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Una historia sobre la brutal búsqueda de la paternidad después de los 40

Vida privada –recién estrenada en Netflix– es un relato descarnado del periplo agotador que atraviesa una pareja de intelectuales que no puede concebir   

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21 de octubre de 2018 a las 05:01

¿Cuánto duele el pinchazo de una aguja directo en la cadera? ¿Cuánto duelen las hormonas que ingresan lentamente en el cuerpo mientras el dedo hace fuerza en la jeringa? ¿Y la incertidumbre? ¿Y la presión piscológica? ¿Y los meses, los años que pasan, el tiempo que no tiene piedad, que no entiende de expectativas, de deseos? ¿Y el ruido del reloj que hace tic tac, tic tac, tic tac, cuanto duele?  

Rachel (Kathryn Hahn) grita de dolor tirada en su cama mientras Richard (Paul Giamatti) hace lo de siempre: inyectarle un líquido lleno de hormonas a su pareja para completar el tratamiento previo necesario para llevar adelante una fecundación in vitro. Los que pasaron por eso conocen lo que se siente, entienden la tormenta. Saben, entonces, que puede que el dolor sea físico y por ende, tolerable; pero la angustia es otra cosa.  

Con esa imagen (que podría ser sensual o sexual y sin embargo no tiene nada de eso) empieza Vida privada, la nueva película de la realizadora estadounidense Tamara Jenkins que se estrenó a principios de octubre en Netflix y formó parte del festival de Sundance en enero. Y de allí en adelante lo que sigue será una montaña rusa de emociones de la mano de dos brillantes actuaciones a cargo de la pareja de protagonistas y también de los personajes secundarios (pico altísimo para las escuetas apariciones de Denis O’Hare como el médico que dice cosas como “Vamos a embarazarte”). 

 

Vida privada es, al fin y al cabo, la historia de muchísimas parejas contemporáneas. Rachel y Richard ya pasaron sus 40, tienen carreras destacadas (ambos están vinculados a la escritura y transitan entre The New Yorker y el mundillo del off Broadway), un apartamento muy agradable en Nueva York, dos perros, comen en Café Mogador en el East Village, leen al noruego Karl Ove Knausgård, son inteligentes, divertidos. Tienen una de esas vidas que, tal vez, vista desde lejos y sin acercarse demasiado, puede llegar a ser envidiable, aspiracional. Pues no. Porque, como dice toda la sabiduría de Cateano Veloso resumida en una canción, de cerca nadie es normal. 

La cuestión es que a Rachel y a Richard se les pasó el tiempo; priorizaron sus trabajos, su vida de pareja, su ocio por sobre la decisión de tener hijos. Dilataron su paternidad y cuando tomaron la decisión, dijeron “Es ahora” ella tenía 41 y él 47. Y bueno, ya no es tan fácil. ¿Quién podría juzgarlos?  

El asunto es que la espera se cobró unos cuantos peajes en la carretera de la concepción. Los primeros tratamientos de fertilización asistida no funcionan. Entonces hay que ir por uno de mayor complejidad como es la fecundación In Vitro o IVF (por su sigla en ingles). Así que Rachel y Richard se pasan las horas, los días, en salas asépticas; vestidos con batas y cofias; llenando formularios y teniendo micro debates sobre asuntos éticos (“traer un bebé a este mundo es un acto inmoral con la superpoblación, el cambio climático, el neofascismo”, dice Rachel); preguntándose si están locos o, simplemente, son normales; pidiendo los US$ 10.000 que no tienen a la familia; y así hasta que todo termina con un nuevo resultado negativo.    

La última realización de Jenkins –la directora estuvo once años para llegar hasta aquí– es honesta, íntima, agridulce, con momentos de carcajadas que hacen que todo el periplo sea un tanto más llevadero. 

El retrato de pareja que compone la realizadora que además firma el guion se parece mucho a la vida real. Y en tiempos en que la industria del cine sigue pariendo romances edulcorados y con música llena de golpes bajos, la relación de Rachel y Richard es un lugar de contención. 

Las parejas (no es necesario haber vivido mucho para saberlo) se pelean, se dicen cosas horrendas de las que después se arrepienten, se gritan en la calle, miran a otros con ganas y, por supuesto, pueden llegar a pasarse meses sin tener relaciones sexuales.  

Si eso le sucede a un matrimonio/pareja de años, décadas donde todo ha salido más o menos bien, donde no han habido grandes sobresaltos, no es necesario ser demasiado creativo como para imaginar cómo se llevan dos personas que buscan con hambre tener un hijo. 

A Rachel y Richard las opciones, el tiempo y las esperanzas se les agotan. Y en esa ruta demasiado larga van perdiendo pedacitos de vida. Tal vez lo más irónico de esos procesos es que en el afán por querer crear una nueva vida, los involucrados van dejando de lado la suya. “Quiero mi vida de vuelta”, dice Richard en un momento. 

Pero eso (la vida) debe quedar para después, ahora hay que aumentar las probabilidades y para ello hay que recurrir, por ejemplo, a óvulos de mujeres en edades de mayor fertilidad. Claro que eso implica para Rachel, por ejemplo, no ser la madre biológica de la criatura (algo que no dudó cuando también se embarcaron en un proceso de adopción). Porque si no tiene sus genes no es la madre. ¿O sí? Porque después de todo ella la llevaría durante nueve meses, y, tal vez, con suerte lo podría parir. Entonces ahí sí, sería la madre. 

Vida privada es la historia que Jenkins prometió jamás escribir. Es el retrato con actores de su campaña (y la de su marido) por concebir.  Por eso Vida privada es sólida y empática y descarnadamente humana. “Me interesa lo que las personas se dicen cuando están llevados a situaciones extremas, cuando están en un estado casi primitivo”, explicó la directora en una entrevista con Vulture. 

Definitivamente Jenkins sabe de qué se trata esto de la persona llevada al extremo, su creación lo exhibe a la perfección. De hecho quienes están en ese proceso de búsqueda, tal vez, deberían  buscar un plan B para su película de fin de semana.

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