Después de dos décadas de intentos frustrados y acuerdos incumplidos, es alentador que 196 naciones se hayan comprometido a detener el deterioro climático del planeta y el medioambiente, fuente de desastres que golpean a la población mundial y amenaza agravarse para las generaciones futuras. Pero la ausencia de sanciones a los países que renieguen de la obligación contraída debilita la certeza de su cumplimiento y de los plazos fijados, así como el optimismo con que fue presentado el documento final de la cumbre concluida en París. El problema mayor es el calentamiento global por el llamado efecto invernadero, generado por la emisión de gases por combustión de combustibles fósiles, especialmente petróleo. Inciden también el descuido contaminante en explotaciones agrícolas y el desequilibrio ambiental por la deforestación descontrolada.
El complejo acuerdo, alcanzado a último momento cuando parecía trancado, compromete a las naciones con mayores culpas a reducir la emisión de gases y a las más poderosas a ayudar financieramente a las emergentes para atenuar el calentamiento del planeta y proteger su ambiente. El punto que facilitó el acuerdo final fue abstenerse de imponer castigos a los países incumplidores, tema que era un lógico objetivo inicial. Se nombrará una comisión que investigue cada dos años si todos cumplen lo establecido. Pero, si no lo hacen, no es mucho el margen de acción contra los responsables, especialmente los más poderosos.
Dos grandes potencias como China y Estados Unidos son los mayores emisores de gases, junto con otros países altamente industrializados. Mejorar agudamente esta situación les impondrá una drástica reestructura interna, con reemplazo del petróleo y otros combustibles sólidos por formas de energía limpia en sus fábricas y en sus gigantescas flotas de vehículos. A las dificultades de esos países se agrega la renuencia de los Estados productores de petróleo. Las economías de Rusia, Venezuela, Irán y gran parte del mundo árabe dependen de esa producción y se ven adicionalmente amenazadas por el sostenido derrumbe del precio del petróleo, que reputados analistas estiman puede caer hasta a US$ 20 el barril, después de haber superado largamente los US$ 100.
Uruguay, como quedó demostrado en París, es un ejemplo mundial en cuidado del medioambiente gracias a la modificación de su marco energético, centrado en fuentes limpias, como la eólica, la hidroeléctrica, la solar y la de biomasa. Pero los avances de nuestro país son apenas una gota de agua en una crisis de alcance global. El peligro no es solo el calentamiento global, culpable de los desastres naturales que en forma creciente estallan en diferentes puntos del planeta. Incluye también la contaminación ambiental de las explotaciones del agro, insustituibles para alimentar saludablemente a una población mundial que se estima saltará de 7.600 millones a 9.000 millones en los próximos 30 años.
El mundo entero ha asumido ahora el compromiso de corregir descuidos e imprevisiones que vienen desde el comienzo de la era industrial hace casi dos siglos. Pero está por verse que ese reconocimiento sea seguido en los años venideros por las medidas correctivas acordadas en París. Todo depende de que se aplique ahora una sensatez que ha faltado en los acuerdos previos sobre calentamiento y deterioro global para evitar una catástrofe que pone en riesgo el futuro del planeta.