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Parásito en la Casa Blanca

Hasta Donald Trump se ha referido a la película surcoreana, fenómeno mundial 

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29 de febrero de 2020 a las 05:02

La lógica de la belleza, es que no tiene ninguna. Su posible definición acepta varias acepciones. Por si fuera poco, al arremeter contra el status quo, la modernidad debilitó los juicios definitivos respecto a cualquier obra de arte. Con sus magistrales disparates que anticiparon una época, Marcel Duchamp zanjó la cuestión divisoria –antinomias de por medio–, de lo bello y lo feo, mediante la creación de objetos que impusieron una estética contra cultural. El arte liberó las opiniones, las democratizó, por lo que hoy en día, a la hora de evaluar un hecho estético, prevalecen parámetros personales no siempre fundamentados. El criterio parte de una subjetividad inconstante y volátil, y por lo general poco entrenada para emitir un veredicto categórico o disentir con argumentos válidos. De ahí que haya quienes se emocionan con una polka, algunos con Porgy and Bess, muchedumbres con Maluma, y otros, minoría, con la Sinfonía No. 2 de Gustav Mailer, la extraordinaria Auferstehung o Resurrección, una de las piezas musicales de mayor sublimidad que se han escrito y que obliga al espíritu a recurrir a la mente para captar la belleza en todo su esplendor formal ajeno a lo predecible. 

Así pues, ante un hecho estético caracterizado por la radicalizada subjetividad del procedimiento, queda de manifiesto lo difícil que resulta argumentar las opiniones personales, sobre todo aquellas relativas a cualquier creación artística que se salga de la norma. Aunque, claro está, siempre es posible delimitar los componentes formales que conciernen al diseño y forma del objeto artístico evaluado, justamente, los que permiten definir su posible grandeza y originalidad de fondo. La Sinfonía No. 2 de Mahler es apabullante por su forma y por estar cargada de gestos estéticos innovadores, a los cuales nunca podrá igualar una polka o cualquier canción en boga cuya finalidad no pasa de congregar a multitudes de seres humanos en una pista de baile.

Por consiguiente, en cada obra artística, sea ya una película, un poema, una escultura o una obra musical de corta o larga duración, etcétera, hay un nivel de elaboración formal –o falta de esta–, demostrable en el resultado final, en el todo formal que sobresale, con sus desvíos intencionales en la atención y sus múltiples efectos en la percepción. En este aspecto, y a modo de ejemplo, resulta indiscutible que en La Gioconda, Las Meninas, o Before the Masked Ball, de Max Beckmann, la complejidad involucrada no se compara, por ejemplo, con la reproducción rasa y sin desquiciamiento formal alguno de la célebre lata de sopa Campbell pintada por Andy Warhol, o por alguno de sus ayudantes, pues ya para entonces hasta la noción de autoría estaba en disputa, en fase de desaparición.

A partir de Duchamp, y del dadaísmo, se impuso sin demasiado esfuerzo la política estética del todo vale. Con tal de que prevalezca cierta originalidad o grado de innovación a manera de recomienzo incesante, cualquier cosa puede pasar por objeto artístico. En tiempos de farándula y cameo appearances, que han estelarizado a figuras de dudosa originalidad, casos de Damien Hirst, Jeff Koons o Ai Weiwei, nuestros contemporáneos, la devaluación del criterio estético es moneda corriente y las monedas que se pagan por el arte carente de trascendencia son de oro y suman fortunas.

En ese contexto hipócrita, empeñado en hacer pasar gato por liebre y promover por todos los medios la falta de criterio, también el cine es víctima de la época. Igual que las demás disciplinas artísticas, está siendo afectado por la poderosa tendencia a minimizar la diferencia entre una obra de arte elaborada con rigor y audacia, aquella con una poética estética de fondo, y todo lo restante que pasa por artístico y obtiene renombre, favorecido por el estado de confusión generalizada. Dadas las circunstancias, por un determinado periodo temporal, que raras veces supera los seis meses, se elogia de efusiva manera a una película, se le otorgan premios de todo tipo, pero luego se la olvida con la misma rapidez con que fue elogiada. 

