"El martes a las cuatro de la tarde compramos el pasaje y nos vinimos. No tenemos entrada, no tenemos pasaje de regreso ni hotel, pero estamos acá acompañando a Peñarol”, dice uno de los hinchas menos radicales que espera en las afuera del hotel Tívoli, donde Peñarol permaneció durante su estadía en San Pablo para jugar la final de la Copa Santander Libertadores. Al costado, un hombre uruguayo entrado en los 50 años y su hija de 16 nacida en Estados Unidos, ella con la camiseta de Peñarol, confiesan con orgullo que llegaron especialmente desde Estados Unidos para ver al aurinegro. Y los estudiantes de Ciencias Económicas que abandonaron su viaje en Dubai para asistir a la final. También anda ahí dando vueltas Edgardo Kogan, el técnico de básquetbol, que viene con una barra de seis que cuentan con orgullo que acompañaron a Peñarol en todos los partidos que jugó por la Copa 2011. Quieren empezar a contar anécdotas y se suma otra barra de amigos. Y ahí va Marcel Novick, el volante de Rampla Juniors, que llegó con su padre para disfrutar la finalísima de los aurinegros en un acontecimiento histórico.
Peñarol es pasión en estado puro
Hinchas sin entradas, viajes de miles de kilómetros y los estadios explotando de público, le dieron a Peñarol una recompensa incalculable