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Un accidente de moto lo dejó inmovilizado del pecho para abajo pero hoy conduce un auto y trabaja

Los médicos diagnosticaron que Ángelo quedaría cuadripléjico pero luego de tres meses internado salió adelante

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01 de julio de 2018 a las 05:00

La mañana del 25 de abril de 2010 había comenzado como de costumbre para Ángelo Perla. Un poco más remolona, tal vez, porque el domingo le había robado en la cama más minutos de la cuenta. Las agujas del reloj giraban a toda prisa y si Ángelo no apretaba el acelerador, llegaría tarde a la farmacia donde trabajaba. Así que rápidamente le dijo adiós a su pareja, con quien vivía en Villa Española, y le dio un beso en la panza para saludar también a su primera hija, quien nacería en un par de meses. Encendió la moto y se fue. En ese instante, aunque sin saberlo, Ángelo también se despedía de la vida que había armado a sus escasos 19 años. Un brutal accidente de tránsito marcaría un antes y un después para siempre.

"Iba por la calle Atahona, a una cuadra de Propios, y de lejos vi que un auto estaba por cruzar Celedonio Rojas, pero me pareció que había enlentecido la marcha y entonces yo seguí, no frené. En un segundo el auto se me vino encima", recordó el joven. Ángelo voló más de 60 metros hasta caer sobre el pavimento de la siguiente esquina. Iba tan rápido que, aunque intentó esquivar al coche, lo rozó y ese mero impacto lo disparó a toda velocidad. Por suerte llevaba el casco, dijo.

"Abrí los ojos y no sentí nada desde el cuello para abajo. Solo podía ver el cielo. No podía mover absolutamente nada. Desde el primer segundo supe que no iba a volver a caminar", confesó el joven y reveló que el shock vino un tiempo después.

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Todavía no lo habían diagnosticado formalmente, pero Ángelo se había quebrado la columna con un corte de médula que le partió la espalda al nivel del pecho. Los nervios de las vértebras se rompieron y perdió por completo la sensibilidad del cuerpo, desde el tórax hasta los pies. La cabeza era lo único que tenía sano, gracias a que llevaba el casco puesto.

Los vecinos no tardaron en salir de sus casas para ver qué pasaba. El ruido había sido muy grande. Ese cruce, aparte, es una típica esquina de barrio, muy calma, sin carteles de ceda el paso ni de pare. "Mi mente estaba clarita, totalmente lúcida. Yo mismo le pedí a la gente que llamaran a mi madre, pero no a mi novia porque estaba embarazada. No la quería poner nerviosa", detalló.

A los veinte minutos llegó la ambulancia y, según cuenta Ángelo, le cortaron la ropa con tijeras para colocarle un cuello ortopédico. Lo subieron a la camilla y en pocos segundos se quedó dormido. Se despertó 15 días más tarde internado en el CTI, entubado y lleno de cables.

Y la cosa fue de mal en peor. Al principio los médicos aseguraron que el joven quedaría cuadripléjico de por vida. Le hicieron una intervención muy delicada en la espalda, con unos fierros y unos clavos, y tras unas semanas de observación, mejoró el pronóstico. Ángelo no volvería a caminar ni a sentir desde el pecho hacia abajo.

Pero esa no fue la mayor desgracia. El golpe contra el suelo fue tan fuerte que le había entrado sangre a los pulmones. Angelo no podía respirar. El oxígeno no ingresaba en sus bronquios. Los especialistas consiguieron mantenerlo con vida únicamente con la ayuda de un respirador artificial. Y ahora sí, el panorama era el peor de todos: los médicos dijeron que no sobreviviría una noche más.

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"Yo no podía aceptar lo que estaba pasando con él. La gente me decía que estaba negando la realidad y que tenía que aceptar que Ángelo estaba muy grave. Pero no los escuchaba. Yo solo rezaba y le pedía a Dios por la vida de mi hijo", recuerda Miriam, la mamá del joven. Ella todos los días se acercaba a la cama a decirle al oído que él iba a sobrevivir. "Jamás quise reconocer que mi hijo se fuera a morir. Los médicos me dijeron que él no aguantaría una noche más, pero yo saqué fuerzas, no me preguntes de dónde, y mantuve mi mente positiva para pasarle la energía a él", apuntó la madre.

Para sorpresa de los internistas, de la noche a la mañana, Ángelo salió de peligro. Todavía no podía hablar porque tenía tubos en la garganta, pero sí escribía. Estaba débil, delgado y con escaras en su cuerpo. Es que no lo había podido rotar de posición durante casi un mes. Con el correr de los días lo trasladaron a Sala y pudo comenzar a recibir visitas con mayor regularidad.

"En ese tiempo me hizo falta tener alguien cercano más tiempo. Las visitas eran muy cortas. Entiendo que haya un protocolo, pero cuando estas solo la mente se te va. Las horas no pasan, no podes dormirte y ahí sí empieza el shock", dijo Ángelo y continuó: "Comienzan las eternas preguntas, el por qué a mí, el qué hubiese pasado si tardaba un minuto más lavándome los dientes antes de salir. Te enloquecés. Pensás en lo que pasó una y otra vez y en qué va a ser de ahora en más. Sentís pánico. Es un golpe emocional muy feo".

Cuando Ángelo estaba internado su mujer dio a luz. "Me llamaron por teléfono de madrugada y escuché de fondo el llanto de una beba. Nadie me tuvo que decir nada, yo sabía que era mi hija", cuenta totalmente emocionado. Es que el amor por la niña, dijo, fue el motor indestructible para salir adelante. "Y el amor por mi mamá, por su puesto. Me aferré a ellas para conseguir la fuerza que me faltaba para recomponerme", reveló.

