30 de noviembre 2015 - 2:20hs

El viernes 13 de los ataques terroristas de París, Yonathan Freund estaba en un descanso de 10 minutos en su despacho, en el piso de arriba de la sala de emergencias, cuando sonó el teléfono. Atendió. Una enfermera le dijo que el hospital había sido contactado por los servicios de emergencia médica. Fusilamientos masivos en varios puntos de la ciudad y una situación que parecía compleja: nada menos que 200 heridos, muchos de ellos de gravedad.

¿Cuántos pacientes podría atender Freund, médico de la sala de emergencias de Pitié-Salpêtrière, un hospital universitario parisino?

El hombre hizo sonar la alarma y cortó. “Tengo trabajo que hacer”, recuerda que dijo. Es que, como sospechaba, se trataba de un simulacro, uno de esos ejercicios que se volvieron más comunes en los últimos dos años.

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Menos de 12 horas más tarde, en una noche de viernes relativamente tranquila, su colega David Pariente recibió una llamada similar. El Servicio de emergencias informaba fusilamientos masivos y ataques suicidas con bombas en varios sitios de la ciudad. Igual que hacía unas horas. Sólo que esta vez era real.

Apenas quedó clara la dimensión de los ataques, el director de la Asistencia Pública-Hospitales de París (APHP), dio un paso sin precedentes: activó el Plan Blanc de la ciudad, la movilización de los 40 hospitales de la urbe para aprovechar recursos materiales y humanos, cancelando procedimientos que no fueran esenciales.

Un objetivo adicional de la coordinación de toda la ciudad era evitar el exceso de personal en la primera reacción, pues se necesitaba que hubiera médicos y enfermeras frescos al día siguiente. Freund, de 35 años y que vive cerca de uno de los sitios de los ataques, estaba entre estos.

David Pariente, en cambio, fue de los del primer equipo en Pitié-Salpêtrière. Él y otros tres médicos de urgencias dieron el alta a algunos pacientes y dividieron la sala de emergencias en dos, generando un espacio para recibir a los jóvenes que llegaban ensangrentados y con golpes.

El primero llegó en auto y tenía heridas superficiales en el cuero cabelludo. La siguiente llegó vía Uber, con una bala en el abdomen. El resto de la noche fue una sucesión de cuerpos que llegaban, ambulancia tras ambulancia, algunas incluso con cuatro personas para tratar. Se formó una estela roja en el piso que conducía al interior de la sala.

“Estaba caminando por arriba de la sangre”, dijo Pariente. “No me daba cuenta”.

La ciudad se había estado preparando para que sus servicios médicos pudieran dar una respuesta coordinada a unos hechos que antes eran impensables pero que luego se volvieron probables. “Todo el mundo sabía que algo iba a suceder”, dijo Pariente, mirando hacia atrás. Había una sensación de riesgo, dijo, y la duda no era si pasaría algo o no, sino cuándo ocurriría.

Respuesta coordinada

La reacción francesa fue centralizada y se diseñó según prácticas militares. Enviaron médicos a las zonas de los impactos, donde crearon centros para los primeros tratamientos, antes de derivarlos a hospitales.

Los pacientes llegaban a los centros de salud con señales de colores en sus cuellos. El rojo era para los heridos más críticos, derivados directamente a las unidades de reanimación. Amarillo para los que necesitaban tratamiento inmediato en la sala de emergencias. Los que tenían verde podían ser enviados a su casa con instrucciones para regresar a una sala de emergencias al día siguiente.

Pariente no recuerdo haber visto ninguna etiqueta verde aquella noche. De las 100 víctimas que fueron asignadas con el rojo, 28 fueron enviadas a la unidad de reanimación de Pitié-Salpêtrière, mientras que 27 fueron a la sala de emergencias. El hospital, que por lo general sólo tiene una sala de operaciones abierta durante la noche, fue capaz de operar en diez al mismo tiempo hasta las seis de la mañana del sábado.

Experiencia única

Los médicos en París raramente tratan heridas de bala. “Ni un solo día. Ni siquiera una por semana”, dijo Freund.

De hecho, fue ese sábado a las cinco de la mañana cuando por primera vez este médico vio una herida de bala en su vida. El hombre en cuestión se había salvado por milímetros y el doctor le preguntó su historia clínica. “Tuve cáncer hace 15 años”, le dijo, y se había curado. No tenía ni 40 años y ya había esquivado dos balas, pensó el doctor. Sentía que todos sus pacientes habían regresado de una guerra.

A eso de las nueve de la mañana llegó una joven acompañada por su novio. Tenía quemaduras en la espalda. Explicó en voz muy baja lo que creía que le había ocurrido. Un asaltante le había apuntado con un arma y cuando la policía irrumpió, ese hombre detonó su chaleco suicida y explotó.

Mientras les limpiaba las quemaduras, Freund no podía dejar de pensar en que aquella piel que estaba retirando bien podría ser la del hombre, abrasada por el fuego contra la de la chica.

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