El narcotraficante uruguayo Sebastián Marset está en fuga. A la hora de escribir estas líneas escapa de las fuerzas especiales de la policía boliviana y la Interpol tras huir de su residencia en Santa Cruz de la Sierra.
Nadie sabe su paradero. La información periodística indica que está protegido por custodias de origen brasilero relacionados con la poderosa organización criminal Primer Comando Capital (PCC). Si ya no lo hizo, se teme que logre escapar de Bolivia y vuelva a esfumarse.
La historia del narco uruguayo más célebre irrumpió en la conversación pública nacional cuando el episodio del otorgamiento de un pasaporte uruguayo al momento de estar retenido en una cárcel de Emiratos Árabes Unidos por haber ingresado al reino árabe con un documento falso.
El pasaporte otorgado, que permitió su salida pocas horas antes de ser extraditado al Paraguay donde estaba requerido, generó un dolor de cabeza importante al Ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo y al del Interior. Tanto que derivó en una interpelación en el Parlamento al canciller Francisco Bustillo y la posterior renuncia de la subsecretaria Carolina Ache.
La trama del otorgamiento del pasaporte desfundó la historia de este uruguayo que operaba ilegalmente en el centro del continente sudamericano con ramificaciones por todos lados. La información —por ahora confusa— lo sindican como la cabeza de una organización criminal que colocaba cargamentos de cocaína en Europa. Algunos medios hablan de que llegó a ingresar droga en el viejo continente por un valor estimado superior a los US$ 500 millones en los últimos cinco años.
Antes del capítulo del pasaporte en Emiratos el presidente de Colombia Gustavo Petro lo acusó de ser el autor intelectual del asesinato del fiscal antimafia contra el crimen organizado paraguayo, Marcelo Pecci, cuando estaba de luna de miel en una playa de Colombia. Los sicarios llegaron en una moto de agua y lo acribillaron sin piedad en la arena.
“La investigación sobre el asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci cometido por el narcotraficante uruguayo Marset en territorio colombiano demuestra que hace mucho el narco dejó de ser un problema bilateral colombo-estadounidense y es hoy un problema americano y mundial”, escribió en su momento en Twitter el mandatario de izquierda a poco de asumir el poder el 7 de agosto de 2022.
Le asiste razón a lo que concluye Petro en su tweet. El problema del narcotráfico hoy no es de un solo país. Se ha internacionalizado. Ya no es Colombia y México: Ecuador hoy es tierra de nadie, albaneses y cárteles mexicanos se disputan entre sí el territorio desestabilizando al gobierno, en Perú crece, Rosario en Argentina está descontrolada y en Paraguay están metidos en altas esferas del poder político y hasta los vinculan con un expresidente. Todos interconectados entre sí y con las mafias de Brasil.
Un año después del tweet de Petro, su hijo Nicolás se encuentra detenido acusado de lavar dinero del narcotráfico para financiar la campaña electoral de su padre, actual ocupante de la de Casa de Nariño. Nicolás Petro reconoció ante la Fiscalía que parte de los fondos irregulares por los que está procesado fueron utilizados en la previa de las elecciones 2022. Según narran los cables noticiosos, entre los aportantes para la campaña figuran narcotraficantes y controvertidos empresarios.
Vayamos por partes: fiscal antimafia asesinado a sangre fría por sicarios en la luna de miel, presidente colombiano involucra como presunto autor intelectual a un potente narcotraficante uruguayo que operaba desde Paraguay y que había fugado por un pelo de los Emiratos Árabes Unidos. Sujeto que aparece meses después en una cuenta de TikTok jugando al fútbol profesional en una liga local de Santa Cruz de la Sierra donde es cercado por la brigada antinarcóticos boliviana y logra escapar en autos de altísima cilindrada, dejando detrás un arsenal de armas. Desde su escondite desconocido del continente envía amenazas a periodistas que informan sobre su persona y acusa a las autoridades que lo persiguen de haberlo ayudado a escapar.
Todos los ingredientes para armar la serie de HBO perfecta de las contradicciones que vivimos los latinoamericanos en relación con las consecuencias de la fracasada lucha contra las drogas y todo lo que la rodea: lavado de activos, corrupción, extorsión, soborno, sicariato y miedo.
A comienzos de año visité el Museo del Oro en Bogotá. Se trata de un edificio de varios pisos donde se recorre la historia del pueblo colombiano a través de diferentes piezas y ornamentos del oro desde épocas inmemoriales hasta la colonización española. Su guía, un joven antropólogo proveniente de un hogar humilde que en algún momento simpatizó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) hoy desmovilizadas, dice que lamenta que su país sea conocido en el mundo por Pablo Escobar.
“Colombia es muchísimo más que eso”, sostiene y deplora que haya camisetas con la cara de Escobar, series de Netflix y hasta cierto culto a ese controvertido personaje.
Junto al mexicano Chapo Guzmán, hoy extraditado a Estados Unidos, Escobar es el prototipo del narco célebre. Del hombre hecho de abajo que a fuerza de determinación, plomo y sangre logró arrodillar al Estado montando ejércitos paralelos e infraestructuras financieras capaces de corromper o amedrentar a todo aquel que se interpusiese en su camino.
Aunque el final es incierto, todo indica que el uruguayo Marset cuyo prontuario incluye un pasaje por las cárceles uruguayas donde habría hecho los contactos necesarios antes de instalarse en Paraguay, va camino a convertirse en uno de estos personajes que inspiran novelas, películas y cierta leyenda popular.
Pero Marset no es el problema. Es el síntoma. Síntoma de la débil institucionalidad de nuestras democracias sudamericanas; de lo expuestos que están nuestros estados al cáncer de la corrupción y a la carencia de recursos y capacidades necesarias para evitar que estos “fuera de la ley” aniden y crezcan.
Desproporcionada ambición personal, institucionalidad frágil, policía no especializada, cárceles que ofician de escuelas del delito, ausencia de controles para el lavado de activos y poblaciones marginadas y marginales. Barriadas enteras lejos de la protección del Estado de Derecho que sirven de caldo de cultivo para que estas fuerzas ilegales con poder las atemoricen, amordacen y usen para esconderse y desde ahí seguir creciendo en el mundo del delito. Todo un combo imperfecto aderezado con la creciente, sostenida y millonaria demanda por drogas ilegales en el mundo entero donde se cumple una máxima básica de la economía: allí donde hay demanda habrá oferta.
Uruguay miró durante décadas la película del narco en México y Colombia como una de esas que pasan allá lejos, en otros países. Como en tantas cosas en el fondo creíamos que nunca iba a aterrizar en estas tierras tan lejos de todo. Pero como todo, un día finalmente llegó.
¿Y ahora qué hacemos?