27 de septiembre de 2012 14:51 hs

En setiembre de 2008 vivimos dos circunstancias económicas extraordinarias que alteraron nuestra comprensión de los fenómenos mundiales. La primera circunstancia extraordinaria fue el exuberante comportamiento de los mercados de commodities alcanzando picos de valores inusualmente altos en los meses de julio, agosto y setiembre. Un cierto fantasma malthusiano recorrió el mundo, alentando a los grandes fondos de inversión a buscar en esos activos una opción fácil de rentabilidad de corto plazo en los granos, impactando indirectamente en el precio de las carnes. Como referencia, el ingreso promedio por tonelada de carne vacuna de Uruguay (equivalente peso canal) superó largamente los US$ 4.000 y nuestros exportadores tuvieron la desconocida posibilidad de “formar precio”, al menos durante algunas semanas de agosto.

Esta circunstancia extraordinariamente favorable para los productos del agro era la “calma chicha” que anticipaba una tormenta de enormes proporciones, gestada en los Estados Unidos de Norteamérica. Para mediados de setiembre de 2008 una de las más prestigiosas firmas en el negocio de banca de inversión (Lehman Brothers, fundada en 1850 por el hijo de un comerciante de ganado) formalmente presentaba su quiebra. En su caída arrastró buena parte de la reputación del sistema financiero norteamericano trayendo la más importante recesión enfrentada por los países en desarrollo desde 1929.

En este setiembre de 2012 la mala cosecha de maíz en EEUU comienza a alentar hipótesis sobre un escenario similar de auge del precio de los commodities. Existen “vasos comunicantes” entre las cotizaciones de los diferentes granos y las carnes. ¿Tendrá la misma magnitud la suba de precios de los commodities que en 2008? ¿Será este movimiento sostenido por el exceso de liquidez en los mercados mundiales? Esta discusión es relevante, dado que hay algunos diagnósticos equivocados en los organismos internacionales (G20, FAO, Unión Europea) y las recetas que se les ocurren para atacar los problemas de corto plazo no siempre son las más efectivas en el largo plazo.

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En primer lugar hay que recordar que el mundo tiene 7 mil millones de personas, que muchos ciudadanos que anteriormente eran pobres (en los países sub-desarrollados) ahora no lo son y que esta firmeza de demanda continuará por un buen tiempo. Como las tierras cultivables se agotan, el agua es un recurso escaso (e imprevisible) y la tecnología no ha podido acompañar el paso hay restricciones de oferta. En síntesis: una demanda expandiéndose rápido con una oferta que crece más lenta y erráticamente (por el clima) genera inevitablemente tensiones en los precios. Durante cincuenta años, en el siglo pasado, se deterioraron los términos de intercambio a favor de los bienes industriales. Ahora el péndulo va en la otra dirección y los alimentos vuelven a valer. La presión de los biocombustibles es un plus: si no existiera, de todos modos el escenario global para la demanda de granos y carnes sería similar.

Si estas señales de precios no se distorsionan, serán un estímulo a invertir en las cadenas de agronegocios en todo el mundo. De punta a punta. Del ternero a la distribución minorista. De la genética de la semilla, a los alimentos orgánicos para nichos. Y siempre cuidando usar la mínima cantidad de agua y provocar el mínimo impacto ambiental. ¿Es malo que los alimentos, vinculados tan intensamente con nuestra salud y bienestar, cuesten más? ¿Por qué razón debería pagarse más por entretenimiento que por un saludable plato de comida?

Distinto es el problema en los países de muy baja renta. Allí un aumento abrupto de los granos (fundamentalmente), seguramente provoque problemas que deban ser atendidos por la comunidad internacional. Y la mejor solución, como siempre, será encarar los obstáculos al desarrollo de esos países. Los agronegocios pueden ser allí parte de la solución para generar renta, si se organizan los recursos productivos adecuadamente.

Un último asunto es el problema de la especulación en los mercados bursátiles con el precio de estas mercaderías. Este es un mal con el que hay que convivir: cuando algo es valioso y transable, es atractivo para los fondos de inversión. Los inversores saben que esos activos no desaparecen de un día para el otro, como sí desaparecen otros valores (por ejemplo, buena parte de la cotización de Facebook). Pero es un problema que nos recuerda una lección fundamental: los alimentos valen. Y por lo tanto hay que cuidarlos, así como a los recursos que empleamos para producirlos.

El pasado sirve para aprender, pero no se repite en forma idéntica. Entre setiembre de 2008 y setiembre de 2012 hay conceptualmente mucho más que cuatro años. Parecido no es lo mismo.

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