27 de marzo 2020 - 22:33hs

Cuando Luis Lacalle Pou recibió en la plaza Independencia la banda presidencial de su antecesor Tabaré Vázquez el 1° de marzo de 2020 no soñaba ni en sus peores pesadillas que 28 días más tarde se iba a encontrar timoneando el país en la peor crisis sanitaria de su historia.

Una crisis que tiene repercusiones en la sociedad, en la economía, en el estado de ánimo de las personas y que obliga a modificar los rumbos pensados para sortear la tempestad con el menor número de bajas posibles.

El coronavirus es un cuento de terror por donde se lo mire. Viene a mostrarnos en el espejo la cruda realidad de un mundo hiperconectado en todos sus sentidos. Un virus que irrumpe en un mercado insalubre de Wuhan en China, barre en pocos meses con los servicios sanitarios de todos los países, confina a las personas en sus casas, hace cerrar fronteras, pulveriza las bolsas, la actividad turística, genera cambios en las relaciones humanas y mata gente.

En esa globalización que avanza a ritmo ultrasónico, la irrupción de los primeros cuatro casos el viernes 13 hicieron entender al Uruguay por la fuerza que una nueva era comenzó sin avisar. Una era que exige nuevas respuestas y comportamientos. Hasta nuevas formas de pensar y trabajar. Uruguay está asistiendo a un curso acelerado de realidad y tendrá que adaptarse. Hay formas de pensar que no van más. La realidad las dejó obsoletas.

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Todo lo anterior viene siendo interpelado por la irrupción de este agente invisible y catalizador de nuevas cosas. La forma de vivir, de trabajar, de vivir los afectos, de hacer política, de militar sindicalmente, de ir a los templos, de comunicarnos, de adquirir comida y hasta de consumir cultura cambió.

Nada volverá a ser como era antes. Hasta la forma de pensar la sociedad deberá adaptarse a los cambios que genera esta pandemia. Es imposible que tantas cosas se transformen y que Uruguay y su Estado permanezcan igual.

No es posible concebir la República sin la importante impronta del Estado batllista. Un Estado clave para cohesionar a la sociedad a principios de siglo XX que creció y mutó hasta el presente donde, atacado por un virus, debe responder y estar a la altura de las circunstancias para poder ayudar al capitán del barco a pasar la tempestad.

Ese Estado protector de los más débiles en su concepción y madriguera para unos cuantos haraganes y burócratas en los últimos tiempos, usado y abusado por malos políticos de todas las colectividades políticas a lo largo de la historia reciente, se enfrenta hoy a su destino.

Las primeras medidas adoptadas por el gobierno muestran la intención de apelar a lo mejor del Estado uruguayo, apoyándose en todos y cada uno de sus nervios para evitar un colapso sanitario y alimenticio en la población. El Estado estará poniéndole el hombro a la crisis haciendo un enorme esfuerzo. Del otro lado estarán también poniendo el hombro los empresarios, industriales, emprendedores, trabajadores independientes, comerciantes que también pasarán las de Caín para llegar con oxígeno al final de la crisis.

Detrás del firme mando del presidente, lo público y lo privado juntos deberán comprometerse en la lucha contra la epidemia para que cuando cambien los vientos, florezca la economía y la gente retorne a la rambla y las plazas todos sientan que hicieron lo que tenían que hacer durante las horas oscuras.

El riesgo de no hacerlo puede ser terminal.

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