La elección de 2019 está presidida por un enorme signo de interrogación. Por primera vez en mucho tiempo es temerario arriesgar pronósticos. Por múltiples razones que ya analizado otras veces, la oposición tiene una oportunidad inmejorable. Pero el Frente Amplio ha demostrado tener un poderío formidable y un intenso apetito de poder. Del lado del partido de gobierno, la renovación de candidaturas (el paso al costado de la tríada Astori-Mujica-Vázquez) agrega un elemento de incertidumbre adicional.
Del lado de la oposición, el regreso de Julio María Sanguinetti y la precandidatura de Ernesto Talvi invitan a los colorados a soñar con la recuperación, y a todos ellos, con la derrota del FA en el balotaje. Pero la campaña electoral del 2019 ofrece otra novedad que incrementa la incertidumbre: la irrupción de Juan Sartori y Edgardo Novick, dos outsiders provenientes del mundo empresarial.
En general, las carreras políticas en Uruguay son lentas y progresivas (v.g. diputado, senador, intendente, candidato presidencial). Las candidaturas presidenciales suelen ser el corolario de desempeños políticos extensos y destacados. No es el caso. Ni Sartori ni Novick han sido fabricados en el sofisticado laboratorio de nuestros partidos políticos. Sartori, lisa y llanamente, no tiene antecedentes de militancia política. Me parece evidente que eligió competir dentro de filas nacionalistas (y no, por ejemplo, dentro del Partido Colorado) porque el PN tiene más chances desde el punto de vista estrictamente electoral que el PC. Tampoco Novick ha hecho la carrera política tradicional. Desde luego, tiene a su favor la experiencia de su candidatura a la IMM mediante el Partido de la Concertación.
Estos dos outsiders, como es notorio, disponen en abundancia de un recurso político clave en los tiempos que corren: el dinero. Yo no estaría escribiendo esta columna si ellos no hubieran logrado tener tanta presencia en el escenario político. Y consiguieron formar parte de la conversación cotidiana, y del menú de presidenciables, en esencia, porque han podido invertir muchos recursos económicos propios en construir su imagen. Como resultará obvio, el poder explicativo de la variable “dinero”, en estos dos casos, está estrictamente relacionado con la ya referida ausencia de carreras políticas convencionales.
El dinero permite tener la visibilidad que habitualmente dan los cargos políticos de representación (como ediles, diputados y senadores) o de gestión (en gobiernos departamentales, ministerios y entes autónomos). En la política moderna el dinero importa y mucho. La fortuna ciudadana, esa diosa esquiva, le sonríe más fácilmente a los que pueden invertir en cartelería y en
propaganda televisiva que a los que no tienen como pagar la publicidad. Es más fácil reclutar a los siempre sufrientes dirigentes locales, por cierto, cuando se les puede prometer alguna clase de apoyo económico que cuando solamente se tiene carisma y buenas intenciones.
En los dos casos que vengo analizando, el dinero es el factor más importante. Pero no alcanza para prosperar. Para que un outsider con billetera pueda hacer carrera hace falta, además, que se crucen las curvas de demanda y oferta. Por un lado, debe existir un nicho electoral disponible; por el otro, los aspirantes deben ofrecer un discurso bien pensado enfocado a ese espacio. Sartori viene, poco a poco, ganando conquistando territorio en la intención de voto y reclutando apoyos en la interna nacionalista.
Desde mi punto de vista, avanza más gracias a la existencia de un espacio para lo nuevo dentro del PN que gracias a las características de su discurso. Las precandidaturas de Verónica Alonso, Enrique Antía y Carlos Iafigliola son el testimonio más claro de la magnitud de esta demanda. Además, Sartori avanza con cierta facilidad en la interna porque es más fácil comprar una empresa instalada que montar una nueva.
Leonardo Carreño
No está tan claro, en cambio, si el discurso de Sartori tiene punch. Ofrece simpatía, juventud, buena onda. Cuenta una historia llamativa: la del joven que logró la proeza de triunfar en el mundo sobre la base de su perspicacia para los negocios. Desde el punto de vista programático, en cambio, no logra tocar ninguna fibra demasiado emocionante. Promete escuchar, es decir, canalizar demandas. Promete, también, atraer inversión extranjera y un gobierno “market friendly”. Ninguna de las dos propuestas puede ser considerada un enunciado distintivo y movilizador.
La aventura política de Novick es más osada que la de Sartori. En Uruguay, pese a que los partidos no viven su hora más gloriosa, sigue siendo más fácil colarse en un partido viejo que construir uno desde los cimientos. Es notorio que la vieja partidocracia uruguaya muestra rajaduras y cruje. Por eso mismo, hay espacio para la innovación. Pero una cosa es tener el terreno y otra levantar un edificio nuevo.
La principal fortaleza del líder del Partido de la Gente es otra: tiene más que ver con la oferta que con la demanda. Su discurso es clarísimo y, si estoy leyendo bien la coyuntura, tiene potencial. Novick está liderando, junto al senador nacionalista Jorge Larrañaga, en el mercado de la mano dura. La incorporación del ex fiscal Gustavo Zubía, la convocatoria al ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, la utilización del slogan “tolerancia cero”, son señales clarísimas dirigidas hacia ese segmento del electorado que está fastidiado con el incremento de la criminalidad y que exige un cambio en la política pública de seguridad ciudadana.
Vuelvo al principio. Estamos en tiempos de turbulencias políticas. La del 2019 es una ecuación con demasiadas incógnitas. ¿Hasta avanzarán los recién llegados? No lo sé. Sartori y Novick crecerán menos de lo que ellos quisieran. Pero avanzarán más de lo que la mayoría de nosotros pensábamos a fines del año pasado.