21 de marzo de 2014 1:22 hs

Lo ocurrido con la agricultura y en particular con la soja en Uruguay es parte de un proceso de enorme escala que transformó la región, cuyo epicentro estuvo en Argentina y Brasil, y que nuestro país absorbió con oriental rapidez.

Quiero resaltar al menos dos particularidades de ese proceso: 1. Tenemos mayores cosechas en la región explicado por varios factores, siendo el más relevante la incorporación de nuevas áreas volcadas a la agricultura; 2. Hubo un crecimiento más vigoroso en la producción de oleaginosas que en la de los cereales, y también más cultivos de verano que de invierno. Esas dos características seguirán condicionado los próximos años.

Antes de ilustrar con algunos números. Vi por primera vez un cultivo de soja en Argentina a fines de los noventa, momento en que la adopción de los cultivares genéticamente modificados y de la siembra directa crecían a tasas aceleradas ocupando ya algunos millones de hectáreas. Yo no había encuadrado aún el título de ingeniero agrónomo, las referencias internacionales de la soja eran de US$ 140 la tonelada (era analista del mercado para entonces), y acá casi no sabíamos de qué se trataba ese producto. Quizás explicarle hoy a un joven lo que era el mundo agrícola con y sin soja sea como intentar transmitirle cómo eran las cosas con y sin internet, o la comunicación con cabinas telefónicas en lugar de celulares. Difícil comprenderlo. Lo cierto es que ahora escuchamos a diario los cierres y es indiscutible el rol de la soja, cuyo nombre botánico es Glycine max, desde la chacra hasta el ámbito económico de una nación. Las balanzas comerciales de los países de esta región son soja dependiente (anote este poroto Sr. Político).

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Desde el año 2000 a la fecha, Argentina pasó de 10 a 20 millones de hectáreas, y Brasil de casi 14 a 29,5 millones. Tasas de crecimiento superiores al 5% anual. Entre ambos países, agregaron casi 1,7 millones de hectáreas por año, hasta llegar a las 49,5 millones actuales. El resto de los países –Paraguay, Uruguay y Bolivia– suman unas 5,5 millones de hectáreas. Nuestra dimensión: a) Argentina y Brasil plantan tres Uruguay entero solo de soja; b) representamos apenas el 2,3% de la superficie sembrada regional.

De este modo, la cosecha sudamericana de soja alcanza hoy el 55% del total mundial. Decir que la producción de cereales en ese grupo apenas participa con el 6% mundial, nos permite calibrar la relevancia de la oleaginosa. Quizás no hubo crecimientos tan expresivos en otro lado. Ni siquiera en los Estados Unidos en el período de la revolución verde.

La expansión sudamericana se ha dado claramente por más frontera agrícola. Y desde hace un tiempo se suma la intensificación: elevar los rendimientos y la producción por superficie. Todavía es esperable que sigan potenciándose ambos efectos. Fijémonos el camino a recorrer: estos países producen cerca de 300 millones de toneladas de granos y oleaginosas, cuando Estados Unidos supera los 460 millones. La brecha es grande.

Otra característica de la evolución agrícola de la región es que se ha volcado, contrariamente a lo ocurrido en otras partes del mundo, hacia una proporción mayor de oleaginosas en comparación con granos y cereales. Por ejemplo, Estados Unidos produce cuatro toneladas de granos y cereales por cada tonelada de oleaginosas, mientras que en los países de la región esa relación es cercana a uno. Esto es un tema estructural, condicionado por múltiples factores.

Seguiremos viendo mayores cosechas y desarrollo, aún con todas las decenas de limitantes que uno quiera listar. Porque se incorporará más superficie, habrá mayor productividad, nueva genética y tecnologías de altísima precisión y eficacia, gestión más avanzada. No podemos aislarnos del proceso territorial, nos seguirá arrastrando como hasta ahora y lo mejor que podemos hacer es entender su naturaleza. Nos guste o no, con sus ventajas y desventajas, el lenguaje y la cultura de la soja ha sido, quizás, el elemento más unificador de los países del Mercosur. Lo que cambiará serán los desafíos y lo que debemos hacer es seguir pensando cómo adaptarnos, superarlos y continuar generando valor.

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