¿Quién se acuerda hoy de El Artista, de La vida de Pi, de Gravedad, de Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, de El renacido, de La La Land: una historia de amor, de La forma del agua? Durante la pasada década gozaron de todos los elogios, del reconocimiento del Oscar, y generaron a diestra y siniestra comentarios efusivos que hoy en día se asemejan al colmo de la inexactitud y del arbitrio. Las reseñas críticas sobre los filmes citados fueron un capricho de la inconsecuencia. A los efectos de ratificar o invalidar el presente comentario, intenté verlos por segunda vez, pero no conseguí pasar de los primeros minutos. Ninguno logra sostenerse, por carecer de ese plus estético llamado “aura” y que garantiza la vigencia absoluta, la que han conseguido las películas de Buñuel, Antonioni, Sam Peckinpah o Theo Angelopolus.

¿A qué categoría pertenece la multi premiada Parasite? ¿A la primera, la del espejismo de lo desechable a corto plazo, o a la segunda, a la del cine con patente de eternidad? El tiempo dirá, aunque el juicio crítico permite vaticinar que integrará la escueta lista de películas que, además de ganar varios lauros, tienen durabilidad estética a prueba de modas. Por otra parte, Parasite ha generado una repercusión insólita, además de la lograda en las salas cinematográficas. Durante un acto político, a falta de tema mejor, Donald Trump comentó para algarabía de las masas adictas a los filmes de golpe y porrazo de Marvel: “¿Qué tan malos fueron los premios de la Academia este año? El ganador es: ¡una película de Corea del Sur! ¿De qué demonios se trataba todo eso?” 

En Corea del Norte, el sitio web de propaganda comunista RPDC Today, dijo que Parasite estaba haciendo “que la gente se diera cuenta nuevamente de que el sistema capitalista es una sociedad podrida y enferma con un tumor maligno de ricos y ricos y pobres, una sociedad sin esperanza o futuro”. En Japón, el diario Choson Sinbo, pro régimen de Corea del Norte, comentó en tono editorial: “Una obra maestra que ha logrado atravesar la realidad de un puñado de prestamistas que viven bien mientras gobiernan sobre una abrumadora mayoría, a quienes consideran perros o cerdos, ha sido reconocida como la número 1 en EE.UU, industria del cine”.

La obra de Bong Joon Ho (cuarto filme en años recientes en llamarse Parasite) presenta una narrativa zigzagueante que superpone géneros sin especificar, y establece sus señas de identidad a partir de lo que no es por completo. Desde su estreno ha sido éxito en todos los frentes, habiendo contado con la casi unánime aprobación de la crítica, no en vano, en Rotten Tomatoes,  sitio web de reseñas para cine y televisión, tiene entre los críticos un promedio de 99% sobre 100, cifra que la sitúa en la categoría de “excelente”. En verdad, más allá de elogios y distinciones, Parasite no debería ser considerada una sorpresa o excepción a la regla, pues desde hace más que mucho el nuevo cine surcoreano viene apilando directores de alto vuelo y obras fuera del canon. 

Hay un puñado de mentes innovadoras (Yeon Sang-ho, Kim Ki-duk, Chan-wook Park, Kim Jee-woon, cito de memoria, por lo tanto, quizá dejo alguno fuera), lideradas por el master de todas ellas, Lee Chang-dong, quien ha dirigido seis obras relevantes, una de ellas extraordinaria, Poetry (Poesía), lección de arte superior, con una sintaxis al borde del infinito metafísico que pocos filmes en la historia del cine han conseguido. Incluso consideradas sus contribuciones formales, que no son pocas, el cine de Bong Joon Ho dista mucho en grandeza al de Lee Chang-dong. Aunque sobre gustos no hay nada escrito (y el criterio suele ser demasiado generoso a la hora de evaluar), entre uno y otro director no hay punto de comparación, tampoco en lo que hacen. Las miras y logros difieren de manera notoria. Por consiguiente, poco sentido tiene comparar a Poetry con Parasite. Es como querer comparar al cine de Andrei Tarkovsky con una película de los estudios Disney, por más que también ahí haya alguna muy buena.  

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