Angel y su hija

La vida después del accidente

Ángelo salió del hospital en silla de ruedas tres meses después de haber ingresado. Y dentro de él corrían sentimientos tan antagónicos como extraños. Por un lado, lo invadía una profunda felicidad porque se reencontraba otra vez con el mundo; pero por otro, le aterrorizaba imaginarse el resto de su vida en una silla de ruedas. El proceso fue doloroso y largo.

Además de perder las piernas, Ángelo perdió a su novia. La madre de la beba no quiso continuar con la pareja y el chico regresó a la casa de Miriam. Algo técnicamente complicado porque residía en un primer piso. Entonces empezó a depender de que alguien lo alzara por las escaleras para poder salir del apartamento.

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"Entré en una depresión: estaba inmóvil en una silla, no podía salir de la casa, no podía ver a mi hija y me había dejado mi novia. Todo ese combo me hizo caer a pique", cuenta Ángelo. Su psiquiatra le había recetado anit- depresivos, pero el disgusto del joven era tan profundo que no tenía ni ganas de tomarlos.

Miriam recordó que no quería bañarse, ni comer, ni tomar la medicación. "No quería saber nada con nadie", dijo su madre y confesó que, aunque ella seguía mostrándose fuerte y positiva, por momentos se encerraba en el baño a llorar de angustia. Hasta que un día llegó lo peor. Ángelo se quiso suicidar. Intentó tomarse todo el paquete de anti depresivos juntos para intoxicarse. Y a Miriam no le quedó otra, dijo, que internarlo.

"Fue una decisión terrible. Yo salía de ese lugar espantada, es horrible realmente estar ahí encerrado. Pero él tenía que hacer un clic. Era eso o llevarlo al cementerio", dijo la mamá. Ángelo estuvo un par de días en el psiquiátrico, hasta que prometió que tomaría la medicación. Al otro día estaba de regreso en su casa. Y las pocas semanas había conseguido un trabajo.

Su mejor medicina

Ángelo consiguió su primer empleo, con la ayuda de la Fundación Alejandra Forlán, en un radio taxi que él gestionaba desde su casa. Eso le permitió comenzar a ahorrar y hacerse cargo económicamente de su hija. Si bien el sueldo no era alto, la riqueza era simbólica. Ángelo se volvía a sentir útil. Y esa fue su mayor recompensa.

Allí estuvo tres años. Luego quiso progresar y se propuso encontrar un empleo mejor. Y también lo consiguió. Entró en contacto a través de internet con una empresa que tenía cupos para personas discapacitadas, se postuló y ganó el cargo. Hoy trabaja en el puerto haciendo el balance de calidad de granos. "Analizamos de todo, trigo, maíz, soja, los almacenamos y los depositamos dentro de los barcos para exportar", cuenta el joven.

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El sueldo es notoriamente mayor a lo que ganaba antes y ese dinero extra le permitió crecer en independencia. Pudo sacar un préstamo hipotecario y hoy vive junto a su madre en unas viviendas que estrenaron, en planta baja, adaptada con rampas. También pudo comprarse un auto. Ángelo maneja un coche automático al cual le adaptó el freno y el acelerador para manipularlos con la mano.

"Hoy sí soy totalmente independiente. No necesito de nadie para moverme, soy autónomo, me gusta el trabajo que hago y la vida que llevo", contó el joven con alegría. Todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para entrar a las siete a su oficina. Sale a las tres de la tarde y regresa a su casa. Descansa, ordena y cocina. Si tiene tiempo, queda con sus amigos en el barrio. Y los domingos es el día de su hija, que ya tiene ocho años, igual que él con su nueva vida.

"Lamentablemente a uno le tienen que pasar cosas horribles para valorar lo importante de la vida. Hoy te aseguro que perder las piernas no significa nada. Lo importante es al amor y la familia. Conseguir un buen trabajo y sentirte útil, así siempre salís adelante", dijo Ángelo y recordó que a él le llevó varios años sentir esta seguridad personal.

"Al principio vas a pensar que no sos capaz de sobrellevar todo, pero con la familia y los amigos la mente empieza a fortalecerse. Lleva tiempo, claro, yo te diría que recién este año me siento del todo bien", confesó. Y continuó: "Vas a sufrir, vas a llorar mucho y te vas a morder de bronca por dentro, pero en el fondo somos uruguayos y sabemos que la garra siempre aparece en los partidos más difíciles", ironizó el chico, un poco en serio y un poco en broma, dejando ver una conmovedora en su rostro.

Factores de riesgo: la ausencia de casco

Un 75% de los más de 19.500 personas que viajan en motocicleta, y que participaron en un accidente de tránsito en el año pasado, llevaba colocado el casco. Una cifra menor a la de 2016, cuando lo usaba más gente, un 78.7%. Según la Unasev, de los motociclistas que no usaron casco un 20.6% resultó grave o fallecido, porcentaje que se reduce a 13.6% para aquellos que sí usaban la medida de protección.

Los jóvenes menores de 20 años son los que más incumplen la norma. Un 40% de ellos no usa casco. Y los niños de hasta cuatro años son el grupo etario con menor porcentaje de utilización, casi el 50% de ellos no lo llevaba puesto en los accidentes de tránsito del 2017.

Por lejos, Cerro Largo es el departamento en el que los conductores de moto usas menos cascos. Ocho de cada diez motociclistas viaja sin la medida de protección. En las antípodas se ubica el departamento de Rivera, donde el 94% de los conductores de motos circula con el casco puesto. Montevideo se posiciona casi a mitad de tabla, registrando un 77% de utilización.

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