Nacional > Asunción presidencial

Una recorrida histórica custodiada por jinetes y militantes eufóricos

El presidente Luis Lacalle Pou desfiló por la Avenida Libertador hacia la Plaza Independencia en el auto que usó su padre, y los militantes volvieron a festejar

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02 de marzo de 2020 a las 05:01

Por Joaquín Silva y Rosina de Armas

La gente trata de acomodarse a la sombra de las palmeras o de los edificios de la Avenida Libertador. El presidente Luis Lacalle Pou está por salir para emprender la tradicional recorrida hacia la Plaza Independencia. 

Pero todavía se demora y hay un grupo importante de sus seguidores que –con alguna excepción– no pueden esconderse del sol del mediodía de este domingo, que cae como un chorro de lava en el cemento de la circunvalación del Palacio Legislativo. Un almacén al final de la Avenida Libertador se quedó a las dos de la tarde sin agua para vender.

“Mirá que somos patriotas nosotros, eh. Los de antes peleaban, pero nosotros somos duros, también”, dice de pronto uno de los jinetes, mirando al frente y sin esperar respuesta. Los demás, el resto de este grupo de nacionalistas que aguardan estoicos delante del edificio anexo de la Cámara de Diputados, se mantienen en silencio. Solo se escuchan las herraduras de algún caballo sobre el asfalto que mueve apenas las patas, y el relincho de otro.

La odisea para Wilson Saravia –uno de los pocos que decidió bajarse del caballo y buscar refugio del sol sentado en una parada de ómnibus– empezó 12 horas atrás, cuando a las tres de la madrugada cargó su caballo al camión y partió hacia la capital desde Cerro Chato, Treinta y Tres, junto a 29 hombres que al igual que él se ofrecieron para escoltar al presidente en la ceremonia de cambio de mando. 

Piensa en este día desde el 24 de noviembre. Ya entonces, cuando en la noche del balotaje los resultados a boca de urna parecían irreversibles, Saravia imaginaba cómo podría homenajear al primer presidente blanco de este siglo. 

Para él, todo se resume a eso: “Mi abuelo se llamaba Aparicio, mi hijo se llama Aparicio”, dice, y señala a una de las tantas banderas del Partido Nacional que carga la tropa.
La bandera de Uruguay es la que más se repite entre los cientos de personas que se acercaron para saludar al nuevo mandatario y a la vicepresidenta Beatriz Argimón, luego de la Ceremonia de Compromiso de Honor Constitucional ante la Asamblea General.

Los gritos de aliento se escuchan tanto en una esquina como en otra. Por ejemplo, está el militante de Cabildo Abierto que con la bandera tricolor del partido sobre los hombros exclama: “Vamos, Luis, presidente. ¡Se acabó el recreo!”. 

A su lado, una niña le susurra a su madre que le dé la bandera y pregunta quién es Lacalle y si ya puede gritar: “Vamo’ arriba, Uruguay”. 

Los saludos

Detrás de las vallas, Lacalle Pou se ve pequeñísimo. Al menos cien metros separan al nuevo presidente de la gente que lo fue a ver. Por eso, por las dudas, la gente aplaude y entona el himno nacional cuando ve que alguien de traje baja la escalinata del Palacio Legislativo.  

La lejanía juega en contra de la excitada muchedumbre, que una y otra vez debe dejar de aplaudir y desea que –de una vez por todas– la cachila encienda sus motores para poder seguirla a pie hasta el Palacio Estévez. 

Pero esto recién ocurre sobre las 15:30 horas. Lacalle Pou y Argimón se suben al Ford modelo V8 que perteneció a su bisabuelo, el expresidente Luis Alberto de Herrera, y que en 1990 también usó su padre, Luis Alberto Lacalle de Herrera. 

“¿Ya te dijeron la velocidad?”, fue lo primero que dijo Lacalle Pou al chofer, Santiago De Posadas.

Y arrancan.

Los manifestantes se dividen entonces en dos tipos: quienes esperan para ver pasar la cachila –algunos sentados en sillas de playa o paradas arriba de lo que encontraran– y quienes trotan al lado del vehículo, vitoreando al presidente con la voz agitada por el esfuerzo físico y el calor.

En el edificio enfrente a la plaza Juan Andrés Ramírez, mientras tanto, en un balcón del primer piso celebra una familia de nacionalistas numerosa –hombres veteranos en su mayoría– y en otros dos, ubicados en la torre vecina, hay dos banderas ajenas al festejo: del Frente Amplio y del movimiento LGBT. 

Hacia la plaza

Cuando el auto, precedido por blandengues a caballos y escoltado por los jinetes, llega a la altura del Instituto de Profesores de Artigas (IPA), la marea de los corredores que iban siguiendo el auto del presidente por fuera de la valla se mezcla con la de los manifestantes de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos.

Los carteles con los nombres y las fotos de uruguayos en blanco y negro emergen desde las vallas metálicas y se desdibujan entre las banderas que la muchedumbre agita para alentar a los jinetes. “Golpistas, nunca más. Militares, nunca más”, corea una mujer que sostiene su pancarta con gesto sombrío. “¡Justicia, Justicia!”, grita otro, con la misma profundidad ahuecada en la “U” con la que los blancos gritaban “¡Uruguay, Uruguay!”.

La presencia de la Guardia Republicana parece testimonial. La interacción entre las mareas es mínima, pero igualmente se percibe cierta tensión, que se materializa en el grito de uno de los nacionalistas que, sin parar de correr, se dirige a ellos y suelta: “Se acabó el recreo”.

Así pasa la tarde del domingo 1° de marzo. Para los cerca de 4.000 jinetes que recorrieron la capital a caballo, la jornada terminará cuando, sobre la madrugada, lleguen a sus pagos. 
“Esperamos que el presidente no se olvide del interior”, deseó Saravia. 

En la Plaza del Entrevero, cuando la cachila dobla por 18 de Julio, unos borrachos ajenos a todo se despiertan por el caos, el ruido y los pasos apurados de los blancos, que responden con su grito de gloria al malhumor de los acostados: “¡Vivan los blancos!”.

Rechazo a Bolsonaro

El presidente de Brasil Jair Bolsonaro llegó sobre las 14.30, se bajó del vehículo oficial y se acercó a saludar a los manifestantes que coreaban su apellido con alegría. Sobre la esquina de Libertador y Nicaragua, su presencia fue  repudiada por un centenar de personas. Fue acusado de “golpista, xenófobo y asesino”. Con estos adjetivos también describen a Sebastián Piñera y Jeanine Áñez, los mandatarios de Chile y de Bolivia, a quienes Lacalle Pou invitó a la ceremonia de este domingo.
 
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