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8 de mayo de 2011 23:05 hs

Fin de la partido. Los diversos grupos de policías van formando filas para marcharse. Arrastrando el cansancio de la jornada, dos agentes de tránsito –los de campera amarilla– emprenden su retirada. Uno le dice al otro: “Mirá que venimos al cuete (sic) hoy eh”. El otro por poco se indigna: “¡No!”, le espetó. “Hicimos seis horitas de 222”. Tal fue la tranquilidad que tuvo la jornada para los agentes del orden.

El operativo de seguridad fue perfecto. Si uno caminaba por los alrededores del estadio, no veía cruces de camisetas. Las vías de ingreso estuvieron nítidamente separadas y así se evitaron incidentes. En ese contexto se jugó el partido. Sin escaramuzas previas.

Sin embargo, la violencia estuvo a punto de nacer y estallar desde el lugar menos pensado: la cancha. Sí. Cerca del final, Matías Cabrera durmió la pelota por la derecha. Luis Aguiar lo bajó y Guillermo Rodríguez lo increpó. ¿Por qué? ¿Por habilidoso? ¿Por intentar una moña en un partido donde todos le pegaron de punta y para arriba?

Rodríguez, insatisfecho hasta ahí, le tiró un manazo a Cabrera. Roja. Todo lo que ocurrió hasta ahí está al amparo del código futbolero de las “mil pulsaciones por minuto”. Pero la actitud agresiva posterior de Rodríguez –con Luis Aguiar como cómplice– fue triste y lamentable. El hombre estaba dispuesto a que se armara una batalla campal. Entraron suplentes, particulares y cámaras. Todo estuvo a punto de estallar.

¿Y si esa violencia se contagia después a las tribunas? ¿Qué pasa? La violencia –contra la cual todos los actores del fútbol se alinearon en la semana– brotó en la cancha. Un mal ejemplo, que por suerte no llegó a mayores. Rodríguez, un hombre de experiencia, debería saber que en esto se gana y se pierde.

El año pasado, cuando ganó, nadie lo fue a patotear porque sacó todas las pelotas del fondo y jugó fenómeno las finales. Demostrar ser un mal perdedor es mucho más grave que perder cualquier clásico.

Hubo detenidos
Como en todos los clásicos, el operativo de seguridad se llevó algunos detenidos, bastante menos en comparación con los encuentros anteriores: 15 por disturbios menores.Pero los mismos no se produjeron en las cercanías del Estadio. Es más, dar una vuelta domingo al Centenario implicaba caminar muchísimas cuadras. Los vallados impedían acceder de una tribuna a la otra (salvo de la Colombes a la América).

Para ir de la América a la Ámsterdam había que bordear el Méndez Piana y el Palermo. Camión de granaderos, guardia montada y pumas custodiaban puntos estratégicos. ¿Revendedores? Pocos en las cercanías. Algunos por Anador ofertando Ámsterdam. Bastantes en el estacionamiento de Avenida Italia y Ricaldoni vendiendo Colombes en susurros asustadizos.

La Colombes, una fiesta
En clara minoría (la Olímpica tuvo un pulmón que le reservó una mínima parte a Nacional), la parcialidad tricolor ofreció una fiesta en su tribuna. Con pequeñas banderas esparcidas en toda la tribuna y con una pesada artillería de pirotecnia que se lanzó desde las afueras de la Colombes, la hinchada impulsó el equipo al triunfo. Después gozó con el trámite. En un momento llegó a cantar: “‘Tan todos muertos...”. Sobre el final, un toqueteo tricolor les permitió el soñado “olé” en cada pase. Y al final fue delirio y explosión con un triunfo que pone al equipo rumbo al título.

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