El afiche de James Bond con el tapabocas era gracioso. El meme tuvo cierto éxito en las redes y algún ejecutivo en Hollywood, incluso del estudio de la propia película, se debe de haber encogido de hombros, sonreído y pensado “es lo que hay; ahora toca esperar”. La aventura número 25 del agente secreto más famoso de la historia fue la primera en posponer su fecha de estreno a raíz de la expansión del nuevo coronavirus, y en aquel momento, a principios de marzo, la medida parecía extrema. Pero no lo fue. Fue, más bien, premonitoria.
Después pasó lo que pasó. Y como el resto de las aristas de la vida humana, la industria cinematográfica vio como sus proyectos más grandes, esos que le dan de comer y que generan directa o indirectamente el sustento diario de miles de personas, empezaron a caer como fichas de dominó. A Bond y su Sin tiempo para morir le siguieron Rápidos y Furiosos 9, Un lugar en silencio 2, Mulán, Viuda Negra, la nueva de la Mujer Maravilla, la nueva de Top Gun, la nueva de Los Cazafantasmas, la nueva de Pixar, The French Dispatch de Wes Anderson, Los Nuevos Mutantes, y así podríamos seguir. Todas fueron postergadas, algunas sin fecha de estreno clara, otras con días tentativos que, a estas alturas, resultan hasta demasiado pronto. Y a todo eso le siguió el cierre de la mayoría de los cines del mundo –Uruguay incluido– y la suspensión de premiaciones como los Premios Platino y festivales como Cannes, un hecho casi inédito en la historia.
En resumen, podemos decir que la caída del cine a raíz del coronavirus se podía adelantar. A diferencia del mercado de las series –que siguen con sus calendarios sin complicaciones y a excepción de aquellas que tenían previsto iniciar sus rodajes en estos meses, como Succession y Barry de HBO, por ejemplo–, el cine es un acto colectivo, que implica un desplazamiento, una aglomeración o, al menos, el contacto con la sociedad. No había manera de zafar de la clausura.
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Hoy, a dos meses de que la epidemia de convirtiera en pandemia y a pocas semanas de que EEUU –el hogar de la mayor industria del cine– pasara a ser el principal foco de contagio, los números son contundentes. Y van en sintonía con lo que se prevé para la economía mundial. Según publicó The Guardian hace algunos días, entre Hollywood y la industria británica al momento hay 170 mil personas que han perdido su trabajo, más un aproximado de 50 mil freelancers que no dependen de compañías exclusivamente pero que se encuentran en la misma situación.
Y a esos números, además, hay que sumarle el dinero que se fue entre los rodajes y las promociones de aquellas películas que nunca llegaron a estrenarse, que es muchísimo. Y ni que hablar de aquellas que llegaron a la cartelera y se encontraron con el cierre masivo de todo a los pocos días. Unidos, una película de Pixar que se estrenó pocos días antes de que los cines decidieran dejar de abrir, se convirtió en la película menos taquillera del estudio en toda su historia. Y por lejos. Y algo similar pasó con todo lo que estaba en cartelera. Así, las pérdidas totales y globales que se estiman son enormes. Los estudios de mercado aseguran que estará en torno a los 20 mil millones de dólares.
Ante este escenario, las alternativas a la situación aparecieron enseguida. Las compañías entendieron al instante que la solución era el streaming. Así, películas que tuvieron una experiencia similar a la de Unidos, como El hombre invisible o The Hunt, quedaron disponibles para alquilar en una plataforma que Universal puso a disposición. También sucedió con la secuela de la película de animación Trolls –que se convirtió esta semana en la película con mayor recaudación de la historia en streaming–, y Warner está pensando seriamente hacer lo mismo con la segunda parte de la Mujer Maravilla, interpretada por Gal Gadot. Y en Uruguay pasó algo parecido: Alelí, de Leticia Jorge, pasó de estar unos pocos días en sala a quedar disponible para alquiler en el sitio Mowies, junto a otras tantas películas uruguayas. No es lo ideal, claro. Pero es algo.
Y el 2021, ¿qué?
Quedó claro que el 2020 será, para todos y para la gran mayoría de los rubros, un año perdido o en pausa. En el terreno cinematográfico, y aunque la vida “normal” se retome, pasarán muchos meses hasta que las salas vuelvan a convocar como lo hacían hasta hace algunas semanas. Y eso terminará por repercutir en la calidad del cine que veremos y, quizás, hasta en las ceremonias de premiación que comienzan a fines de este año y a principios del próximo.
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Los Globos de Oro, por ejemplo, anunciaron hace algunos días un cambio de reglas para su edición siguiente. Para optar por el galardón, las películas debían organizar un pase de prensa en un cine de Los Ángeles para los miembros de la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood, que son quienes votan a los ganadores. Este año, se podrá mandar un link de Internet o un DVD. Las fechas de postulación, además, se volvieron más laxas. Y la Academia de Hollywood, responsable de la organización y entrega de los Oscar, también dejó la puerta abierta a modificaciones y adaptaciones.
Quizás por la incertidumbre, quizás por la necesidad de imaginar un mundo post-coronavirus, algunos se han tomado la situación como una broma y han imaginado cómo sería una eventual ceremonia de los Oscar sin las clásicas películas que compiten por el premio. En el sitio Vulture, que usualmente mezcla información y humor, una larga nota propone repasar las candidaturas con las películas que llegaron al estar un tiempo en cartelera o que fueron directamente al streaming. Allí aparecen Aves de Presa, la tercera parte de Bad Boys y una en la que Ben Affleck hace de un técnico de básquetbol alcohólico. Lo que se dice una edición memorable, ¿no?
Por fuera del chiste, hay una pregunta que se impone tras los números y las películas liberadas en nuevas plataformas: ¿qué va a pasar con el cine del 2021? E incluso esa pregunta se podría extender a la televisión, porque la suspensión de los rodajes –entre los que se encuentran el de la última Misión Imposible, la secuela de Avatar y Matrix 4– no discrimina por el tamaño de la pantalla. Si la crisis continúa durante gran parte del año, es posible que las filmaciones no se renueven hasta el año que viene. Y eso significa que llegará un momento en que el estreno de películas postergadas se terminará y estaremos ante un bache o un período sin demasiadas producciones. Un punto muerto. Y ahí es cuando el cine, pero sobre todo Hollywood, una industria que necesita de las megaproducciones millonarias como nosotros el agua, deberá pensar bien cuál es el modelo de negocios que más le conviene.
Todo suena muy corporativo, empresarial y económico, pero debajo de todo eso lo que quedan son las personas. Y, entre ellos, artistas con la necesidad imperiosa de que su trabajo y sus ideas vuelvan a encontrarse con la pantalla grande. Ya lo dijo el director Paul Schrader en una entrevista con The Guardian, a raíz de la cancelación del rodaje de su película The Card Counter: “Si fuera por mí, hubiese filmado en el infierno para terminar la película. Soy viejo y asmático, ¿qué mejor manera de morir que trabajando?”.