23 de septiembre de 2011 16:41 hs

Bordoni no tiene problemas en decirlo la cantidad de veces que haga falta: “yo soy un continuador”. Y es esa misma tranquilidad —la de asumir que su obra es fruto de ese ejercicio, marcado obviamente por matices personales— la que transmite durante todas las canciones La cifra infinita. Un disco sin pretensiones y a la vez lleno de pasajes de ese viejo estilo de canción urbana con toques de folk rock y otros añadidos con dejo a los años sesenta en el que Eduardo Darnauchans fue arte, parte y figura desnivelante. Una línea cancionística que también han desarrollado otros como Fernando Cabrera o Gastón “Dino” Ciarlo, también de influencia evidente en la obra de Bordoni.

No es el único rescate deseable de este nuevo trabajo suyo, el primero desde 2006. “Siempre pienso los discos como una unidad, no como un rejunte de diez canciones. El disco se cerró cuando me di cuenta de que había completado un hilo conductor a partir de las canciones que tenía grabadas”, asegura el compositor.

Y si bien La cifra infinita no es de esos discos-concepto que cada vez más se echan de menos, sí que tiene algunos ejes importantes, el amor y la muerte entre ellos. A esta última se la encara desde dos miradas: la de quien pierde a un viejo amigo —el caso del propio Darnauchans, recordado en La balada del siete de marzo como ese compañero que no va a llegar más a la mesa de ese bar— y la de la propia muerte. “Cuando ya no quede ni un puto as en la manga/ni una jugada para salir de perdedor/solo ahí verás más claro/qué era eso del destino/solo ahí con la tristeza/cerrándote el camino” canta en Para una tumba sin nombre, para luego cerrar con “Solo ahí verás más claro/qué era eso de estar vivo/ solo ahí cuando seas nada/más que el polvo del olvido/ y chau”.

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El Bordoni letrista, que en este caso escribió todas los versos y estrofas pero cedió la iniciativa en la música a compañeros de movida como Jorge Galemire, Tabaré Rivero, Alejandro Ferradás y el propio “Dino”, se luce en varios pasajes de este trabajo: aunque algunas de sus canciones parecen comenzar como enumeraciones errantes, sus obsesiones artísticas (desde Borges a Miró, pasando varias veces por Dylan y los Beatles), sus broncas y su nostalgia se van cruzando con narraciones y crónicas que lo encuentran en el centro de la acción y dan sentido al paseo que es cada canción.

El trabajo de las letras, que denota un evidente repaso y relectura en varias veces, es otro punto destacable a favor del vocabulario en una época en la que casi todas las canciones parecen escritas por combustión espontánea.

Bordoni, un convencido de que este tipo de canción local se ha mantenido aunque siempre lejos de los niveles de mayor masividad —de hecho a la ‘canción de autor’ uruguaya se la ha intentado asociar forzosamente con la veta murguera desde hace algunos años— afirma su prevalencia, moda tras moda: “es el movimiento de los baladistas, los trovadores locales, el que se ha mantenido en el tiempo de forma muy clara; yo creo que por algo será”, comenta.

Y de la mano de esa frase, su disco suelta otra certeza: la de que esta variante de la auténtica canción urbana local sigue siendo una fuerza viva pulsante dentro de la música uruguaya. Es esencialmente eso lo que vuelve a La cifra infinita uno de los discos locales importantes de este 2011.

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