5 de marzo de 2015 18:07 hs

Cuando un país tiene un stock de hacienda adecuado a su dotación de recursos, un sistema sanitario que asegure inocuidad, un diseño de trazabilidad que permite complementar el sanitario pero a la vez ofrecer una garantía mayor al consumidor y un planteo forrajero que apoye y facilite todo lo anterior, está listo para dar el gran paso hacia la competitividad.

Y me imagino este gran paso como un gran “salto mortal” a la manera de la disciplina en las piletas de natación olímpicas.

¿Cuál es ese gran objetivo del salto hacia la competitividad con palabras mayúsculas? La calidad de la carne. El acceso y el precio diferencial que se paga por la calidad en los mercados “que más pagan”, valga la redundancia.

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Pero hay un tema: el salto solo se puede dar si hay un buen trampolín, y este constituye la condición necesaria para poder dar ese salto. ¿Y cuál es ese trampolín? El precio percibido por el ganadero.

Si desgastamos toda la energía discutiendo sobre el tamaño, forma y condiciones del trampolín, nunca daremos el salto.

Inversamente, cuanto antes se acuerde el tema del trampolín, a satisfacción de todos, esto es ganaderos e industrias ayudados por un gobierno que, como todos, precisa agrandar la torta, antes se podrá dar ese salto

La calidad de la carne no se puede “empujar” desde la oferta, aunque los cabañeros se empeñen en medir los atributos de sus productos, y lo hacen. Se debe “traccionar” desde la demanda y para ello es necesario implementar un sistema que permita premiar en el precio esos atributos, como el área de ojo de bife, el grado de marmoleo, el peso de la carcasa y demás atributos que componen el conjunto denominado “mérito de carcasa”.

En fin, reflexiones empezando el año.

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