Opinión > EDITORIAL

Transición a la paraguaya

La asunción del nuevo mandatario en Paraguay puede traer cambios para el País

Tiempo de lectura: -'

17 de agosto de 2018 a las 05:00

Mario Abdo Benítez, un multimillonario empresario de 46 años perteneciente al sector más conservador del tradicional Partido Colorado es el flamante presidente de Paraguay y nada hace suponer que las cosas cambien mucho en el país mediterráneo. Cosas que al menos a nivel político y de estabilidad económica, por otro lado, y comparado con lo que sucede en muchos de los países vecinos están lejos de andar mal. Todo lo contrario.

Siempre Paraguay es Paraguay. No hay que buscar ni grandes movimientos sociales ni gigantes sobresaltos. Los atisbos de inestabilidad política inmediatamente se "corrigen" con decisiones rápidas de un Congreso poderoso y tan conservador como su dominante partido Colorado, sus instituciones y su electorado. Abdo llega al gobierno luego de ganar las internas del Partido Colorado, precisamente contra el delfín del saliente presidente Horacio Cartes –que un acto de enorme descortesía se negó a participar de la entrega de mando– y de batir en las nacionales al Partido Liberal, representado por Efraín Alegre. Abdo resultó clave para impedir la reforma de la Constitución que pretendía Cartes. El flamante presidente sabe que tiene entre manos un par de problemas por resolver pero por la propia estructura de poder del país, no están en el tope de la agenda: la corrupción rampante y la miseria en la que se encuentran postradas casi dos de los seis millones de habitantes que tiene Paraguay.

Según datos del último informe de la Dirección General de Estadísticas (Dgeec) el 26,4% de la población de Paraguay es pobre, y más de la mitad de la misma vive en remotas zonas rurales lejos de la civilización. Desde el fin de la dictadura de Alfredo Stroessner, con algunos episodios de violencia política grave, represiones sangrientas y hasta la remoción de un presidente electo, Paraguay mantuvo el paso firme del crecimiento económico convirtiéndose en una isla dentro de un continente americano que se volcaba al progresismo.

Su economía se volvió atractiva para inversores de la región que debido precisamente a la astucia para atarearlos y diversas condicionantes positivas para los retornos rápidos de la inversión, allí se instalaron y la dinamizaron.

Paraguay hoy parece vivir en dos velocidades: la del primer mundo pujante y que va a más y la de las volquetas de la existencia humana donde el hambre y la miseria se toman selfies con celulares truchos. Ese es el Paraguay en el que asume el popular Marito, hijo de una de las manos derechas del dictador Stroessner, a quien reivindica por la obra que dejó en el país. "Quiero cicatrizar las heridas para la reconciliación entre los paraguayos. Tenemos muchas más cosas que nos unen que las que nos dividen", dijo a la prensa antes de asumir. Sus ideas y sus discursos, por ahora suenan nobles y bien intencionados.

"Yo no quiero un juez amigo del poder. Vamos a construir una justicia independiente y valiente para que se acabe la impunidad. ¿Por cuánto tiempo más nuestro pueblo va a aguantar a una justicia implacable como el acero para los más humildes y complaciente con los más poderosos de nuestro país? La impunidad es el cáncer que vencer", sostuvo con firmeza el día de su asunción. Lo acompañaban y aplaudieron entre otros presidentes Mauricio Macri, de Argentina, Iván Duque, de Colombia, Michel Temer, de Brasil y Tabaré Vázquez de Uruguay. Que esas palabras sean verdad, habrán pensado todos.

Comentarios