El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
28 de octubre de 2023 5:04 hs

La República Oriental del Uruguay vive las elecciones presidenciales argentinas casi con tanta pasión como cuando se vota acá. Tras el desenlace y los resultados de la primera vuelta del domingo 22 que determinó un balotaje entre Sergio Massa y Javier Milei, los uruguayos estamos tan asombrados por el desenlace como el resto del mundo democrático.

En estos días, varios analistas han recordado la frase célebre de James Carville, aquel asesor de Bill Clinton que en 1992 le dijo “es la economía, estúpido” para atribuirle a eso su victoria contra George Bush. Pues Argentina es tan contracorriente que, pese a que la economía es un desastre, Massa triunfó igual. Entonces varios dijeron “es la política, estúpidos”. Muy creativos. En la realidad, lo más razonable sería: ¡es la Argentina, estúpidos! O directamente y más asertivo: “Es el peronismo, ¡idiotas!”.

Los orientales estamos íntimamente convencidos de que en este lado del Río de la Plata nunca vamos a llegar a una situación parecida. Argumentamos razones para autocreernos esa narrativa. Esa que dice que ni por asomo los políticos uruguayos son tan corruptos como los argentinos, que nuestro sindicalismo se ejerce por principios y no por intereses económicos particulares, que el sistema de partidos políticos es serio, sólido y creíble, y que nuestro periodismo es más honesto y mucho menos partidario que allá.

Todas las noches estamos prendidos a las pantallas de TN, LN+ y C5N para ver programas periodísticos, mientras en Uruguay hay competencias de cocineros o de talentos musicales. El show de la vecina orilla nos apasiona. En el fondo somos lo mismo, pero diferentes.

Creemos que acá no puede surgir un loco histriónico como Javier Milei, ni que los uruguayos votarían a un camaleón como Sergio Massa. Las comparaciones son odiosas, pero también está la convicción de que jamás un Tabaré Vázquez, un José Mujica, un Jorge Batlle o un Luis Lacalle Pou llevarían la grieta y el abuso de las arcas del Estado al grado de la hondura insondable de un precipicio que no haya marcha atrás, como lo hicieron Néstor Kirchner y su eposa Cristina Fernández. La cuerda se tensó tanto que lograron que surgiera en la otra punta el libertario anarcocapitalista Milei, con un discurso de llevarse puesto todo.

Se dice que eso en Uruguay no va a pasar porque las partes enfrentadas en política al final tienen puntos de diálogo y conversación. Las últimas apariciones conjuntas de los expresidentes Mujica, Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle Herrera parecen demostrarlo.

Las razones pueden ser varias y todas con puntos anclados en la realidad. También es cierto que, por nuestro tamaño, población y armado institucional de separación de poderes y división política con los 19 departamentos y el Congreso de Intendentes, la gestión del poder es más sencilla que la complejísima relación ―económica y política― que tienen las provincias con la Casa Rosada en Buenos Aires.

En la época del conflicto de la pastera de Botnia en Fray Bentos, que tuvo literalmente los puentes cortados entre los países hermanos, fui invitado a participar en un programa de la mañana de Radio Mitre. Hablando con aquellos periodistas de entonces se alcanzó una conclusión: en Uruguay toda la población le creía a Tabaré Vázquez cuando decía que daba las garantías de que esa industria no iba a contaminar el río Uruguay.

Sin embargo, el gobierno argentino hacía eco en los anuncios de los ambientalistas de Gualeguaychú de que nacerían surubíes y dorados de tres cabezas y patas de rana. Y nadie les creía, pero los apoyaban. Había, concluíamos, un pacto tácito en Argentina, donde el político decía algo que era mentira, la opinión pública hacía que les creía y así seguían andando, ambos sabiendo que estaban alimentando algo sin sustento en la realidad.

Tras el paso del tiempo quedó claro que Vázquez estaba diciendo la verdad y que los ambientalistas no. Incluso luego estuvo aquella disputa en la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU) para difundir los resultados de la calidad del agua a la salida del Río Gualeguaychú y a la salida del vertedero de la pastera finesa: las autoridades argentinas se oponían. No querían que esa información se hiciera pública.
Esta forma de razonar de un lado y otro del Río de la Plata podría servir como clave para entender en parte el comportamiento del electorado en la primera vuelta de las elecciones argentinas. Algo así como que se cumple la letra de la canción de la banda Divididos de que “la mentira es la verdad”.

Ese marco de razonamiento de hacer que le crean a los políticos cuando mienten permite que ese buen candidato que resultó ser Massa se haya desmarcado de la lamentable gestión kirchnerista y de su propio pésimo manejo de la economía triunfando en la primera vuelta.
También permite la ilusión de creer en las promesas totalmente irrealizables dichas en clave de líder de banda de rock pesado de Milei. Es la ilusión de convencerse de que gobernar y hacer política fuese tan fácil como hacer un standup provocador bien filmado y viralizado por las redes.

Esto de la mentira como verdad habilita a hacer que parezca creíble el abrazo de la candidata perdedora Patricia Bullrich a Milei como si no hubiera pasado nada. Tan solo horas antes la había acusado de ser una tiradora de bombas en una jardinera, entre otra sarta de disparates. Ese show de mentiras y puestas en escenas falsas es la esencia del planteo electoral argentino en estas elecciones. Algo que tiene lógica: la política es llegar al poder. La pregunta es a qué costo.

Los sensatos argentinos quedan entonces atrapados entre dos grandes mentiras: la de Milei y la de Massa. Es de desear que los líderes políticos de este lado del Río de la Plata tomen nota de las elecciones argentinas para tocar la partitura de otro tango, uno que enfatice esa máxima tan oriental que dice que en Uruguay la sangre nunca llega al río.
 

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