28 de mayo de 2020 5:03 hs

omo se argumentaba en la columna anterior (14/5/20), el abordaje de la vulnerabilidad requiere, entre otras cosas, de una transformación educativa profunda e integral que tenga como foco orientar y apuntalar el potencial de aprendizaje y de desarrollo de cada persona desde cero a siempre bajo diversidad de encares y formatos. Esto implica repensar los contenidos de la formación para contribuir a cimentar el bienestar y desarrollo de las nuevas generaciones.

La transformación de la educación y de los sistemas educativos es un asunto planetario ligado crucialmente a la revisión de los imaginarios de sociedad pre COVID-19 así como al reposicionamiento y/o emergencia de sensibilidades, ideas y senderos. Un imaginario de sociedad puede entenderse como un conjunto articulado de valores, marcos normativos, instituciones y símbolos comunes a través del cual las personas se identifican y desarrollan su sentido de pertenencia con el colectivo social en su conjunto (Fressard, 2006). Guarda una relación vinculante con la historia y el presente, pero esencialmente es una brújula para orientar el futuro.

Un imaginario de sociedad no se define únicamente por el perfil de las comunidades y los atributos de las personas, y su desarrollo, sino primariamente implica un ideario de sociedad, de progreso y de bienestar. La pandemia planetaria nos hace un crudo recordatorio de la relevancia de los imaginarios como norte de referencia de las sociedades que nos permite pensar y actuar más allá de los avatares de la coyuntura.

La discusión sobre imaginarios de sociedades y estilos de vida más justos, inclusivos y sostenibles ocupa un lugar creciente en la agenda de la denominada nueva normalidad. A la vez que se corre el riesgo que pueda devenir en enfrentamientos crispados e inconducentes entre visiones ideológicas autoreferenciadas, puede también abrir la oportunidad de repensar en claves de sistema la diversidad de dimensiones que hacen a la vida en el universo y en la sociedad. No se sólo cuestión de reformas sectoriales o de ajuste de instrumentos, sino primariamente de encarar una reforma integral de la vida como señala Morin (2020).

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Si efectivamente aspiramos a imaginarios de sociedades que impliquen una reforma de la calidad de pensamiento, de vida y de la sociedad, el rol de la educación es clave e insoslayable. Por un lado, se trata de formar a los alumnos en núcleos de competencias personales e interpersonales que les permita disponer de criterios e instrumentos para entender y actuar competentemente a la luz de cambios exponenciales que afectan diversidad de esferas de la vida en sociedad. Por ejemplo, formar en habilidades de pensamiento crítico, propositivo y creativo, así como en capacidad de empatizar, de comunicarse y de colaborar con los otros, es fundamental pero no es suficiente.

Por otro lado, la educación tiene también que formar de una manera unitaria y compacta en bloques de competencias y de conocimientos para nuevos modos de convivencia, sostenibilidad, protección social, prevención y cuidados de salud, producción, trabajo, comercio, desarrollo, movilidad, recreación y bienestar. Probablemente estos temas sean parte de un movimiento universal en favor de una transformación profunda e integral de la educación donde la articulación con políticas de salud, protección social, trabajo, familias y comunidades resulta clave.

Los nuevos desafíos en torno a la formación puedan llevar a un repienso profundo de las vías y de las herramientas a través de las cuales educamos a las nuevas generaciones. Las dimensiones entrelazadas de la vida en sociedad, del ejercicio ciudadano, del trabajo y de la convivencia, demandan no solo la promoción de diálogos entre disciplinas que es fundamental, sino primariamente el reconocimiento que las respuestas frente a órdenes de problemas tales como inclusión y sostenibilidad, requieren de los entrecruzamientos, disputaciones y sinergias entre las ciencias y las humanidades.

En general, los sistemas educativos están básicamente preparados para enseñar contenidos empaquetados en disciplinas, y en versiones mejoradas, trabajan temas transversales bajo diversos formatos – entre otros, talleres y proyectos – y entre niveles educativos – por ejemplo, entre primaria y media-. Sin embargo, no es suficiente para que los alumnos entiendan en profundidad temas tales como el cambio climático, estilos de vida saludables, desigualdad y diversidad, así como los múltiples posicionamientos que personas y colectivos asumen frente a los mismos.

La profundidad en el abordaje de temas esenciales para el bienestar y desarrollo de las personas y de los colectivos, requiere más que pinceladas de perspectivas y disciplinas. El abordaje de un tema no resulta necesariamente de la sola consideración de diferentes enfoques disciplinares sino de la propia especificidad y evolución del mismo que está más allá de las disciplinas aun cuando suponga su conocimiento como base para su comprensión. Las disciplinas son esencialmente herramientas de pensamiento que aportan al conocimiento y al entendimiento de un tema, pero nunca lo agotan. Siempre hay un margen potencial de comprensión de un tema, que permanece indefinido e incierto, y que tiene que ver precisamente con la complejidad del pensamiento y de la acción humana. La tentación de reducir la consideración de un tema a su encare disciplinar e inclusive interdisciplinar, nos puede dejar sin comprenderlo en su cabalidad.

Consideremos la pandemia planetaria del COVID-19 como tema. Por ejemplo, el Consejo Científico de la Educación Nacional de Francia (2020) recomienda considerar la epidemia como tema para desarrollar de manera unitaria e integral las competencias en diversos dominios incluyendo las lenguas materna y extranjeras, las matemáticas, las ciencias, la historia y la geografía, pero también apuntalar una disciplina emergente como es la educación para una lectura crítica de los medios de comunicación. Como señala, asimismo, el propio consejo, el análisis de la pandemia permite trabajar tres dimensiones complementarias, a saber, la compresión de la actualidad, educar en el tratamiento de la información y la adopción de actitudes solidarias y gestos responsables. Siguiendo esta línea de trabajo, el mercado de animales salvajes de Wuhan podría visualizarse como un estudio de caso que nos permite adentrar en el análisis de los modos de vida tradicionales y modernos, de las cadenas de valor globales y locales, de la gastronomía premium (carne de animales salvajes), de conocimientos y prácticas nativas asociadas a la salud, de la movilidad de personas y animales entre continentes, entre otras cosas.

En resumidas cuentas, la educación está ante uno de sus mayores desafíos a escala mundial que es la de contribuir a dar sentido y contenido a un renovado orden de convivencia planetaria, así como de estilos de vida sostenibles y saludables, que cruzan todas las dimensiones de la vida personal, ciudadana y en sociedad. Esto conlleva a una profunda revisión de las maneras de entender, organizar y secuenciar los conocimientos y las competencias en las propuestas curriculares, pedagógicas y docentes de los diferentes niveles educativos.

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