Nacional campeón. Por mandato de la historia. Por el peso del presente. Y por sentimiento de pertenencia. Con los jugadores festejando en la cancha y los hinchas en las tribunas, como debe ser. Con el
Parque Central vestido de fiesta y con otro trofeo que va a parar a las vitrinas de 8 de Octubre.
Las cuentas se pueden hacer de infinitas maneras. Pero si hubo un antes y un después en el fútbol uruguayo desde que Peñarol ganó su quinquenio entre 1993 y 1997, el después dice que el que manda es Nacional porque desde 1998 a la fecha –con la disputa de 20 torneos– los albos ganaron 11, los aurinegros cinco, Danubio tres y Defensor Sporting uno.
Si los números se circunscriben solo al presente siglo, Nacional está 9 a 4 sobre su tradicional rival y en esta década 4 a 2. Se la mire por donde se la mire, esta época tiene tres colores: rojo, azul y blanco.
Hay muchas razones que explican este suceso que va más allá de esta vuelta olímpica. Pero hay una que sobresale por encima de todas: la cantidad de jugadores del club en roles protagónicos a lo largo de la campaña.
El primero como jugador clave de la defensa, el pilar sobre el que este Nacional de
Martín Lasarte edificó su conquista tras perder como visitante dos de los tres primeros partidos del certamen (Danubio en Jardines y Liverpool en Belvedere).
El segundo como jugador determinante cada vez que fue llamado a intervenir, que retornó al club a los 35 años y que terminó como máximo anotador albo en el campeonato junto a Sebastián Fernández.
Y después están los otros que representan el sentimiento tricolor: el Colo Santiago Romero, Diego Arismendi y el Pacha Espino que a diferencia de los dos primeros no fue titular inamovible pero que terminó siendo clave como cuando abrió el triunfo la semana pasada ante Juventud.
La política de contrataciones que la actual directiva siguió como una prolongación de lo que se hizo bajo el mandato de Eduardo Ache también es otra clave de este campeonato donde a lo bueno que ya se había traído –Diego Polenta, el estandarte de este ciclo, Esteban Conde, Gonzalo Porras o Sebastián Fernández– se sumaron Hugo Silveira, Tabaré Viudez, Sebastián Rodríguez –un talento dosificado– y Brian Lozano, que no rindió de acuerdo a sus antecedentes en Defensor Sporting.
Kevin Ramírez terminó de explotar tras un buen semestre anterior con Gustavo Munúa.
Y la apuesta de Ligüera que parecía arriesgada por la edad del futbolistas terminó siendo vital en la campaña.
El estilo de Lasarte –más conservador del que pretendía Munúa– fue una apuesta en marcha atrás si el parámetro era la clasificación a cuartos de final que se consiguió este año y la eliminación por penales ante Boca Juniors como visitante.
Pero como la apuesta era volver a ser campeón uruguayo –rubro en el que Munúa terminó fallando– el objetivo se cumplió.
Lasarte logró construir un equipo sólido en defensa tras los traspiés iniciales. Y a partir de esa solidez construyó un equipo que se hizo fuerte jugando de local y que contó con individualidades desnivelantes, más allá del volumen de juego colectivo, donde hay mucho "por mejorar" según las propias palabras del entrenador.
Es cierto que el valor de esta conquista es relativa. Fue un título a una rueda sola y el clásico –sí, nada menos– no se jugó por incidentes protagonizados por la hinchada rival minutos antes del comienzo del partido.
Y no es menos cierto que Nacional debe elevar su mira internacional para dejar de ser definitivamente un equipo que participa –con su récord consecutivo– para ser el equipo que protagoniza. Lo de 2016 fue un paso importante. Habrá que ver si con este estilo pragmático le da para ser competitivo a nivel internacional. Lo que es cierto es que a nivel doméstico le volvió a alcanzar. Y por eso volvió a dar la vuelta.