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CODA se convirtió en la más reciente ganadora de los premios Oscar

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Ser CODA en Uruguay: cinco historias de hijos oyentes de padres sordos

Un grupo de CODA en Uruguay reflexiona sobre la película ganadora del Oscar y los vínculos con sus propias vidas

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30 de abril de 2022 a las 05:03

“Esto va dedicado a la comunidad sorda, la comunidad CODA y la comunidad de personas con discapacidad. Este es nuestro momento”, dijo el actor Troy Kotsur en lenguaje de señas mientras se convertía en el primer hombre sordo en recibir un premio Oscar, y los espectadores de todo el mundo pudieron ver desde sus casas cómo una película sobre el amor de una familia se llevó el momento más esperado de la noche.

CODA es el acrónimo en inglés que refiere a los niños oyentes de padres sordos (Child of Deaf Adults) y es, a su vez, el título de la película que se puede ver en la plataforma Amazon Prime Video y en cines locales. Narra la historia de Ruby, una adolescente oyente en una familia de personas sordas que hace de traductora constante con la comunidad pesquera en la que viven, pero que deberá tomar la decisión de seguir viviendo con su familia o mudarse para perseguir su sueño de convertirse en cantante.

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Según el último censo, en Uruguay hay unas 120 mil personas con problemas auditivos y más de 30 mil con sordera severa o total. Isabel Pastor (64), Martín Duque (24), Fabiana Ferreyra (45), Mary Inés Gómez (46) y Agustín Palmero (24) son hijos e hijas de padres y madres sordos. Por lo tanto su lengua materna es la lengua de señas y desde muy temprano se convirtieron en un puente entre sus padres y el mundo oyente. “Desde la comunidad oyente se puede ver como algo distinto, pero para nosotros era algo normal. En mi generación, la de Isabel o Fabiana, de repente éramos nosotros los intérpretes de nuestros padres. Era algo natural, algo que hacíamos de forma innata”, comenta Mary en una charla que los cinco mantienen con El Observador. 

Nadie recuerda cómo aprendió a hablar, si con señas o con la voz. ¿Quién podría tenerlo en la memoria? En sus casas aprendieron a comunicarse con una lengua diferente a la que usan las personas oyentes, pero no por eso menos válida ni efectiva. Luego, con los integrantes de la familia que oían, con los vecinos o en la escuela llegó una segunda lengua: la oralidad.

“Creo que se da en situaciones cotidianas. Me acuerdo que cuando era chico mis padres pedían fiado y me llevaban para que interprete, para pedir pan o leche. Y recuerdo que muchas veces mirando el informativo me decían ‘¿qué dice?’. Ellos veían que el periodista hablaba un rato largo y yo lo resumía. Y me decían 'hablás corto', como diciendo que omitía información”, cuenta Agustín.

Es que si bien en 2001 la Lengua de Señas Uruguaya (LSU) fue oficializada como una de las lenguas del país, no fue hasta 2019 que todos los informativos de canales abiertos tuvieron intérpretes en la pantalla. Una herramienta que no solo permite a las miles de personas sordas del país informarse con autonomía, sino que hace visible para las personas oyentes que al mismo tiempo en todo el país hay personas sordas mirando la televisión. Nada menor. En esto, Isabel fue pionera. Y no solo en la pantalla o en los juzgados, donde trabaja como intérprete, sino desde niña en el living de su casa.

“Mi padre era un tipo muy demandante y a la vez le gustaba informarse permanentemente, entonces cuando llegaba la hora del informativo, al principio era la radio y después cuando vino la televisión, me ponía adelante y le iba contando lo que decían. Andá a saber qué le decía yo, porque el lenguaje periodístico es difícil”, cuenta. Pero después ya no era sólo él. A la hora del informativo llegaban sus hermanos –es una familia grande de sordos, explica– y después vino un amigo y otro hasta que al final Isabel le contaba las noticias a una platea de gente en su casa. “Me imagino que con la edad que tenía debe haber sido medio difícil, a alguno le habré acertado y a otras no”, dice mientras se ríe.

Si hay algo en lo que coinciden es que esta situación los hizo crecer más rápido o ser más maduros que otros niños de su edad: “Tenías que serlo”.

Para algunos la etapa escolar fue más solitaria. Fabiana recuerda que no hablaba mucho y que prefería los juegos que ponían el cuerpo y no la voz: correr, jugar a las escondidas, saltar la cuerda. “Cuando tenía que interactuar me dejaban de lado porque sabían que yo era ‘la hija de los mudos’, como decían. Me costó un montón hablar en público. Sabía que mi español no era muy fluido entonces no hablaba mucho tampoco”.

