000 semanales por cuatro meses, ya no alquila el salón de cumpleaños en su local —por el que ganaba alrededor de $28.000 mensuales, alquilándolo a $7.000 y promediando cuatro reservas al mes— y debe sostener “gastos muertos” en impuestos de casi $35.000.

González, que cobra $1.200 los 60 minutos en su cancha, reserva un máximo de tres horas por día y desde mediados de marzo perdió un bonus extra de $48.000 que generaba dos veces al año por organizar torneos.

Pese a los 378 kilómetros que separan a Maldonado de Soriano, en un complejo de Mercedes los números no están tan lejos. $25.000 de alquiler, más otro tanto en luz y agua, son los costos fijos que debe sostener su propietario, dueño de dos canchas, que ahora promedia 35 reservas por semana a $1.000 la hora (casi cinco por día).

La promesa de seguridad

Desde el 13 de marzo hasta el 12 de mayo estuvo cerrado, pero desde que reabrió, al contrario de González, no tuvo más inconvenientes. 
Ni siquiera con el brote de casos que tuvo Soriano en octubre. “La gente preguntó si seguíamos abiertos y yo decía que sí, que alquilaba el local, no el virus. Yo podía prometer que iba a desinfectar y que al que le saltara el virus iba a quedar anotado. Hemos tomado precauciones y, aparte, tengo las canchas en un lugar abierto”, aseguró.

En Tacuarembó, en tanto, la propietaria de las canchas Más Oxígeno, relató que estuvo cinco meses cerrada, tiempo en el que su “única ventaja” fue prescindir del alquiler. El resto, fueron solo dolores de cabeza, explicó. 

Con una empleada de la familia trabajando en el complejo, la dueña, que es también odontóloga, debió “darle una mano” y sostener, aparte, más de $6.000 fijos en aportes y cerca de $2.000 mensuales en luz. 

Leonardo Carreño

Aunque pasó a no tener casi ninguna en plena pandemia, las reservas, por las que cobra $900 la hora, no fueron el principal problema para la tacuaremboense. 
Su verdadero inconveniente estuvo en la falta de cumpleaños, eventos que le dejaban en promedio más de $45.000 al mes y por los que ahora casi no hay demanda.

El fútbol profesional volvió el 15 de agosto. Pero la vuelta a la normalidad del fútbol 5 aún no es un hecho en algunos departamentos. La incertidumbre se mantiene, los propietarios quieren volver al éxito y los jugadores a jugar, pero el coronavirus no promete irse en el corto plazo. 

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