Hace unos días, conversando sobre el miedo que genera el terrorismo, el miedo, que es la esencia misma de la acción terrorista, un alto diplomático de Israel me contaba que cuando en alguna zona de bares de ciudades israelíes uno de estos locales era víctima de una bomba, llegaban al lugar unos rabinos (de un grupo llamado Zaka) que juntan en bolsas los restos de carne de los muertos y heridos. Una vez limpio y acondicionado el lugar, al poco tiempo la zona vuelve a recobrar su vida, su normalidad. De esa, entre otras maneras, la sociedad israelí vence a la violencia terrorista que cotidianamente deben enfrentar los civiles (¡por favor, a los militantes de todas las horas, esto no es una posición sobre Palestina, Alá, Mohamed, Alí o Clay!).
La violencia tiene mil caras, pero tanto la terrorista, como la violencia social, o el delito común, ejercen sobre las sociedades que los sufren el mismo efecto: miedo. El miedo nos retrae, nos lleva a ocultarnos, a no volver al lugar donde esas cosas ocurren. Y si bien las cifras oficiales muestran que una casa de familia puede ser tan peligrosa como una esquina oscura, es un hecho que a lo que asiste toda la sociedad no es a los cambios que se producen en la intimidad de los hogares, sino en los espacios públicos de la ciudad. El plan siete zonas del gobierno busca recuperar espacios públicos que se habían perdido, porque los habían ganado los punteros de los narcos, los propios narcos, delincuentes de otra calaña y algunos jóvenes sin límites.
Hoy la violencia social se manifestó en una escuela donde la madre de un alumno agredió a una docente; resultado: por decisión del gremio mañana no hay clases en todas las escuelas de la capital. Niños, familias que no tuvieron nada que ver con eso, son sancionados, concretamente unos 81 mil alumnos. De los delincuentes ni te he visto. Ganó el miedo y la violencia. A la vez, otras madres sienten el poder de producir tales efectos institucionales en el país con una cachetada.
El gremio del transporte es otro que suele parar ante la violencia y el sindicato de la bebida paró luego de algunas rapiñas para hacer una movilización. La delincuencia y la violencia sufren cada tanto algunas bajas, cuando cae un rapiñero, cuando se recupera una plaza, cuando una madre se preocupa de que su hijo no deje de estudiar.
Pero si tras cada acto de violencia, la que sea y contra quien sea, la sociedad para, entonces la delincuencia y los violentos ganan otra batalla. Esto lo saben bien quienes, como los civiles israelíes, se levantan luego de cada golpe y demuestran con hechos, o sea, viviendo la vida de todos los días, que esto no es así, que no puede ser así, que por las malas no nos van a parar, porque cada vez que nos paran, casi que solo en ese momento, ganan los malos.