Martín comparte una imagen que lo dice todo: su maestra de jardinera, muy enojada, mandándolo al médico para que hablara más. “Ella creyó que como tenía padres sordos y no hablaba, era un defecto”.

Para Mary su prima, también CODA, fue su compinche en la escuela y durante dos años hablaban en lengua de señas entre ellas. “Nos sentíamos más cómodas, nos aburríamos mucho y no teníamos interacción con otros”. Llegada la adolescencia, las cosas fueron distintas. “Se me dio vuelta la torta”, dice entre risas, y recuerda que a sus amigas les gustaba ir a su casa porque siempre estaban en silencio y el ruido lo generaban ellas. “Nadie nos decía si estaba muy alta la música o si gritábamos”.

Isabel, en cambio, se convirtió en líder. Tenía una gran imaginación y un vasto conocimiento para su edad, entonces podía inventar actividades que a otros niños no se les ocurrían. “Después me contaban cosas, problemas de ellos y yo trataba de solucionarlos”, comenta.

—¿En la escuela te pasaba eso? Qué salado —le dice Agustín.

—El tema es que los adultos nos agarraban como mediadores, como intérpretes, y nunca pensaron que éramos niños —le responde Isabel, y cuenta que por ese motivo decidió dedicarse a formar intérpretes en la Escuela de Lengua de Señas Uruguaya (Cinde)—. Para que los que venían no tuvieran que sufrir esas situaciones y que crecieran de acuerdo a su edad, no como nosotros. 

Agustín pasó por varias etapas en el vínculo con su lengua materna. Cuenta que era normal para él tener padres sordos, como lo puede ser para cualquier persona con padres oyentes, hasta que empezó a ir a la escuela. Sus compañeros empezaron a burlarse de sus padres y balbuceaban mientras movían las manos en un gesto que despertaba su enojo y le valió varias reuniones en la dirección. “Cuando fui creciendo me empezó a dar vergüenza hablar en señas en público, cada vez que iba en ómnibus y mi madre me hablaba yo le decía ‘después’. Veía que las personas por curiosidad miraban y me daba vergüenza. Ahora soy más grande, lo miro con otros ojos y lo volví a vivir como algo común. La gente que tengo en mi entorno se re interesa por la lengua de señas”.

Si bien ningún niño debería estar inmerso en el mundo adulto con conversaciones que no concuerdan con su edad, Mary destaca que ese puente que establecen entre el mundo sordo y el oyente también es una forma de generar empatía con los padres: “Es muy difícil obviar ese rol. No digo que lo haga en situaciones fuertes, pero de vez en cuando está bueno también porque es parte de su identidad”.

“Mi situación es diferente a la que contaban ellas”, adelanta Martín y explica que en su casa, además de sus padres, estaba su abuela, que es oyente. “Mi formación y la de mi hermana, que también es CODA, fue diferente, porque mi abuela fue otro pilar importante a la hora de educarnos. Pero con mi hermana siempre estamos a la par de nuestros padres en todo. Cuando vi la película, algo que me llegó es que los padres te necesitan, no al 100% pero capaz que al 90%. En mi caso somos mi hermana y yo que estamos ahí siempre para ellos, en la rutina diaria tenemos que estar nosotros dos. Cansa, pero es parte de ser hijos de padres sordos. Somos una parte fundamental de ellos, somos parte de ellos”. “Somos su voz”, comenta Agustín. 

“Su voz y sus oídos”, retruca el resto.

Hay, también, una cuota de confianza. La certeza de que les están diciendo las cosas como son. “Creen que sabemos de todo y podemos con todo porque podemos escuchar”, dice Mary, y los demás asienten. “¿Cómo no sabés? Si vos escuchás” era una frase que escuchaba seguido y es por eso que tenía que ir formándose permanentemente para poder ayudarlos. “De ahí viene la madurez”, acota Isabel.

Todos estudian, son egresados o dan clases en el Cinde y hacen una salvedad: en familia no son intérpretes, porque se involucran en la conversación. “Arranqué la carrera para mejorar la comunicación en casa porque quieras o no cada familia tiene sus señas diferentes, no son todas iguales. La idea fue mejorar la forma de comunicarme con ellos y también para comunicarnos hacia afuera”, dice Martín. 

