7 de diciembre de 2020 5:03 hs

Vino en silencio y de abajo. No heredó nada. Ni empresa, ni bufete, ni dinero, ni apellido. Nada. Se hizo solito a fuerza de estudio, trabajo, y empeño. Construyó, paso a paso, sucesivamente, un gran prestigio en tres mundos tan distintos como difíciles: brilló en la medicina, en el mundo del fútbol y, finalmente, en la política. Tabaré Vázquez tuvo, sin duda, una trayectoria excepcional. Sin embargo, es imposible explicar su periplo, tan notable, sin remitirlo a contextos y circunstancias.

Tabaré Vázquez fue un uruguayo típico. Amó el fútbol, la vida de barrio, el carnaval, acampar y pescar con los amigos. Como buen uruguayo, sintió desde temprano una fuerte vocación de servicio. Tabaré Vázquez fue, también, un típico producto de la meritocracia uruguaya: nació en un hogar obrero, pero se abrió paso hacia la élite estudiando mucho y trabajando fuerte. Tabaré Vázquez fue, además, un hijo dilecto del sistema político uruguayo. Después de 15 años de intensa dedicación a su profesión, y de algunos años de ejercer la presidencia del club Progreso, en 1983 ingresó al Partido Socialista. Poco después, en 1989, cuando Mariano Arana se negó a ser candidato a la Intendencia de Montevideo, aceptó el desafío y dio su primer gran paso hacia el poder.

El Frente Amplio ganó la elección de Montevideo y Tabaré Vázquez asumió como intendente. A partir de ese momento tuvo dos décadas de actuación política descollante. A pesar de no contar con experiencias previas importantes, logró liderar la implementación de un proyecto de gobierno diferente en la capital. Este proyecto, contenido en el Documento 6: Bases Programáticas para el Gobierno Departamental, fue elaborado por el Plenario Departamental de Montevideo del Frente Amplio entre 1985 y 1989 bajo la dirección del arquitecto Mariano Arana. Decía este documento: “El objetivo central de la gestión del Frente Amplio es el de promover una profunda democratización de la vida social, política y económica del departamento de Montevideo”.

Muy rápidamente, Tabaré Vázquez mostró aptitudes para el liderazgo y dejó claro que el Frente Amplio podía gobernar con sensatez. Al mismo tiempo, muchos dirigentes frenteamplistas empezaron a imaginarlo como candidato a la presidencia. Entre 1991 y 1994, la discusión estratégica dentro de la izquierda fue muy intensa. La implosión del “socialismo real” y el desplome del Partido Comunista de Uruguay generaron condiciones para la creación del Encuentro Progresista (julio de 1994) en torno a la candidatura presidencial de Vázquez, con una plataforma electoral muy moderada en comparación con el programa frenteamplista aprobado por los sucesivos congresos.

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Los diez años siguientes fueron los de su disputa con Danilo Astori por el liderazgo de la izquierda. Vázquez mostró durante este lapso una ductilidad política muy especial. Había sido un intendente pragmático. Había encarnado la moderación de los ardores reformistas de la izquierda al encabezar la creación del Encuentro Progresista. Pero durante una década, entre 1995 y 2004, fue la cara más visible de la oposición sistemática a los gobiernos de Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle. Moderación programática y oposición sistemática: esa fue la marca registrada de Vázquez, y la fórmula política que le permitió impulsar el crecimiento electoral del FA y, al mismo tiempo, afirmarse en su liderazgo.

Los cinco años de su primera presidencia fueron la culminación de las dos décadas de esplendor de su carrera política. En este caso, como cuando asumió la intendencia, no dudó en apelar a la acumulación programática realizada. Durante la década previa, el FA había ido discutiendo y puliendo, congreso tras congreso, los lineamientos centrales de su plan de gobierno nacional. La aplicación del impuesto a la renta, la creación del sistema de salud, las excavaciones en los cuarteles y el Plan de Emergencia reconocen estos antecedentes. De todos modos, como es habitual, Vázquez dejó su propia huella. El Plan Ceibal, la lucha contra el tabaquismo y el veto a la interrupción voluntaria del embarazo son de su propia cosecha.

Durante su primera presidencia, Tabaré Vázquez acumuló un poder infrecuente para la política uruguaya. El FA, con mayoría en ambas cámaras, controlaba el gobierno. Y Tabaré Vázquez, su líder, controlaba al FA. De todos modos, muy pronto, el viejo pluralismo uruguayo le asestó un golpe al mentón. José Mujica decidió competir por la candidatura presidencial del FA con Danilo Astori que, luego de años de martirio, se había convertido en mano derecha y favorito del presidente Vázquez. Mujica derrotó a Astori en la competencia por la sucesión. Pero, al mismo tiempo, dejó malherido a Vázquez. Con las cartas a la vista me pregunto si no habrá que datar ahí, en ese momento, el comienzo del declive del poder político de Vázquez.

De hecho, durante los diez años siguientes Tabaré Vázquez ya no fue el mismo. Desde luego, volvió a ser candidato a la presidencia y logró la hazaña de ser electo por segunda vez. Pero, muy pronto, comenzó a frustrar las altas expectativas que todavía la mayoría de los electores depositaban en él. Si la victoria de José Mujica en 2009 no puede explicarse sin tomar en cuenta la exitosa gestión de Vázquez durante su primera presidencia, la derrota de Daniel Martínez en 2019, a su vez, debe ser analizada en el contexto de un nuevo mandato presidencial que, esta vez, dejó gusto a poco.

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