Una consulta médica, un trámite bancario, una denuncia policial son actividades en las que de a poco empieza a haber profesionales que pueden comunicarse en LSU pero aún no está extendido. Allí tiene que haber un apoyo por parte de la familia o de un profesional. “Si van solos asienten, siempre asienten, no importa lo que les estén diciendo. El médico les grita, pero no lo van a escuchar. Salen de la consulta y te pregunta qué dijeron”, explica Martín.

Cuando Mary estuvo embarazada, fue a buscar su historia médica a la policlínica de su infancia. No esperaba sorprenderse. La mujer que trabajaba en el archivo le pidió el número de afiliada. “Ese número lo conozco”, le dijo con los ojos grandes. Cuando regresó le entregó una carpeta sobre la que habían pegado un papel con una indicación: “Hablen a la niña porque su mamá es sordomuda”. En ese momento recordó que cuando iba al médico, incluso siendo una niña, era ella la que tenía que decirle al doctor lo que le pasaba. Luego, el médico le explicaba qué era lo que tenía, le indicaba un medicamento, y ella tenía que transmitírselo a su madre.  

El término “sordomudo” es considerado ofensivo para la comunidad sorda. Por un lado porque el desarrollo del habla no se ve afectado por el hecho de ser una persona sorda y además implica que la persona no puede comunicarse, una presunción que no es real. Simplemente utilizan otra lengua.

“En la película, cuando describen de qué se trata, dicen que es de una familia de sordomudos. Y digo, ¿cómo puede ser? Siguen con el concepto del sordomudo que está muy mal dicho y es súperofensivo”, señala Fabiana.

Algunas de las escenas de CODA resuenan en la experiencia. En particular destacan las que ilustran la incomprensión de la comunidad hacia las personas sordas o aquellas en las que se muestra el proceso de adaptación de los padres a un hijo oyente.

“En una escena muestran que el padre quiere intervenir en una asamblea para resolver cómo mejorar la situación de los pescadores. Él quiere intervenir y no se anima porque se van a reír. Me hubiese gustado que hubiese más escenas como esa: que muestren cómo es la persona sorda en una sociedad, en el mismo país donde viven oyentes y sordos, todas las dificultades que tienen”, señaló Fabiana. En este sentido, Martín, a quien le gustó la película, señala que es habitual que suceda que “en ámbitos comunes se quieran expresar y no puedan, no los entiendan o los dejen de lado”.

En la película hay un momento en que aparece el silencio. Los padres desde la platea miran a su hija cantar en un escenario. La música baja y por unos segundos el espectador solo la mira modular. “Te impacta”, dice Fabiana. CODA es una remake de la película francesa La familia Bélier, una comedia dramática estrenada en 2014 que Mary fue a ver con Fabiana, con quien se conoce desde que nació debido a que sus padres son amigos. Fueron al cine y “todo el mundo se reía en la platea”. “¿No se dan cuenta de que los padres no escuchan lo que está haciendo?”, dijo desde su asiento. “Era muy agresiva para mí la risa del público”.

“Me pasó algo muy similar cuando la hija canta en el teatro. Mi hermana se recibió hace un par de años de profesora, una gran fiesta en el Teatro Solís, muchas personas, y no había intérprete. Estaban mis padres ahí y todo lo que pasó no lo entendieron. Era un momento importante para mi hermana, para mis padres, y ellos no lo pudieron entender porque no había un intérprete a la hora de estar en el escenario. Eso es muy común”, comenta Martín.

En definitiva, ambas películas –la francesa original y la remake estadounidense– ponen luz sobre una hija que es parte de la dinámica de la empresa familiar. Que, como dicen, es su voz y su audición. Y esa es una característica que, para Mary, es identificable de una manera u otra con los CODA. “Mi padre, por ejemplo, tenía una empresa de mesas de pool, futbolitos y maquinitas, y yo era la voz de ellos cuando tenían que ir a trabajar. A Isabel también le pasaba un poco lo mismo. Nos sentimos identificados”.

La película se convirtió en un fenómeno instantáneo después del festival de cine independiente de Sundance de 2021 y al ganar el Oscar, en una industria que ha demorado en escuchar a la comunidad sorda, volvió a poner el tema en agenda en el mundo. Para estos cinco CODA uruguayos, además, significó la oportunidad de ver el reflejo de su historia individual y colectiva en pantalla. Para la comunidad oyente fue un recordatorio de que los puentes se construyen desde ambas márgenes.

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